LOS "MALDITOS" AL ATAQUE V

 

V

El comisario Méndez era el jefe de la Brigada de Lanús, situada en la calle 12 de Octubre al 200 de Avellaneda. En enero de 1994, esta dependencia estaba compuesta por un jefe (que era él), un segundo, de apellido Córdoba; un jefe de Operaciones, Rivero; y un jefe de Gabinete. Mientras que cada “gabinete” tenía tres o cuatro hombres. Existían varios gabinetes, entre ellos, Seguridad, Robos y Hurtos, Leyes Especiales, Judicial, Expedientes y Homicidios. En total, la dotación era de unos cien efectivos, aunque por turno solo había entre 15 y 30.

El 10 de ese mes, el comisario se disponía a almorzar cuando Córdoba entró a su despacho.

—Disculpe jefe, pero estaba pensando en salir con algunos de los grupos en prevención por la zona.

—Me parece bien —respondió Méndez-, porque el presidente de la cooperadora me está pidiendo que salgamos a recorrer las calles principales donde los socios, que son los que pagan la cuota mensual, tienen sus locales comerciales. 

—Sí, entiendo. A mí también me lo pidió la última vez que me lo crucé.

—Entonces, proceda —afirmó el comisario señalando la puerta de su despacho con su brazo extendido-. Porque el presiente es el que pone la plata que no baja de la provincia.

—Sí, lo sé, jefe. 

—La provincia solo nos paga la luz y el gas, además de unos sueldos de mierda. Mientras que la cooperativa, como en casi todas las comisarías nuestras, nos compran nafta para los móviles, pintura para la dependencia, artículos de limpieza y hasta el papel para las máquinas de escribir…

—No hace falta que me lo diga, comisario —Córdoba bajó la mirada con los brazos en jarra—. Está clarito —añadió antes de retirarse del despacho del jefe.

Si bien la Brigada tenía asiento en Avellaneda, su jurisdicción era Lanús y Lomas de Zamora, porque así se repartía orgánicamente el territorio la policía bonaerense. Mientras que Avellaneda se encontraba bajo la órbita de la Brigada de Quilmes.

De cualquier modo, el personal de esta dependencia solía intervenir en investigaciones más allá de esa jurisdicción y por pedido de la justicia. Por ejemplo, la desaparición de un joven de La Plata que apareció en Tolosa, donde detuvieron a la persona que lo retenía; el robo de 300 kilos de oro de la Brigada de Almirante Brown, por el que recuperaron parte del botín y apresaron a los autores del hecho; y el asesinato de la secretaria de Salud de Mercedes, en el que también capturaron a los responsables.

Por su parte, Córdoba resolvió que los grupos de prevención salieran en dos autos no identificables, una práctica habitual para este tipo de tareas. Mientras tanto, un oficial quedaba en la seccional a cargo de operar el sistema alerta radial.

Alrededor de las 15.30, el operador recibió un aviso sobre un enfrentamiento en la zona de Mitre y Ramón Franco, de Wilde. Ante esta situación, el operador notifica a Córdoba que salió de la comisaría junto a un chofer hacia el lugar de los hechos. 

Al arribar, Córdoba vio muchos autos detenidos en la calle y un amontonamiento de gente alrededor. Entonces vio al oficial López, uno de los integrantes de los grupos de prevención que estaba vestido de civil, parado junto a un Dodge 500 amarillo y tres personas detenidas con armas en el suelo.

—¿Qué mierda pasó, López? —Córdoba miraba el auto repleto de impactos de bala y a los sospechosos boca abajo sobre el asfalto, en el que se veía manchas de sangre.

—Eran dos autos sospechosos. Este es uno —López señaló el Dodge—. El otro siguió unas dos cuadras más. 

—¿Hubo enfrentamiento?

—Acá no. Yo solo advertí que el personal hizo disparos intimidatorios para que detuvieran la marcha. No sé más adelante, con los ocupantes del otro coche.

Entonces, Córdoba se dirigió caminando unos doscientos metros hasta donde se supuestamente se encontraba el segundo auto de los sospechosos, pero no vio nada, solo a un vecino que se quejaba de que le había chocado su Ford Taunus cuando los ocupantes de un Peugeot 505 se tiroteaban con los policías que los perseguían.

