LOS "MALDITOS" AL ATAQUE III


III

Carlos
residía en la localidad de Martín Coronado, partido de Tres de Febrero, y trabajaba con Edgardo en la misma editorial, ubicada en el barrio porteño de Palermo. Cuando el 10 de enero de 1994 llegó por la mañana a la oficina, su compañero ya se encontraba allí, por lo que se dispusieron a organizar la jornada laboral y decidieron ir a ver a unos clientes en Berazategui, a los que les vendían libros.

Salieron de la editorial cerca de las 14, Carlos al volante y Eduardo en el asiento del acompañante, mientras que en el baúl del Dodge 1500 amarillo cargaron varios libros y unas carpetas, lo habitual. El conductor tomó por avenida 9 de Julio hacia Avellaneda por avenida Mitre, al tiempo que su acompañante hablaba sobre los preparativos del bautismo de su pequeño hijo de ocho meses.

Al rato, pasaron por el Parque Domínico y a las dos o tres cuadras se toparon con el tránsito completamente parado y alguien les hizo señas de que se había producido un robo. Entonces, Carlos dejó la avenida Comandante Franco y dobló a la derecha, y casi de inmediato, escuchó los primeros disparos, al menos cinco. Así que hizo dos cuadras más y giró a la izquierda. Siguieron los tiros. El conductor miró hacia atrás y advirtió que los perseguían en un Renault 18 y un Peugeot 504 clarito. Se volvió hacia su acompañante: “Gordo, nos están tirando a nosotros.” Y a la media cuadra el auto se detuvo contra el cordón izquierdo porque quedó en llanta.

Los dos hombres descendieron del vehículo, cada uno por su lado, tras lo cual, Carlos caminó hacia la parte posterior del Dodge y en esas circunstancias perdió de vista a Eduardo que quedó detrás suyo. En ese momento, un abanico de seis o siete personas armadas le apuntó a Carlos y le ordenó que se tirara al suelo con la cabeza abajo, y él obedeció. Y una vez que se halló en el piso, sintió una pisada en la espalda y un arma apoyada en la cabeza. 

“¡¿Dónde está el de colita?!”, gritó una de las personas armadas, que era policía de la Brigada de Lanús, con asiento en Avellaneda, pero ninguna de los dos hombres del Dodge tenía pelo largo. “¡Traigan tres juegos de esposas más!”, vociferó otro de los efectivos. Y en una cuestión de segundos, Carlos oyó una seguidilla de disparos, como si vaciaran el cargador completo de una pistola, aunque él solo alcanzó a ver un arma con la corredera hacia atrás y a la altura de la rodilla del policía que estaba parado a su lado y a alguien que exclamó “¡pará loco, que ya terminó todo!”, seguido por un llanto de Eduardo, quien se lamentaba: “¡Me arde mucho!, ¡me arde mucho!”

“¡Llamen a una ambulancia!”, pidió uno de los policías, mientras que a Carlos lo levantaron del suelo y así él pudo ver la espalda de su acompañante, como en posición fetal. “Quedate tranquilo, gordito, que ya viene el médico”, le indicó otro de los efectivos. Y cuando llegaron los médicos, a los quince o veinte minutos, a Carlos, que sabía de armas porque había sido miembro de la Policía Federal entre 1980 y 1985, lo cargaron en un Peugeot 504, con la cabeza entre las piernas. “¿A dónde me llevan?”, preguntó la víctima, presa del miedo, pero no le respondieron y lo trasladaron a la Brigada.

A bordo del Peugeot había tres policías y cuando lo ingresaron a la dependencia lo dejaron en el patio, esposado con las manos hacia adelante y contra una pared, al tiempo que le preguntaban sus datos personales y de su familia.

Minutos después, los efectivos llevaron a otros tres detenidos esposados y los colocaron en esquinas separadas del mismo patio. Ninguno de estos tenía colita y, por los datos que brindaron, se domiciliaban por la zona en la que residía el conductor del Dodge y su compañero.

“Tengo que ir al baño. ¿Qué pasó?”, dijo Carlos a los policías, pero estos no le dieron ninguna explicación y poco después lo trasladaron a una oficina en el primer piso donde se entrevistó con la jueza Gómez, cuyo rostro se veía desencajado. 

