
El 10 de enero de 1994, Roxana se encontraba junto a su esposo, Eduardo, en su casa del partido de San Martín, en el noroeste del Gran Buenos Aires, donde el matrimonio residía junto a su bebé de ocho meses, al que pronto iban a bautizar, y su pequeña hija. Desde hacía unos tres años que el hombre vendía libros para una editorial, aunque antes se había dedicado a otros tipos de productos, como ollas y telas. También había trabajado como carpintero. Y si bien tenía una “citroneta” para llevar los libros, desde que lo detuvieron por no contar con un registro para conducir con carga salía a trabajar a pie y en la empresa le asignaban luego un chofer para que lo llevara de un lado a otro. Así que se despidió de su esposa y salió hacia la parada de colectivos. Y como se encontraban en pleno receso escolar por las vacaciones de verano, esa mañana no tuvo que llevar primero a su hija a la escuela, en el barrio San Andrés.
Eduardo un hombre robusto y de bigote morocho como su cabellera, vendía los libros en los lugares de trabajo y, una vez comprometida la compra, se firmaba un contrato con el sindicato y se hacía al comprador los descuentos y cuotas correspondientes. Aquel día, el vendedor salió de la editorial cerca del mediodía a bordo un Dodge 2500 color amarrillo junto a su compañero Carlos, su chofer de turno, en dirección al partido de Berazategui, en la zona sur del conurbano, y durante el recorrido tomaron por avenida Mitre y después por Comandante Franco, hacia la localidad de Wilde, en Avellaneda; una vía carretera histórica, cuyos orígenes se remontaban al siglo XVII, cuando, en la época en la que el distrito se denominaba “Punta de Gaitán”, se la conoció como el “Camino Real del Sud” y luego, a fines del XVII, pasó a llamarse “Camino de Chascomús al sudoeste”.
A las pocas cuadras de transitar por Franco, Carlos se topó con un embotellamiento a la altura de la calle Bismark y una persona que se hallaba por allí les dijo que acababa de ocurrir un tiroteo, por lo que dobló hacia su derecha para alejarse del lugar, por donde se escuchaban tiros desde muy cerca. Ante esta situación, el conductor procuró desviarse y dobló a la izquierda, al tiempo que comenzaron a perseguirlos unos vehículos con las balizas encendidas. Intentó escapar, pero al llegar al cruce de Mariano Moreno y Bismark, una esquina de viviendas particulares, a unos cien metros de Mitre y unos trescientos de Franco, no pudo continuar porque las ruedas quedaron en llantas.
“Gordo, bajemos porque me parece que es la Policía”, le dijo Carlos a Eduardo, tras lo cual, ambos descendieron del vehículo. Inmediatamente, un grupo de policías armados les ordenó que se tiraran al suelo y les apuntaban. “¡¿Dónde están los fierros?!, ¡¿dónde están los fierros?!”, exclamó uno de los efectivos. “¿Qué fierro? El único fierro que tengo es la lapicera”, respondió el vendedor de libros y, acto seguido, se produjo una nueva serie de disparos. “¡Pará, loco!”, grita otro de los policías, mientras que Carlos no alcanzaba a ver a Eduardo porque lo tapaban las ruedas del auto. Solo lo oyó quejarse de dolor.
Alrededor de las seis o siete de la tarde, la hermana de Roxana se presentó en la casa de esta, que no tenía teléfono, y le dijo que Eduardo había tenido un accidente en la zona de Wilde y lo habían llevado al hospital local. Ante esta situación, la esposa del vendedor de libros tomó una muda de ropa para él y salió junto a su hermana hacia la vivienda de los padres de ambas para dejarles a sus hijos y continuar hacia dicha localidad de Avellaneda.
Arribaron al Hospital de Wilde cuando ya estaba cerrada la entrada principal. Así que se dirigieron a la guardia. Pero la puerta también estaba cerrada. Roxana golpeó y por la mirilla la atendió un policía, al que le preguntó por Eduardo. “No hay nadie acá con ese nombre. Vaya a la Brigada de Lanús”, le respondió el efectivo. Entonces, la mujer y su hermana se trasladaron hacia la mencionada sede policial, ubicada en calle 12 de Octubre al 200 de Avellaneda y que durante la última dictadura militar había funcionado como el centro clandestino de detención, tortura y exterminio apodado “El Infierno”.
En el trayecto las mujeres se encontraron con un par de compañeros de trabajo de Eduardo que las acompañaron y cuando estaban por ingresar a la Brigada, Roxana vio salir a su suegro, quien la abrazó. “No entres porque a Eduardo lo mataron”, le dijo. “¡¿Cómo que lo mataron?!, reaccionó ella sin comprender lo ocurrido. El padre de Eduardo la abrazó más fuerte y la llevó hasta su auto.
“No puedo entenderlo. Él solo vendía libros. Cuando me dijeron lo del accidente pensé que había chocado y tenido un latigazo por el choque, y que como había tenido una hernia de disco estaba dolido y por eso lo internaron”, recordaría Roxana tiempo después.
Respecto al día del hecho, ya había anochecido y la mujer todavía no sabía dónde estaba el cuerpo de su esposo, el cual yacía en el playón del hospital. Y cuando finalmente le entregaron el cadáver, ella le pidió a su suegro, quien se encargó de todos los trámites de rigor junto a otro hijo, que el velorio se llevara a cabo en una planta baja, para que pudiera asistir la abuela de Eduardo porque en la víspera la anciana lo había soñado a su nieto con una camisa blanca llena de sangre.
Para entonces, lo único que le dijo la Policía sobre lo sucedido fue que se había tratado de un “lamentable error”, sin brindar detalles sobre el operativo en el que doce efectivos de civil y a bordo de cinco autos no identificables habían salido de la Brigada de Lanús ante una supuesta alerta por un presunto intento de robo en un banco de la zona. Sin embargo, en los alrededores de las calles Moreno y Bismark no había ninguna entidad bancaria. Y cuando los vecinos y periodistas arribaron a ese cruce de calles, una vez consumado el crimen, solo se encontraron con una gran cantidad de agentes armados y el Dodge 1500 amarillo como un colador, repleto de agujeros en los vidrios, la carrocería y los asientos.
A su vez, la primera versión la fuerza filtró en off the record al principal matutino argentino se tradujo al día siguiente con el siguiente titular: “Matan a tres ladrones y a un inocente en Wilde”. Y en la bajada mencionó que los efectivos mataron por “error” al conductor del auto en el que iban dos de los sospechosos y que apresaron al resto de los delincuentes que perseguían.
Por su parte, uno de los efectivos involucrados, de apellido Romero, se fugó la misma noche del 10 de enero desde la Brigada, por lo que la justicia ordenó su captura nacional e internacional, y, posteriormente, el Poder Ejecutivo ofreció una recompensa para poder localizarlo.
Continuará....