En tanto, un oficial que vio la presencia de Córdoba con el testigo se le acercó y le dijo que el personal policial había llevado a los heridos al hospital porque aún estaban con vida y ante esta situación, el segundo jefe de la Brigada se dirigió hacia el centro asistencial de Wilde, adonde creían que los efectivos habían trasladado el 505.

Una vez en el hospital, Córdoba se encontró con uno de sus oficiales que estaba custodiando el auto de los sospechosos. “Fue un enfrentamiento”, le dijo momentos antes de que apareciera el médico de la Brigada y le informara que los dos del 505 baleados en el tiroteo habían fallecido y que un tercero, que iba en el Dodge, también.

“¡La puta madre que los parió! ¡Esto es un desastre!”, se quejó Córdoba, quien no sabía cómo iba a explicarle al jefe lo que acababa de suceder. Tenía que definirlo rápidamente, porque el comisario Méndez ya estaba en camino.

El titular de Brigada trinaba y antes de llegar a la escena se comunicó telefónicamente con la jueza Gómez y le dijo lo poco que sabía hasta ese momento. La magistrada le adelantó que ella iba a ir al lugar y después para la dependencia, por lo que le pidió que la esperaran allí con los detenidos.


CONTINUARÁ....

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LOS "MALDITOS" AL ATAQUE IV

 


Gabriel estaba parado en la vereda de avenida Constituyentes, a unas tres cuadras de avenida San Martín, en la localidad de Villa Martelli, partido de Vicente López, en el norte del conurbano. Eran alrededor de las 10 del 10 de enero de 1994 y lo acompañaban dos jóvenes: Luciano, que era morocho y retacón; y Andrés, quien tenía el pelo castaño claro y largo, atado con una trenza cocida. Los tres abordaron el remís de Guillermo, quien conducía un Dodge 1500 amarillo de su propiedad.

Gabriel conocía al remisero del mismo barrio y por ser un cliente regular de la agencia para la que trabajaba aquel, también en dicha localidad. La noche anterior lo había visto y le reservó un viaje para la mañana siguiente, ocasión en la que él se ubicó en el asiento del acompañante y le indicó al conductor que se dirigiera hacia Santos Lugares, en Tres de Febrero, donde descendió solo y se introdujo en un domicilio situado a media cuadra, mientras que Luciano y Andrés lo aguardaron junto al Dodge 1500.

Al rato, Gabriel salió de esa vivienda junto a un hombre calvo, llamado Héctor, le hizo señas al Dodge 1500 para que los siguieran y ambos subieron a otro remís, el Peugeot 505 gris oscuro conducido por Néstor, con el que reanudaron la marcha en dirección a Punta Lara, en las afueras de La Plata. En tanto, los otros dos jóvenes que venían de Villa Martelli siguieron viaje junto a Guillermo, quien no los conocía y no advirtió que uno de ellos llevaba un maletín.

Tomaron inicialmente por avenida General Paz y luego la autopista 25 de Mayo, tras lo cual, siguieron por avenida Mitre hacia Avellaneda. El Peugeot 505 iba adelante y el Dodge 1500 detrás, hasta que el primero de los remiseros dobló a la izquierda y Guillermo lo perdió en medio del tránsito que, de pronto, se atascó.

Ante esta situación, Guillermo se desvió hacia la derecha y en ese momento comenzaron los tiros por todos lados. Intentó abandonar el lugar, pero apenas recorrió treinta metros hasta que quedó atorado, junto a un acoplado, y un balazo impactó en la parte trasera de su Dodge 1500. Inmediatamente, el auto fue rodeado por varios hombres armados que dijeron ser policías y que obligaron al conductor y a los dos pasajeros a descender del vehículo y tirarse boca abajo en el suelo, con las manos en la nuca. Así fue que los esposaron y los llevaron detenidos a la Brigada de Lanús.

Y una vez que pasaron varias horas alojados en el interior de esa dependencia, los tres ocupantes del Dodge 1500 se enteraron por otros presos que a las personas que iban en el Peugeot 505 los habían matado. “Tuvieron un Dios aparte”, le dijo uno de los detenidos a Guillermo, quien no entendía nada de lo que había pasado y solo se dio cuenta de que en la dependencia se había desatado un escándalo, con corridas y gritos.

Por su parte, Andrés y Luciano permanecieron detenidos porque habían planeado con Gabriel y Héctor robar el contenido de una caja fuerte en una casa de cambio que funcionaba en forma clandestina en Wilde y escapar en un auto “legal”, el remís de Néstor, quien era completamente ajeno al hecho, al igual que Guillermo.