–Indudablemente, se trató de un error –la magistrada la extendió la mano–. Ya puede hacer una llamada.

–¿Y mi compañero?

–El secretario del juzgado acaba de regresar del hospital y me confirmó su fallecimiento.

Ya era de noche y alrededor de las 21.30 le comunicaron que estaba libre, por lo que se retiró de la Brigada, y al hacerlo vio que los policías habían secuestrado un Dodge 1500 igual a suyo, excepto que no tenía los barrales en el techo y se le veía una línea negra en el paragolpes. También observó su propio auto, el cual estaba agujereado por todos lados y con los vidrios rotos.

Lo que no podía comprender Carlos era cómo se confundieron de personas los policías si su Dodge no tenía vidrios polarizados que obstaculizaran la visión. ¿Y cómo iba a saber él que quienes los perseguían eran policías si se movilizaban en autos no identificables, sin sirenas y altoparlantes, y sin uniformes? Además, nunca les dieron la orden de detenerse y no se resistieron. Es más, después del tiroteo, percibió que los policías no estaban preocupados por lo ocurrido, sino que se los veía tranquilos, como si nada.


CONTINUARÁ...


LOS "MALDITOS" AL ATAQUE II

 


II

Paola desayunaba en su domicilio, mientras repasaba la tapa del diario del 10 de enero de 1994, en la que se los principales titulares se referían a un potencial paro de la CGT, el arranque de la pretemporada de los equipos profesionales de fútbol, la visita a la Argentina de la estrella del básquet “Magic” Johnson y la gestión del entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, entre otros temas.

La mujer residía en la localidad de Santos Lugares, partido de Tres de Febrero, lindero con San Martín, en el noroeste del conurbano; junto a Néstor, con quien se había casado en 1987 y tenía dos hijos de dos y seis años.

Por su parte, él se desempeñaba como remisero para una agencia que había abierto recientemente en la calle Rodríguez Peña de esa localidad y conducía un Peugeot 505 gris oscuro. Aquella mañana de lunes, Néstor se despidió de su esposa y pasadas las 7 se fue trabajar con la intención de regresar alrededor de las 19, tal como lo hacía habitualmente, pero no lo hizo.

En ese momento no había muchas formas de comunicación, así que Paola esperó y esperó. No sabía a quién recurrir ni a dónde llamar porque la agencia ya estaba cerrada y pasó la noche despierta. A la mañana siguiente salió desesperada y Raúl, un vecino, le preguntó qué pasaba y le dijo que Néstor no había regresada a casa. “Qué raro”, le respondió este vecino. Entonces, ella se dirigió hasta la casa de él y vieron sobre la mesa la portada de diario en la que se veía una foto de un auto con la patente del Peugeot 505 de Néstor y hablaba de un “enfrentamiento” con la Policía. Esa imagen había sido tomada la tarde anterior en Wilde y hasta entonces nadie se había comunicado con ella para contarle lo sucedido con su esposo.

Al reconocer en el diario la patente que se correspondía al auto de su marido, Paola dejó a sus hijos en lo de sus padres y junto a Raúl salieron a buscar a Néstor, pero no sabían exactamente a qué lugar de Wilde dirigirse. Recorrieron la zona en auto hasta que pasaron por el frente de una comisaría donde hallaron el Peugeot 505 gris oscuro junto al cordón de la vereda.

Al igual que Roxana, la viuda de Eduardo, Paola tampoco lo podía creer: el auto de su marido estaba totalmente agujereado y con manchas de sangre en el asiento del conductor. Así que ingresó a la dependencia, en la que la recibió un comisario que la miró a los ojos y le dijo “lo siento”. Ya era mediodía, cuando la hicieron pasar a otro despacho donde se encontraba la jueza de la causa, de apellido Gómez, que le ofreció un vaso de agua y la contuvo. “Yo estoy a cargo del caso. Quédese tranquila, que todo va a estar bien”, le dijo la magistrada.

