Un conflicto de nunca acabar VII

El 12 de abril, Haig llegó al aeropuerto de Heathrow y fue a reunirse con Pym. La discusión entre ambos se centró en la alternativa de establecer un condominio angloargentino sobre las islas que no disgustó al inglés que prefirió que estuvieran los EE.UU en esa administración también.

La postura de Pym era inflexible en la cuestión de que Argentina acatara la resolución 502 del Consejo y el de respetar los deseos de los isleños. Pero antes de viajar a Norteamérica, Haig volvió a reunirse con Tatcher, pero no consiguió más que la promesa de que consideraría nuevas ideas.

Tres días después, Galtieri dialogó nuevamente con Reagan ya que estaba con muchas dudas con respecto al papel de Haig. Sin embargo, el norteamericano ratificó su confianza en el mediador y aseguró que los EE.UU seguirían siendo neutrales y objetivos. Así creció la confianza de los militares argentinos.

Mientras tanto, en Gran Bretaña, Tatcher luchaba contra el Parlamento y al final de la sesión del 15 de abril obtuvo un mayoritario apoyo y los cuatro partidos principales -Conservador, Laborista, Socialdemócratas y Liberal- aceptaron su propuesta de recuperar las islas “por vía diplomática pero con un fuerte respaldo militar”.

Por su parte, Haig volvió el viernes siguiente a Argentina para seguir negociando con Galtieri. Pero la oposición a sus propuestas, que se basaban en los mismos argumentos que la primera vez, fue más grande aún y, viendo el tono en el que se llevaba la conversación y a donde estaba llegando, decidió tirar todas las cartas sobre la mesa. Sostuvo que si las negociaciones se seguían demorando, la guerra era inevitable, y que si eso sucedía, los Estados Unidos respaldarían a Londres de acuerdo a los términos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La noche del 19, Galtieri recibió a Haig en la Casa Rosada, en lo que sería el último encuentro entre ambos. Allí, el presidente argentino le entregó el borrador de un nuevo principio de acuerdo en el que la Junta Militar había hecho otras concesiones. Galtieri le explicó que ése era el piso, que el hilo no se estiraría más porque sino se cortaría. No habría más retrocesos.

El borrador indicaba que Argentina aceptaba:
- La Autoridad Especial Interina en los términos originales. Que había reclamado Londres.
- La restauración en las islas de una administración muy parecida a la tradicional, ampliada para incluir argentinos, pero con esa participación reducida de su aspiración inicial.
- Al hacer mención a las negociaciones para hallar una solución definitiva, según el capítulo XI de la Carta de las Naciones Unidas, se especificaba que la misma debería hacerse contemplando debidamente los intereses de derechos de los habitantes. Para balancear esta concesión, se mencionó el compromiso de respetar el principio de integridad territorial.
- Esta vez no hubo una cláusula compulsiva para que se realizara el traspaso de la soberanía.

Pero Haig dijo que este borrador no era suficiente y su misión naufragó.

En Gran Bretaña el clima era similar. Pym, era el único que seguía promoviendo la intervención norteamericana pero lo único que logró fue despertar la furia de los mandos militares y las sospechas de Tatcher. El Gabinete de Guerra, formado para la ocasión, se oponía a su idea porque esta sólo servía para retrasar los objetivos trazados. El primero de ellos, recuperar las islas Georgias del Sur.

La orden ya estaba dada y parte de la flota debía separarse y encaminarse hacia allí. El clima en toda Gran Bretaña era evidentemente belicista. Los diarios londinenses ya disparaban su munición de grueso calibre para poner fin a las negociaciones diplomáticas. El Express tituló “No a la rendición”, mientras que The Daily Star proclamó: “Concluyamos con la guerra diplomática". (6) 

Por su lado, Argentina ya pensaba en solicitar la aplicación del Tratado Interamericano de Ayuda Recíproca (TIAR) que en su artículo 3ro. señalaba: “Las Altas Partes Contratantes convienen en que un ataque armado de cualquier Estado contra un Estado Parte será considerado como un ataque contra todos los Estados Partes y, en consecuencia, cada una de ellas se compromete a ayudar a hacer frente al ataque, en ejercicio del derecho inmanente a la legítima defensa individual o colectiva que reconoce el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas”. (7)

El TIAR definía la agresión como “el uso de la fuerza armada contra la soberanía, la integridad territorial o la independencia política de otro Estado o cualquier otra forma compatible”, con las cartas de las Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos (OEA).