De acuerdo a lo que Andrés declararía posteriormente ante la justicia, Gabriel y Héctor ya habían cometido otros ilícitos juntos y desde hacía un mes que tenían pensado cometer el asalto a la mencionada casa de cambio, en la que trabajaba como custodio un efectivo de la Brigada de Lanús en disponibilidad. Pero los dos cómplices que iban en el Peugeot 505 no llegaron a su objetivo porque cuando tomaron por Ramón Franco se toparon con la Policía y no llevaban armas, y terminaron muertos a balazos en la esquina de Franco y Lobos, frente a una parrilla.

Mientras que a Luciani y Andrés los persiguieron agentes vestidos de civil en dos autos particulares con los que se tirotearon usando el armamento que guardaban en el maletín. Y en medio de su huida, otro Dodge 1500 amarillo pasó por el lugar y los policías se confundieron y comenzaron a seguirlo y dispararle desmesuradamente. Era el coche en el que iban Carlos y Eduardo.

Según Andrés, Gabriel conocía al custodio de la casa de cambio clandestina, el cual habría actuado como “entregador” a través de un taxista de San Martín que fue el intermediario entre ambas partes. Y contó que se decía que en la caja fuerte que querían violentar podía haber unos 500 mil dólares y que en la casa de cambio aparentemente se lavaba dinero.

El detenido también afirmó ante la jueza Gómez que, tanto él como Luciano fueron torturados por los policías de la Brigada que los encapucharon, vendaron los ojos y golpearon hasta las tres del día siguiente al hecho. Además, señaló que el supuesto “entregador”, el oficial Romero, estaba en la misma dependencia y quedó preso, pero que durante la madrugada alguien le abrió la celda y permitió que escapara.


CONTINUARÁ....

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LOS "MALDITOS" AL ATAQUE III


III

Carlos
residía en la localidad de Martín Coronado, partido de Tres de Febrero, y trabajaba con Edgardo en la misma editorial, ubicada en el barrio porteño de Palermo. Cuando el 10 de enero de 1994 llegó por la mañana a la oficina, su compañero ya se encontraba allí, por lo que se dispusieron a organizar la jornada laboral y decidieron ir a ver a unos clientes en Berazategui, a los que les vendían libros.

Salieron de la editorial cerca de las 14, Carlos al volante y Eduardo en el asiento del acompañante, mientras que en el baúl del Dodge 1500 amarillo cargaron varios libros y unas carpetas, lo habitual. El conductor tomó por avenida 9 de Julio hacia Avellaneda por avenida Mitre, al tiempo que su acompañante hablaba sobre los preparativos del bautismo de su pequeño hijo de ocho meses.

Al rato, pasaron por el Parque Domínico y a las dos o tres cuadras se toparon con el tránsito completamente parado y alguien les hizo señas de que se había producido un robo. Entonces, Carlos dejó la avenida Comandante Franco y dobló a la derecha, y casi de inmediato, escuchó los primeros disparos, al menos cinco. Así que hizo dos cuadras más y giró a la izquierda. Siguieron los tiros. El conductor miró hacia atrás y advirtió que los perseguían en un Renault 18 y un Peugeot 504 clarito. Se volvió hacia su acompañante: “Gordo, nos están tirando a nosotros.” Y a la media cuadra el auto se detuvo contra el cordón izquierdo porque quedó en llanta.

Los dos hombres descendieron del vehículo, cada uno por su lado, tras lo cual, Carlos caminó hacia la parte posterior del Dodge y en esas circunstancias perdió de vista a Eduardo que quedó detrás suyo. En ese momento, un abanico de seis o siete personas armadas le apuntó a Carlos y le ordenó que se tirara al suelo con la cabeza abajo, y él obedeció. Y una vez que se halló en el piso, sintió una pisada en la espalda y un arma apoyada en la cabeza. 

“¡¿Dónde está el de colita?!”, gritó una de las personas armadas, que era policía de la Brigada de Lanús, con asiento en Avellaneda, pero ninguna de los dos hombres del Dodge tenía pelo largo. “¡Traigan tres juegos de esposas más!”, vociferó otro de los efectivos. Y en una cuestión de segundos, Carlos oyó una seguidilla de disparos, como si vaciaran el cargador completo de una pistola, aunque él solo alcanzó a ver un arma con la corredera hacia atrás y a la altura de la rodilla del policía que estaba parado a su lado y a alguien que exclamó “¡pará loco, que ya terminó todo!”, seguido por un llanto de Eduardo, quien se lamentaba: “¡Me arde mucho!, ¡me arde mucho!”