La esposa de Néstor supo en ese momento que su marido estaba muerto y que su cuerpo menudo se hallaba en la morgue. Ya había visto el estado del auto y recibido las disculpas del comisario, por lo que no preguntó más nada sobre lo ocurrido. De hecho, un amigo de su esposo, con el que jugaban a la pelota juntos en el club Defensores de Santos Lugares, cerca de su casa, fue quién se encargó de reconocer el cadáver. Y cuando Paola regresó a lo de sus padres y sus suegros, ellos ya se habían enterado de lo ocurrido a través de los medios de comunicación. Desde entonces, el padre de Néstor se abocó a batallar para saber la verdad sobre el caso, mientras que ella se fijó como misión dedicarse enteramente a la crianza de sus pequeños hijos.

Así fue que la mujer se fue enterando de lo ocurrido mediante los datos que iba averiguando su suegro, quien los domingos iba al cementerio y después pasaba por su casa. Él también se ocupaba de ir a ver el expediente y molestó tanto a las autoridades policiales y judiciales que estuvo detenido.

En tanto, ella no quería saber nada, se sentía muy afectada emocionalmente y se dedicaba únicamente de sus hijos, que, en un principio, no podían entender por qué su padre se fue y nunca más volvió. Recién con el paso del tiempo, ellos crecieron y entendieron, mientras que ella pudo averiguar algunas cosas, sobre todo, luego de conocer a Roxana y participar de la reconstrucción de los hechos, en la que se especuló con que Néstor trasladaba a dos pasajeros, Horacio y Gabriel, quiénes mantenían deudas con gente peligrosa que se las querían cobrar a cómo de lugar, por lo que en ese auto no debía quedar nadie vivo.


CONTINUARÁ...

LOS "MALDITOS" AL ATAQUE I

 

El 10 de enero de 1994, Roxana se encontraba junto a su esposo, Eduardo, en su casa del partido de San Martín, en el noroeste del Gran Buenos Aires, donde el matrimonio residía junto a su bebé de ocho meses, al que pronto iban a bautizar, y su pequeña hija. Desde hacía unos tres años que el hombre vendía libros para una editorial, aunque antes se había dedicado a otros tipos de productos, como ollas y telas. También había trabajado como carpintero. Y si bien tenía una “citroneta” para llevar los libros, desde que lo detuvieron por no contar con un registro para conducir con carga salía a trabajar a pie y en la empresa le asignaban luego un chofer para que lo llevara de un lado a otro. Así que se despidió de su esposa y salió hacia la parada de colectivos. Y como se encontraban en pleno receso escolar por las vacaciones de verano, esa mañana no tuvo que llevar primero a su hija a la escuela, en el barrio San Andrés.

Eduardo un hombre robusto y de bigote morocho como su cabellera, vendía los libros en los lugares de trabajo y, una vez comprometida la compra, se firmaba un contrato con el sindicato y se hacía al comprador los descuentos y cuotas correspondientes. Aquel día, el vendedor salió de la editorial cerca del mediodía a bordo un Dodge 2500 color amarrillo junto a su compañero Carlos, su chofer de turno, en dirección al partido de Berazategui, en la zona sur del conurbano, y durante el recorrido tomaron por avenida Mitre y después por Comandante Franco, hacia la localidad de Wilde, en Avellaneda; una vía carretera histórica, cuyos orígenes se remontaban al siglo XVII, cuando, en la época en la que el distrito se denominaba “Punta de Gaitán”, se la conoció como el “Camino Real del Sud” y luego, a fines del XVII, pasó a llamarse “Camino de Chascomús al sudoeste”.

A las pocas cuadras de transitar por Franco, Carlos se topó con un embotellamiento a la altura de la calle Bismark y una persona que se hallaba por allí les dijo que acababa de ocurrir un tiroteo, por lo que dobló hacia su derecha para alejarse del lugar, por donde se escuchaban tiros desde muy cerca. Ante esta situación, el conductor procuró desviarse y dobló a la izquierda, al tiempo que comenzaron a perseguirlos unos vehículos con las balizas encendidas. Intentó escapar, pero al llegar al cruce de Mariano Moreno y Bismark, una esquina de viviendas particulares, a unos cien metros de Mitre y unos trescientos de Franco, no pudo continuar porque las ruedas quedaron en llantas.