(6) Malvinas: La trama secreta, por O.Cardoso, R.Kirschbaum y E. Van Der Kooy, Julio de 1983.
(7) Ibid 6.

Un conflicto de nunca acabar VI

El 6 de abril el Foreign Office anunció la renuncia de Lord Carrington quien asumió la plena responsabilidad de no haber previsto la acción militar argentina y porque alguien debía cargar con la culpa, la haya tenido o no. “Carrington y Nott enfrentan humillación y furia”, fue uno de los títulos de la prensa británica que describió la situación como una “espectacular humillación militar y diplomática”.(5)

La remoción de Lord Carrington había comenzado a gestarse el 3 de abril, durante una sesión especial del Parlamento, que no reunía bajo esa modalidad desde la crisis por el Canal de Suez en 1956. En esta nueva oportunidad, se ensañaron con los conservadores y en especial con el Foreign Office y el reemplazante de Carrington fue Francis Pym.

En tanto, Haig y Costa Méndez se reunieron en Washington y ambos se entendieron a la perfección. El norteamericano habló del interés de llegar a una solución pacífica y de la situación de los dos aliados de EE.UU enfrentados entre sí. También opinó que había que adecuar las aspiraciones argentinas a los principios defendidos por Londres y citó el destino de los habitantes de las islas, a lo que el canciller sudamericano le respondió que no habría obstáculo para satisfacer las demandas de los 1.800 kelpers.

Entonces, Haig propuso el retiro de tropas, el regreso de las fuerzas de tareas y una administración compartida. Las ideas que salieron de esta charla les gustaron a los dos pero Costa Méndez, a pesar de haber recibido el visto bueno de Galtieri para emprender la negociación, frenó el entusiasmo del norteamericano alegando que primero debía consultar con su gobierno.

El 7 de abril, el jefe del Estado Mayor General del Ejército, general José Antonio Vaquero, mandó a llamar a los generales José Villarreal y Reynaldo Bignone, y les pidió que trabajaran en un documento base para las negociaciones que aceptaban a EE.UU como mediador. El documento debía reflejar la posición del Ejército, la Armada y la Aeronáutica.

La propuesta de ambos generales fue sencilla:
- Una administración conjunta de las islas en disputa.
- Mecanismos de cooperación para la explotación compartida de sus recursos.
- Un mecanismo de negociación eficaz para resolver el problema de la soberanía en el menor plazo que fuera posible.

Ese mismo día, Tatcher había determinado un radio de 3.221 kilómetros alrededor de las islas como “zona de exclusión”. Es decir, que si un barco argentino se encontraba dentro de ese radio sería considerado hostil. Era claro que los británicos estaban sorprendidos y enfadados por la neutralidad de los norteamericanos.

El Foreign Office no encarnaba las ideas de Tatcher y menos de un Parlamento que estaba dispuesto a convertirlo en chivo expiatorio del desembarco argentino. Por eso, las conversaciones con la Primer Ministro fueron las que verdaderamente marcaron el rumbo de la negociación.

Tatcher no pensaba negociar desde una posición de debilidad. Si bien elogió modestamente la actitud norteamericana de negociar, dejó en claro que la mediación no podría suplir el esperado “respaldo norteamericano a la causa de la libertad”. Para ella la única solución posible era que el agresor acatara la resolución del Consejo.

Para Tatcher el conflicto era de principios. Ella quería dar una lección de que no podía utilizarse la fuerza en las relaciones internacionales. “No se puede dejar que la agresión de dividendo”, fue su frase de cabecera.

El 10 de abril, a las 11, Haig y Costa Méndez se dirigieron a la Casa Rosada donde los recibió Galtieri, al tiempo que Walters hizo de traductor. Lo primero que hizo el presidente fue elogiar a los Estados Unidos. Mientras tanto, afuera, una multitud gritaba “patria sí, colonia no”.