“¡Llamen a una ambulancia!”, pidió uno de los policías, mientras que a Carlos lo levantaron del suelo y así él pudo ver la espalda de su acompañante, como en posición fetal. “Quedate tranquilo, gordito, que ya viene el médico”, le indicó otro de los efectivos. Y cuando llegaron los médicos, a los quince o veinte minutos, a Carlos, que sabía de armas porque había sido miembro de la Policía Federal entre 1980 y 1985, lo cargaron en un Peugeot 504, con la cabeza entre las piernas. “¿A dónde me llevan?”, preguntó la víctima, presa del miedo, pero no le respondieron y lo trasladaron a la Brigada.

A bordo del Peugeot había tres policías y cuando lo ingresaron a la dependencia lo dejaron en el patio, esposado con las manos hacia adelante y contra una pared, al tiempo que le preguntaban sus datos personales y de su familia.

Minutos después, los efectivos llevaron a otros tres detenidos esposados y los colocaron en esquinas separadas del mismo patio. Ninguno de estos tenía colita y, por los datos que brindaron, se domiciliaban por la zona en la que residía el conductor del Dodge y su compañero.

“Tengo que ir al baño. ¿Qué pasó?”, dijo Carlos a los policías, pero estos no le dieron ninguna explicación y poco después lo trasladaron a una oficina en el primer piso donde se entrevistó con la jueza Gómez, cuyo rostro se veía desencajado. 

–Indudablemente, se trató de un error –la magistrada la extendió la mano–. Ya puede hacer una llamada.

–¿Y mi compañero?

–El secretario del juzgado acaba de regresar del hospital y me confirmó su fallecimiento.

Ya era de noche y alrededor de las 21.30 le comunicaron que estaba libre, por lo que se retiró de la Brigada, y al hacerlo vio que los policías habían secuestrado un Dodge 1500 igual a suyo, excepto que no tenía los barrales en el techo y se le veía una línea negra en el paragolpes. También observó su propio auto, el cual estaba agujereado por todos lados y con los vidrios rotos.

Lo que no podía comprender Carlos era cómo se confundieron de personas los policías si su Dodge no tenía vidrios polarizados que obstaculizaran la visión. ¿Y cómo iba a saber él que quienes los perseguían eran policías si se movilizaban en autos no identificables, sin sirenas y altoparlantes, y sin uniformes? Además, nunca les dieron la orden de detenerse y no se resistieron. Es más, después del tiroteo, percibió que los policías no estaban preocupados por lo ocurrido, sino que se los veía tranquilos, como si nada.


CONTINUARÁ...


LOS "MALDITOS" AL ATAQUE II

 


II

Paola desayunaba en su domicilio, mientras repasaba la tapa del diario del 10 de enero de 1994, en la que se los principales titulares se referían a un potencial paro de la CGT, el arranque de la pretemporada de los equipos profesionales de fútbol, la visita a la Argentina de la estrella del básquet “Magic” Johnson y la gestión del entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, entre otros temas.

La mujer residía en la localidad de Santos Lugares, partido de Tres de Febrero, lindero con San Martín, en el noroeste del conurbano; junto a Néstor, con quien se había casado en 1987 y tenía dos hijos de dos y seis años.

Por su parte, él se desempeñaba como remisero para una agencia que había abierto recientemente en la calle Rodríguez Peña de esa localidad y conducía un Peugeot 505 gris oscuro. Aquella mañana de lunes, Néstor se despidió de su esposa y pasadas las 7 se fue trabajar con la intención de regresar alrededor de las 19, tal como lo hacía habitualmente, pero no lo hizo.

En ese momento no había muchas formas de comunicación, así que Paola esperó y esperó. No sabía a quién recurrir ni a dónde llamar porque la agencia ya estaba cerrada y pasó la noche despierta. A la mañana siguiente salió desesperada y Raúl, un vecino, le preguntó qué pasaba y le dijo que Néstor no había regresada a casa. “Qué raro”, le respondió este vecino. Entonces, ella se dirigió hasta la casa de él y vieron sobre la mesa la portada de diario en la que se veía una foto de un auto con la patente del Peugeot 505 de Néstor y hablaba de un “enfrentamiento” con la Policía. Esa imagen había sido tomada la tarde anterior en Wilde y hasta entonces nadie se había comunicado con ella para contarle lo sucedido con su esposo.