“Gordo, bajemos porque me parece que es la Policía”, le dijo Carlos a Eduardo, tras lo cual, ambos descendieron del vehículo. Inmediatamente, un grupo de policías armados les ordenó que se tiraran al suelo y les apuntaban. “¡¿Dónde están los fierros?!, ¡¿dónde están los fierros?!”, exclamó uno de los efectivos. “¿Qué fierro? El único fierro que tengo es la lapicera”, respondió el vendedor de libros y, acto seguido, se produjo una nueva serie de disparos. “¡Pará, loco!”, grita otro de los policías, mientras que Carlos no alcanzaba a ver a Eduardo porque lo tapaban las ruedas del auto. Solo lo oyó quejarse de dolor. 

Alrededor de las seis o siete de la tarde, la hermana de Roxana se presentó en la casa de esta, que no tenía teléfono, y le dijo que Eduardo había tenido un accidente en la zona de Wilde y lo habían llevado al hospital local. Ante esta situación, la esposa del vendedor de libros tomó una muda de ropa para él y salió junto a su hermana hacia la vivienda de los padres de ambas para dejarles a sus hijos y continuar hacia dicha localidad de Avellaneda.

Arribaron al Hospital de Wilde cuando ya estaba cerrada la entrada principal. Así que se dirigieron a la guardia. Pero la puerta también estaba cerrada. Roxana golpeó y por la mirilla la atendió un policía, al que le preguntó por Eduardo. “No hay nadie acá con ese nombre. Vaya a la Brigada de Lanús”, le respondió el efectivo. Entonces, la mujer y su hermana se trasladaron hacia la mencionada sede policial, ubicada en calle 12 de Octubre al 200 de Avellaneda y que durante la última dictadura militar había funcionado como el centro clandestino de detención, tortura y exterminio apodado “El Infierno”.

En el trayecto las mujeres se encontraron con un par de compañeros de trabajo de Eduardo que las acompañaron y cuando estaban por ingresar a la Brigada, Roxana vio salir a su suegro, quien la abrazó. “No entres porque a Eduardo lo mataron”, le dijo. “¡¿Cómo que lo mataron?!, reaccionó ella sin comprender lo ocurrido. El padre de Eduardo la abrazó más fuerte y la llevó hasta su auto. 

“No puedo entenderlo. Él solo vendía libros. Cuando me dijeron lo del accidente pensé que había chocado y tenido un latigazo por el choque, y que como había tenido una hernia de disco estaba dolido y por eso lo internaron”, recordaría Roxana tiempo después.

Respecto al día del hecho, ya había anochecido y la mujer todavía no sabía dónde estaba el cuerpo de su esposo, el cual yacía en el playón del hospital. Y cuando finalmente le entregaron el cadáver, ella le pidió a su suegro, quien se encargó de todos los trámites de rigor junto a otro hijo, que el velorio se llevara a cabo en una planta baja, para que pudiera asistir la abuela de Eduardo porque en la víspera la anciana lo había soñado a su nieto con una camisa blanca llena de sangre.

Para entonces, lo único que le dijo la Policía sobre lo sucedido fue que se había tratado de un “lamentable error”, sin brindar detalles sobre el operativo en el que doce efectivos de civil y a bordo de cinco autos no identificables habían salido de la Brigada de Lanús ante una supuesta alerta por un presunto intento de robo en un banco de la zona. Sin embargo, en los alrededores de las calles Moreno y Bismark no había ninguna entidad bancaria. Y cuando los vecinos y periodistas arribaron a ese cruce de calles, una vez consumado el crimen, solo se encontraron con una gran cantidad de agentes armados y el Dodge 1500 amarillo como un colador, repleto de agujeros en los vidrios, la carrocería y los asientos. 

A su vez, la primera versión la fuerza filtró en off the record al principal matutino argentino se tradujo al día siguiente con el siguiente titular: “Matan a tres ladrones y a un inocente en Wilde”. Y en la bajada mencionó que los efectivos mataron por “error” al conductor del auto en el que iban dos de los sospechosos y que apresaron al resto de los delincuentes que perseguían.

Por su parte, uno de los efectivos involucrados, de apellido Romero, se fugó la misma noche del 10 de enero desde la Brigada, por lo que la justicia ordenó su captura nacional e internacional, y, posteriormente, el Poder Ejecutivo ofreció una recompensa para poder localizarlo.

Continuará....