Galtieri dejó en claro cuáles consideraba que eran los derechos argentinos sobre el archipiélago y que las fuerzas estaban preparadas para responder a cualquier agresión británica. Por su parte, Haig habló con los mismos argumentos con los que había hablado con Costa Méndez, pero esa propuesta chocó contra el espíritu triunfalista del presidente.

Para Costa Méndez, la postura de Haig era inadecuada para alguien que quiere ser neutral. Siempre estuvo haciendo alusiones condenatorias al operativo argentino y todo el tiempo recalcó la importancia de Gran Bretaña como aliado norteamericano y la inflexibilidad de Tatcher. Por todo esto, la misión del norteamericano fue un rotundo fracaso.

Haig abandonó aquella primera reunión irritado con la postura de Galtieri, a quién acusó de vivir en una “irrealidad política”. Sin embargo, al final del día, el enviado norteamericano se volvió a encontrar con el presidente argentino.

En esta segunda reunión, Haig no pudo dialogar sobre los temas en conflicto porque Galtieri de dedicó al mismo juego de presiones que estaba ejerciendo y exigió que EE.UU tuviese un trato equitativo para ambas partes.

La posterior discusión de la Junta Militar no fue menos ardua. En ella, Anaya sostuvo que el desembarco no iba a terminar en una mesa de negociación. Mientras que Basilio Lami Dozo, jefe aeronáutico, afirmó que era necesario mantener abierta la opción de negociar. Galtieri compartía ambas argumentaciones: no le gustaba la idea de retroceder pero menos la idea de perder el apoyo de los norteamericanos.

A las 9 de la mañana siguiente, Haig partió a Londres., donde los británicos, según una encuesta publicada en The Economist, consideraban adecuado en un 83 por ciento el envió de una flota al Atlántico Sur y resistían la intervención norteamericana.


(5) The Observer, abril 3 de 1982.

Un conflicto de nunca acabar V

El día después del desembarco, Costa Méndez y su equipo de colaboradores llegaron a Nueva York. Paralelamente, la Junta Militar anunció que las Georgias, Sandwich, Soledad y Gran Malvina estaban nuevamente bajo soberanía argentina.

Cuando Costa Méndez llegó a la sede de la ONU, el Consejo de Seguridad ya estaba en sesión y el inglés Anthony Parsons ya había presentado un documento que luego se convertiría en la Resolución 502. En momento, los británicos se encontraban cada vez más cerca de conseguir los nueve votos a favor para condenar la acción militar argentina.

Finalmente lo lograron debido a la pobre presentación del canciller argentino y la rapidez con la que se movió Parsons. Inclusive los Países No Alineados se mostraron indiferentes a la causa argentina

De esta manera, la Resolución 502 estableció:
“Determinando que existe una brecha en la paz de la región de las islas Falkland (islas Malvinas)
1) Demanda un inmediato cese de hostilidades.
2) Demanda un inmediato retiro de todas las fuerzas argentinas de las islas Falkland (islas Malvinas).
3) Exhorta a los gobiernos de la Argentina y del Reino Unido a buscar una solución diplomáticas a sus diferencias y a respetar integralmente los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”. (3)

Esta resolución le permitió a Londres ejercer el principio de autodeterminación de los isleños en cualquier negociación futura y apelar al art. 51 de la Carta de la ONU que señala: “El derecho inherente de autodefensa individual y colectiva si ocurre un ataque armado hasta que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad”.(4)

En tanto, la relación argentino-norteamericana había comenzado a derrumbarse con la decisión de nuestro gobierno de recuperar las Malvinas. Los que defendían la causa argentina ante Reagan eran la asesora de seguridad Jeanne Kirkpatrik, el general Vernon Walters y el subsecretario de Estado Enders. En oposición estaba el grupo de atlantistas que defendían a Gran Bretaña y era encabezado pro el secretario Haig.

En el seno del Grupo de Trabajo para Situaciones Especiales que Reagan había formado en 1981 con el vicepresidente George Bush a la cabeza, comenzó a nacer la idea de formalizar un ofrecimiento a las partes. Finalmente se decidió enviar a Haig como mediador debido a que este se autoproclamó como el más apto. En realidad sólo buscaba la gloria personal más que la paz entre Argentina y Gran Bretaña. 


(3) Malvinas: La trama secreta, por O.Cardoso, R.Kirschbaum y E. Van Der Kooy, Julio de 1983. 
(4) Ibid. 3.