Al reconocer en el diario la patente que se correspondía al auto de su marido, Paola dejó a sus hijos en lo de sus padres y junto a Raúl salieron a buscar a Néstor, pero no sabían exactamente a qué lugar de Wilde dirigirse. Recorrieron la zona en auto hasta que pasaron por el frente de una comisaría donde hallaron el Peugeot 505 gris oscuro junto al cordón de la vereda.

Al igual que Roxana, la viuda de Eduardo, Paola tampoco lo podía creer: el auto de su marido estaba totalmente agujereado y con manchas de sangre en el asiento del conductor. Así que ingresó a la dependencia, en la que la recibió un comisario que la miró a los ojos y le dijo “lo siento”. Ya era mediodía, cuando la hicieron pasar a otro despacho donde se encontraba la jueza de la causa, de apellido Gómez, que le ofreció un vaso de agua y la contuvo. “Yo estoy a cargo del caso. Quédese tranquila, que todo va a estar bien”, le dijo la magistrada.

La esposa de Néstor supo en ese momento que su marido estaba muerto y que su cuerpo menudo se hallaba en la morgue. Ya había visto el estado del auto y recibido las disculpas del comisario, por lo que no preguntó más nada sobre lo ocurrido. De hecho, un amigo de su esposo, con el que jugaban a la pelota juntos en el club Defensores de Santos Lugares, cerca de su casa, fue quién se encargó de reconocer el cadáver. Y cuando Paola regresó a lo de sus padres y sus suegros, ellos ya se habían enterado de lo ocurrido a través de los medios de comunicación. Desde entonces, el padre de Néstor se abocó a batallar para saber la verdad sobre el caso, mientras que ella se fijó como misión dedicarse enteramente a la crianza de sus pequeños hijos.

Así fue que la mujer se fue enterando de lo ocurrido mediante los datos que iba averiguando su suegro, quien los domingos iba al cementerio y después pasaba por su casa. Él también se ocupaba de ir a ver el expediente y molestó tanto a las autoridades policiales y judiciales que estuvo detenido.

En tanto, ella no quería saber nada, se sentía muy afectada emocionalmente y se dedicaba únicamente de sus hijos, que, en un principio, no podían entender por qué su padre se fue y nunca más volvió. Recién con el paso del tiempo, ellos crecieron y entendieron, mientras que ella pudo averiguar algunas cosas, sobre todo, luego de conocer a Roxana y participar de la reconstrucción de los hechos, en la que se especuló con que Néstor trasladaba a dos pasajeros, Horacio y Gabriel, quiénes mantenían deudas con gente peligrosa que se las querían cobrar a cómo de lugar, por lo que en ese auto no debía quedar nadie vivo.


CONTINUARÁ...

LOS "MALDITOS" AL ATAQUE I

 

El 10 de enero de 1994, Roxana se encontraba junto a su esposo, Eduardo, en su casa del partido de San Martín, en el noroeste del Gran Buenos Aires, donde el matrimonio residía junto a su bebé de ocho meses, al que pronto iban a bautizar, y su pequeña hija. Desde hacía unos tres años que el hombre vendía libros para una editorial, aunque antes se había dedicado a otros tipos de productos, como ollas y telas. También había trabajado como carpintero. Y si bien tenía una “citroneta” para llevar los libros, desde que lo detuvieron por no contar con un registro para conducir con carga salía a trabajar a pie y en la empresa le asignaban luego un chofer para que lo llevara de un lado a otro. Así que se despidió de su esposa y salió hacia la parada de colectivos. Y como se encontraban en pleno receso escolar por las vacaciones de verano, esa mañana no tuvo que llevar primero a su hija a la escuela, en el barrio San Andrés.

Eduardo un hombre robusto y de bigote morocho como su cabellera, vendía los libros en los lugares de trabajo y, una vez comprometida la compra, se firmaba un contrato con el sindicato y se hacía al comprador los descuentos y cuotas correspondientes. Aquel día, el vendedor salió de la editorial cerca del mediodía a bordo un Dodge 2500 color amarrillo junto a su compañero Carlos, su chofer de turno, en dirección al partido de Berazategui, en la zona sur del conurbano, y durante el recorrido tomaron por avenida Mitre y después por Comandante Franco, hacia la localidad de Wilde, en Avellaneda; una vía carretera histórica, cuyos orígenes se remontaban al siglo XVII, cuando, en la época en la que el distrito se denominaba “Punta de Gaitán”, se la conoció como el “Camino Real del Sud” y luego, a fines del XVII, pasó a llamarse “Camino de Chascomús al sudoeste”.

A las pocas cuadras de transitar por Franco, Carlos se topó con un embotellamiento a la altura de la calle Bismark y una persona que se hallaba por allí les dijo que acababa de ocurrir un tiroteo, por lo que dobló hacia su derecha para alejarse del lugar, por donde se escuchaban tiros desde muy cerca. Ante esta situación, el conductor procuró desviarse y dobló a la izquierda, al tiempo que comenzaron a perseguirlos unos vehículos con las balizas encendidas. Intentó escapar, pero al llegar al cruce de Mariano Moreno y Bismark, una esquina de viviendas particulares, a unos cien metros de Mitre y unos trescientos de Franco, no pudo continuar porque las ruedas quedaron en llantas.

“Gordo, bajemos porque me parece que es la Policía”, le dijo Carlos a Eduardo, tras lo cual, ambos descendieron del vehículo. Inmediatamente, un grupo de policías armados les ordenó que se tiraran al suelo y les apuntaban. “¡¿Dónde están los fierros?!, ¡¿dónde están los fierros?!”, exclamó uno de los efectivos. “¿Qué fierro? El único fierro que tengo es la lapicera”, respondió el vendedor de libros y, acto seguido, se produjo una nueva serie de disparos. “¡Pará, loco!”, grita otro de los policías, mientras que Carlos no alcanzaba a ver a Eduardo porque lo tapaban las ruedas del auto. Solo lo oyó quejarse de dolor. 

Alrededor de las seis o siete de la tarde, la hermana de Roxana se presentó en la casa de esta, que no tenía teléfono, y le dijo que Eduardo había tenido un accidente en la zona de Wilde y lo habían llevado al hospital local. Ante esta situación, la esposa del vendedor de libros tomó una muda de ropa para él y salió junto a su hermana hacia la vivienda de los padres de ambas para dejarles a sus hijos y continuar hacia dicha localidad de Avellaneda.

Arribaron al Hospital de Wilde cuando ya estaba cerrada la entrada principal. Así que se dirigieron a la guardia. Pero la puerta también estaba cerrada. Roxana golpeó y por la mirilla la atendió un policía, al que le preguntó por Eduardo. “No hay nadie acá con ese nombre. Vaya a la Brigada de Lanús”, le respondió el efectivo. Entonces, la mujer y su hermana se trasladaron hacia la mencionada sede policial, ubicada en calle 12 de Octubre al 200 de Avellaneda y que durante la última dictadura militar había funcionado como el centro clandestino de detención, tortura y exterminio apodado “El Infierno”.

En el trayecto las mujeres se encontraron con un par de compañeros de trabajo de Eduardo que las acompañaron y cuando estaban por ingresar a la Brigada, Roxana vio salir a su suegro, quien la abrazó. “No entres porque a Eduardo lo mataron”, le dijo. “¡¿Cómo que lo mataron?!, reaccionó ella sin comprender lo ocurrido. El padre de Eduardo la abrazó más fuerte y la llevó hasta su auto. 

“No puedo entenderlo. Él solo vendía libros. Cuando me dijeron lo del accidente pensé que había chocado y tenido un latigazo por el choque, y que como había tenido una hernia de disco estaba dolido y por eso lo internaron”, recordaría Roxana tiempo después.

Respecto al día del hecho, ya había anochecido y la mujer todavía no sabía dónde estaba el cuerpo de su esposo, el cual yacía en el playón del hospital. Y cuando finalmente le entregaron el cadáver, ella le pidió a su suegro, quien se encargó de todos los trámites de rigor junto a otro hijo, que el velorio se llevara a cabo en una planta baja, para que pudiera asistir la abuela de Eduardo porque en la víspera la anciana lo había soñado a su nieto con una camisa blanca llena de sangre.