Un conflicto de nunca acabar IV

El 2 de abril de 1982, la línea Washington-Buenos Aires estaba abierta: el presidente norteamericano, Ronald Reagan, quería hablar con Galtieri ya que la guerra estaba a punto de explotar. Mientras que el secretario de Estado, Alexander Haig, había comenzado a dialogar con ambos países para ofrecer a los EE.UU como mediador.

A las 22.10 de aquel día, el teléfono sonó una vez más y Galtieri finalmente atendió a Reagan, quién mostró su preocupación por la inminente acción militar argentina y aseguró que Gran Bretaña iba a responder con fuerza militar. También ofreció enviar a George Bush a Bs. As. para entablar una negociación que llevara a una solución favorable.

Galtieri, consciente de que el operativo a esa hora no tenía retorno ya que los primeros buzos tácticos habían llegado a las playas malvinenses, sostuvo que ya habían pasado 17 años de negociaciones infructuosas, que Gran Bretaña había usurpado territorios que por derecho le pertenecían a Argentina y que los ingleses habían amenazado a los argentinos que estaban legalmente en Georgias, y se rehusaban llegar a un acuerdo.

A media mañana, las previsiones británicas fueron cobrando mayores dimensiones. El Comité de Defensa le informó a la Primer Ministro que indefectiblemente se desarrollaría una acción militar al día siguiente, pero que aún no se conocían el alcance de la misma ni las intenciones del gobierno militar argentino.

El Comité instó a dinamizar las relaciones diplomáticas vía EE.UU y a preparar una acción militar. Además, se empezó a trabajar en la presentación ante el Consejo de Seguridad.

Mientras tanto, los militares argentinos ya dominaban los puntos clave de la isla Soledad. Pese a que el operativo fue un éxito para Argentina, los isleños opusieron ciertos obstáculos como colocar vehículos en la pista de aterrizaje. Pero no hubo víctimas de ningún bando.

También ocurrió la primera lucha interna en las filas de los militares argentinos, lo que sería un adelanto de lo que repetiría durante toda la guerra. La Fuerza Aérea y la Naval comenzaron a disputarse el espacio aéreo y el aeropuerto isleño.

Cerca del mediodía británico el HMS Bransfield anunció interrupciones con la emisora de Malvinas. Esta fue la primera prueba fehaciente con la que contó Gran Bretaña de que los argentinos habían desembarcado en las islas.

Los titulares de los diarios argentinos de esa jornada estuvieron repletos de un patriotismo entusiasta. Por ejemplo, Clarín tituló: “Inician la reconquista de las Malvinas” y puso en la bajada: “Tropas argentinas desembarcaron en Malvinas”. Mientras que la tapa de La Nación decía: “Se inician operaciones en el Sur para respaldar la soberanía nacional. Tropas argentinas iniciaron acciones militares en las Malvinas”.

El diario que más alentó el confuso sentimiento popular de ese día fue el sensacionalista La Razón. “Las Malvinas en manos argentinas. Hoy es un día de gloria”, se podía leer en su tapa.

Cerca del mediodía, la Plaza de Mayo ya se empezó a colmar de gente. El público disciplinado coreó el nombre de Galtieri. Este salió al balcón y dijo en un breve discurso que Argentina aceptaría el diálogo sólo después de esta actitud de fuerza. Era demasiado tarde, Londres ya había enviado su flota.


Un conflicto de nunca acabar III

El dictador Galtieri estaba muy confiado. Creía a muerte en la alianza con los EE.UU y en su neutralidad expuesta por Enders, y también creía en una supuesta debilidad del gobierno británico de Margaret Tatcher, que estaba sacudido por una crisis económica social importante. Además la flota inglesa estaba en vías de desaparecer y ser reemplazada por los submarinos nucleares Trident

Sin embargo, las tensiones y los rumores sobre un posible desembarco argentino comenzaron a traslucirse en varios hechos. Uno ocurrió el 11 de marzo de 1982, cuando un avión Hércules C-130 de la FA aterrizó de emergencia en Port Stanley, en momentos que se dirigía a la base Marambio, en la Antártida.