Para entonces, lo único que le dijo la Policía sobre lo sucedido fue que se había tratado de un “lamentable error”, sin brindar detalles sobre el operativo en el que doce efectivos de civil y a bordo de cinco autos no identificables habían salido de la Brigada de Lanús ante una supuesta alerta por un presunto intento de robo en un banco de la zona. Sin embargo, en los alrededores de las calles Moreno y Bismark no había ninguna entidad bancaria. Y cuando los vecinos y periodistas arribaron a ese cruce de calles, una vez consumado el crimen, solo se encontraron con una gran cantidad de agentes armados y el Dodge 1500 amarillo como un colador, repleto de agujeros en los vidrios, la carrocería y los asientos. 

A su vez, la primera versión la fuerza filtró en off the record al principal matutino argentino se tradujo al día siguiente con el siguiente titular: “Matan a tres ladrones y a un inocente en Wilde”. Y en la bajada mencionó que los efectivos mataron por “error” al conductor del auto en el que iban dos de los sospechosos y que apresaron al resto de los delincuentes que perseguían.

Por su parte, uno de los efectivos involucrados, de apellido Romero, se fugó la misma noche del 10 de enero desde la Brigada, por lo que la justicia ordenó su captura nacional e internacional, y, posteriormente, el Poder Ejecutivo ofreció una recompensa para poder localizarlo.

Continuará....

UN DIA EN LA VILLA Y CORTE

La Catedral de Almúdena.

Era la primera vez que Renato estaba en Europa, por lo que al pisar Madrid en los primeros días de mayo se sintió desbordado por la excitación, la cual se sumaba a un itinerario apretado, dado que tenía previsto pasar una sola noche en la capital española. Por ello, el joven diagramó un recorrido corto, pero sumamente intenso. Así que tomó el folleto que contenía un completo mapa del centro de la ciudad que le había entregado el encargado del hostal en el que se alojaba y al terminar de desayunar salió a conocer a pie aquel mundo tan nuevo para él.

El hostal funcionaba en un viejo edificio de departamentos y ocupaba una unidad cuyos distintos ambientes se habían convertido en una serie de habitaciones de pocos metros cuadrados, ideales para turistas que viajaban solos, como Renato.

Apurado, bajó por unas escaleras de crujientes peldaños de madera hasta el hall que desembocaba en la calle De las Huertas, en pleno Barrio de Las Letras, y caminó una cuadra hasta la Plaza Santa Ana, que estaba rodeada de bares con nutrida clientela, restaurantes que recién abrían sus puertas -pero para limpiar sus salones- y un teatro en una de las esquinas que, por el aspecto de su fachada, se hallaba en plena refacción.

Cruzó aquella plaza casi desierta sin demorarse y continuó por una callejuela angosta unos 200 metros hasta la Plaza de la Puerta del Sol, donde sí había una gran cantidad de peatones, en su gran mayoría visitantes extranjeros como él, que arriban hasta allí en el Metro y tomaban fotografías de la estatua del Oso y la Casa de Correos con su gran reloj en la torre del centro.

Era una mañana diáfana, con una temperatura agradable, por lo que Renato guardó su abrigo en la mochila que colgaba de su hombro y se quedó en remera, mirando como muchos visitantes se agrupaban alrededor de alguno de los tantos guías turísticos que se ofrecían a acompañarlos en la recorrida por unos pocos Euros. Y si bien él podría haberse sumado, dado que se trataba de grupos abiertos, prefirió seguir su camino solo, en base a las indicaciones de su mapa...

Transitó por la calle Mayor hacia el oeste y en uno de los tantos comercios que funcionaban en ella compró una billetera de cuero para poder guardar los billetes de Euros, los cuales eran demasiado anchos para su billetera original.

A las pocas cuadras arribó a la Plaza Mayor, que le resultó imponente por las históricas construcciones que la circundaban, como si fuese un fuerte, entre ellas, la vieja Casa de la Panadería, devenida al actual Centro de Turismo.

Aquí también funcionaban locales gastronómicos que distribuían sus mesas y sillas por el perímetro de la plaza; sin embargo, su estadía allí se vio afectada por el ruidoso trabajo de un batallón de obreros que montaba un enorme escenario junto a la estatua del “piadoso” Felipe III, rey de España y de Portugal entre fines del Siglo XVI y principios del XVII.

Entonces, Renato continuó por la calle Mayor hasta la entrada al Mercado de San Miguel, forjada en hierro negro y frente a la que se detuvo a apreciar su patio interno decorado con flores multicolores y una fuente de agua.