Las fuentes argentinas aseguraron que la situación de emergencia había sido real, aunque otras versiones hablaron de espionaje, lo que acrecentó los rumores de un eventual desembarco en Malvinas.

El otro hecho ocurrió el 19 de marzo, cuando se produjo el desembarco de trabajadores argentinos en las islas Georgias del Sur. Este episodio, a su vez, demostró dos hechos superpuestos: el primero, un operativo perfectamente legal de Constantino Davidoff para el desguace de las instalaciones balleneras de la empresa Cristian Salvensen, según un contrato firmado en 1979.

Y el segundo fue el llamado “Operativo Alfa”, una misión armada para instalar un destacamento militar en las islas con la apariencia de una base científica.

En fin, los 41 trabajadores a bordo del ARA Bahía Buen Suceso llegaron a la capital Leith e hicieron flamear una bandera argentina en un acto que, según fuente militares, había sido acordado con Davidoff y la Armada.

El episodio generó agresiones de los habitantes de las islas. Por eso, en esas playas se escucharon disparos y esto le posibilitó a la British Antartic Survey, la base científica en la isla, sostener que había personal civil y militar en ese grupo de hombres.

Ante este episodio, el Foreign Officce y el Departamento de Defensa británicos acordaron enviar el HMS Endurance para desalojar la cuadrilla argentina con un pelotón de royal marines.

Por su lado, Buenos Aires afirmó que el buque argentino se retiraría pero eso no incluía a los trabajadores. Es que en el edificio Libertad ya se estaban adelantando a los días del desembarco en Malvinas.

La situación repercutió inmediatamente en Port Stanley, donde hubo pintadas a favor de los británicos. Allí la Falkland Islands Company manejaba a los isleños con mano dura y los incitaba a sentir desprecio por los argentinos.

Por su parte, lo primero que hizo Anaya fue mandar las dos corbetas misilísticas ARA Granville y ARA Drummond a la zona de conflicto entre Georgias y Malvinas para evitar que el Endurance regresara a su base natural.

Por otro lado, la inteligencia británica no encontraba las pruebas concretas que certificasen la invasión. Sin embargo, Carrington sospechaba, por lo que le pidió al Departamento de Estado de EE.UU que mediara en el conflicto.

A su vez, el diplomático impulsó en el gabinete la decisión de alistar a la flota. Así, el submarino nuclear HMS Conqueror, al mando del almirante John Woodward, recibió la orden de zarpar hacia la zona del Atlántico Sur.

Mientras tanto, y en absoluto secreto, el 28 de marzo zarpó desde Puerto Belgrano la flota de mar argentina con destino a las Islas Malvinas...

Un conflicto de nunca acabar II

Una Argentina llena de frustración decidió, tras décadas de negociaciones inútiles, tomar las islas por la fuerza. Fue una acción llevada a cabo por un gobierno de facto que ya había estado cerca de una guerra con Chile por el Canal de Beagle y transitaba por una inestable situación económica, por lo que necesitaba urgentemente una victoria en el campo militar para justificar su existencia.

El 15 de diciembre de 1981, el recientemente ascendido al cargo de Comandante de Operaciones Navales, vicealmirante Juan José Lombardo, fue llamado por su superior, el jefe de la Marina, almirante Jorge Isaac Anaya, y este último le ordenó que preparase un plan de desembarco en las islas Malvinas.

En ese momento, Roberto Eduardo Viola estaba en la Casa Rosada. El presidente estaba enfrentado con un histórico del Proceso, Rafael Massera, quién fue el que le encomendó a Anaya buscar un plan para recuperar las islas como forma de obtener el apoyo popular necesario para llegar al poder.

Por eso Anaya se tomó el caso Malvinas de manera muy personal y, además, creía que las islas podían servir de base naval para controlar el Cabo de Hornos, una zona estratégica con Chile por el conflicto del Canal de Beagle.

De todos modos, Anaya tuvo que esperar a que Viola empezara a tambalear a finales de 1981 para asociarse con el teniente general Leopoldo Galtieri, su sucesor y discípulo de Massera. Cuando Galtieri se convirtió en Presidente, Anaya consiguió la luz verde para llevara cabo el plan que tanto había deseado.

Para Lombardo, el plan podía llevarse a cabo con facilidad ya que los malvinenses nunca esperarían una ocupación. La flota inglesa en las islas era bastante débil ya que contaba con solamente 40 infantes de marina y el viejo navío Endurance.

Galtieri quería recuperar las islas Malvinas para ganarse la popularidad del pueblo argentino. Ése era su gran anhelo. Además, quería realzar la imagen del Ejército ante los ojos de la Marina y la Fuerza Aérea dentro de la interna militar.

El coronel Roberto Menéndez, quién era el enlace entre la Casa Rosada y las fuerzas políticas y sindicales, aseguró que “el triunfo en las Malvinas hubiera justificado históricamente el gobierno de las Fuerzas Armadas”.(2)

A principios de 1982, Anaya le planteó a Galtieri la necesidad de reunirse con el general Osvaldo García, al mando de Cuerpo V en Bahía Blanca para darle forma al plan de desembarco y sugirió que el coronel Mario Benjamín Menéndez debía ser el gobernador de las islas.

El plazo para comenzar a trabajar de lleno en los planes dependía de las negociaciones del 27 y 28 de febrero con Gran Bretaña, en la ONU, con sede en la ciudad norteamericana de Nueva York.

Por su parte, Lombardo, García y otros encargados de la planificación militar del desembarco se reunieron por primera vez y redactaron una Directiva Estratégica Militar (DEMIL) para entregar a sus tres comandantes. Establecieron una fecha tope para la operación: el 9 de julio.

Pero para esa fecha faltaba mucho tiempo, por lo que el 27 de enero se entregó un memorando a Londres para meter presión y acelerar una decisión con miras a las negociaciones de febrero y así adelantar el día “D”. A esta altura, ningún diplomático sabía de los verdaderos planes de los militares argentinos.

Ese memorando reflejaba cuál era la posición argentina pública con respecto al tema y ésta destacaba que el reconocimiento de la soberanía argentina sobre el archipiélago, formado por las islas Malvinas, Sandwich del Sur y Georgias del Sur, era el “elemento angular” de la disputa. También planteó la necesidad de formar una comisión negociadora que tratara el caso una vez por mes.

Por su parte, Lord Carrington, titular del Foreign Office británico, dio orden de resistir cualquier presión en las negociaciones para trabar el diálogo en Nueva York. Si bien Londres no estaba en pleno desacuerdo con la formación de la comisión negociadora, rechazaba discutir la soberanía porque los kelpers eran totalmente refractarios a que se introdujera la cuestión.

Las negociaciones se llevaron a cabo en un clima cordial pero no se llegó a ninguna resolución. De esta manera los militares argentinos iniciaron la planificación del desembarco. La cuenta regresiva había comenzado.

Tanto Carrington como todos los miembros de la cancillería británica descreían a esa altura de una acción militar argentina. El Parlamento inglés envió sendos mensajes a sus embajadas en EE.UU y Argentina para dejar en claro que estaban dispuestos a encontrar una solución al conflicto pero no en un contexto de amenazas.

Por otro lado, el secretario de Estado adjunto norteamericano, Thomas Enders, llegó al país el 6 de marzo y era intención de los militares confesarle, aunque no todo, el plan para recuperar las Malvinas.

En una cena en la embajada de EE.UU, Costa Méndez le comentó a Enders sobre la cuestión de las islas y aquel le respondió: “Hands Off”. Es decir, neutralidad.

Mientras que el coronel Menéndez ya se había reunido con Galtieri, quien terminó por confirmarle la irreversible decisión de recuperar las islas y que sería el gobernador militar de las Malvinas.


(2) Malvinas: La trama secreta, por O.Cardoso, R.Kirschbaum y E. Van Der Kooy, Julio de 1983.

Un conflicto de nunca acabar I

Las Islas Malvinas habían sido una fuente de permanentes conflictos diplomáticos entre Argentina y Gran Bretaña antes de que en 1982 estallara la guerra del Atlántico Sur. Hasta el descubrimiento de dicho archipiélago tiene varias explicaciones contrapuestas.

Por un lado, está la versión británica que establece que en 1592, el navegante John Davis fue el primero en avistarlas. Sin embargo, otros historiadores sostienen que fue Américo Vespucio quién las había visto por primera vez en 1502. De todos modos, fue un holandés, Sebald de Wert, el primero en hacer una descripción clara de su ubicación en un mapa en 1600 cuando España quién tenía los derechos legales sobre los descubrimientos en esa zona.

En 1690, el capitán de navío inglés, John Strong, de Plymouth, fue el primero en desembarcar en las islas. Strong bautizó el estrecho que separa la Gran Malvina Occidental de la Oriental con el nombre de Falkland, en honor a Lord Falkland, comisionado de almirantazgo. De ahí, que para los ingleses las islas adoptan ese nombre.

El capitán Strong llevó una gran cantidad de franceses que bautizaron el lugar como “Isles Malouines”, que en español quiere decir Islas Malvinas.

Los siguientes setenta años mostraron un gran desinterés por parte de los países europeos por habitar esas islas. Pero a finales del Siglo XVIII, Gran Bretaña, Francia y España se percataron de su importancia y comenzó la disputa.

Entonces se sucedieron la construcción de fortines ingleses y el establecimiento de colonias francesas enteras, los primeros en habitar las islas. Para 1766 ya había unas 250 personas radicadas en todo el territorio del archipiélago.

Sin embargo, fue España el país que se quedó con las islas e izó su bandera en esas tierras, ya que Inglaterra no quería entrar en guerra con los ibéricos, por lo que en 1770, ambos países acordaron firmar una declaración de paz.

Todo se mantuvo en orden hasta que en 1816 surgió la República Argentina y ésta reclamó todos los territorios gobernados por el virrey español en Buenos Aires que se extendían hasta las Islas Malvinas. En 1820, una fragata argentina tomó posesión de las islas, en 1823 se nombró al gobernador y en 1826 se estableció el primer negocio: La pesquería Vernet.

En 1828, Luis Vernet fue nombrado gobernador y la isla vivió un año de caos económico y político, circunstancia que fue aprovechada por los ingleses para volver a apoderarse del territorio.

En 1833, la goleta Clio, bajo el mando de James Onslow, llegó de Inglaterra para reclamar los derechos sobre las islas y las recuperó dado que sus fuerzas superaban a las argentinas. Y así comenzó a flamear la bandera británica en las Malvinas.

Luego, siguieron muchos años de disputas diplomáticas en los que Gran Bretaña se mantuvo firme en su posición, en especial, sobre la soberanía de las islas y los deseos de sus habitantes. Para mediados del Siglo XIX, el archipiélago estaba esencialmente habitado por británicos y su principal actividad era la del criado de ovejas. En 1851 había sólo 1.000 animales pero en 1880 ya había casi medio millón. Esto atrajo a los pastores escoceses y galeses.

Además, el comercio funcionaba gracias a la Islas Falkland Company, que se había establecido en 1841 y que había adquirido gran parte del territorio. Sin embargo, las islas no representaban un gran negocio para Gran Bretaña y apenas alcanzaba para que los isleños vivieran modestamente. Por esto Inglaterra tuvo a las Malvinas en medio del olvido por muchos años.

Argentina, en cambio, comenzó a acumular frustraciones y en 1927 amplió sus reivindicaciones hasta las Islas Georgias y Sándwich del Sur.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando a los ingleses les interesaba el apoyo argentino, hubo un principio de acuerdo en el que Gran Bretaña cedería la soberanía a cambio del arrendamiento temporal de las islas por parte de Argentina. Pero esta solución nunca se materializó.

El argumento argentino comenzó a tener más eco cuando llegó a la ONU. En 1965 este organismo aprobó la resolución 2065 que definía a las Malvinas como un típico caso de colonialismo y la Naciones Unidas se habían propuesto en 1960 y a través de la resolución 1514, “acabar en todas partes el colonialismo bajo cualquier aspecto”(1)

Pero, según la ONU, Gran Bretaña y Argentina debían solucionar este problema de acuerdo a la carta orgánica y a los intereses de la población de dichas islas. Y cuando en 1967 los cancilleres George Brown y Nicanor Costa Méndez se reunieron y el inglés admitió que la soberanía era “negociable”, nadie pensó que 15 años después habría una guerra entre ambos países.


(1) Una cara de la moneda: La guerra de las Malvinas, The Sunday Times Insight Team, Mayo de 1983