Tras tomar varias fotografías con su celular, el joven retomó su caminata y al cruzarse con la calle Bailén subió a una loma boscosa desde la que logró obtener una gran vista del exterior de la Catedral de Almudena, el patio de la Real Armería y el Palacio, en los que se formaban largas filas de turistas de distintas nacionalidades que esperaban para entrar.

Patio de Armas.

Pero a Renato lo que más lo atrajo fue el verde paisaje ubicado detrás de esas inmaculadas edificaciones y conformado por el Campo de Moro, el río y, más en el fondo, el cerro Manzanares. Y para mejorar aún más la vista panorámica de dicho escenario natural entró a la catedral -para lo que no tuvo que hacer cola y abonó un ticket barato- y subió a sus balcones que daban al patio de la Armería y al cerro, a cuyos pies se desplegaba el hermoso predio de la Casa de Campo, con su tupida vegetación y lagos.

Al ascender por escalera unos 70 metros hasta la terraza norte de la catedral, construida a finales del Siglo XIX, no pudo evitar detenerse a contemplar, aunque sea por unos segundos, los salones delimitados por blancas columnas neo románicas y repletos de artefactos dorados que secundaban las figuras esculpidas de la Virgen María bajo la advocación de la Almudena.

Una vez en el balcón junto a la opaca y sobrecargada cúpula, que mezclaba los estilos Gótico y Barroco, Renato se tomó un respiro para observar con detenimiento el paisaje y tomar más fotografías, incluso del centro de la ciudad, que se podía ver con claridad y amplitud desde la terraza sur, decorada con antiquísimas estatuas de bronce ennegrecido por el paso del tiempo y que apuntaban hacia el Parque de Atenas y la calle Segovia.

Aliviado por la fresca sombra que le proporcionaba la cúpula y una suave brisa, el joven abandonó la catedral en dirección a la extensa hilera de stands callejeros montados en los alrededores, donde adquirió una gorra para protegerse de los fuertes rayos de sol del mediodía.

Renato siguió su recorrido en sentido norte, pasando por el frente del Palacio Real a su izquierda y del Teatro Real a la derecha, todo decorado con preciosos jardines. Sorprendido por la gran cantidad de espacios verdes que había en ese sector de la ciudad, Renato realmente disfrutó de su caminata, la que sólo interrumpió para comprar una botella de agua en un quiosco.

La bebida le abrió el apetito, por lo que se dirigió hacia la Gran Vía para buscar un local gastronómico para almorzar. Sin embargo, apenas inició su camino por aquella ancha y transitada avenida cayó en la cuenta que la inmensa mayoría de los comercios que funcionaban allí no comercializaban comida, sino de ropa, calzado y artículos electrónicos, fundamentalmente.

En ese lugar también fue testigo presencial de una contradicción llamativa para el Primer Mundo: por un lado, los altos, modernos y luminosos carteles electrónicos de las principales marcas que ocupaban el espacio aéreo como una bandada invasora; y por el otro, los homeless, con ropas y aspectos de extranjeros, tirados en la vereda y pidiendo limosnas.

Y después de ver varias vidrieras concluyó que los precios de las remeras y las zapatillas no eran caros, pero como no tenía el deseo ni la necesidad de comprar, siguió de largo en dirección a la Plaza de Cibeles, donde el caudal de peatones y vehículos lo abrumó, al punto que sólo permaneció allí unos minutos, abriéndome paso entre los residentes locales que atendían sus actividades laborales y los curiosos turistas atraídos por la monumental fuente de la Diosa Cibeles sobre su carro tirado por leones y la enorme bandera blanca y negra con la leyenda “REFUGEES WELCOME” que colgaba del techo del Ayuntamiento.

A esa altura del recorrido, el hambre pasó a un segundo plano; así que Renato caminó unas cuadras más hacia el Este por la avenida doble mano hasta la Puerta de Alcalá, ubicada justo frente a una de las entradas al Parque del Retiro.

El trayecto hasta dicho monumento compuesto por cinco puertas reales en el centro de la rotonda de la Plaza Independencia resultó agotador debido al calor, por lo que al arribar hasta la Puerta de Alcalá ni siquiera atinó a cruzar la avenida hasta la rotonda, sino que se sentó en un banco situado frente a la misma y bajo un frondoso árbol, desde donde intentó tomar una fotografía del monumento, tarea que se le complicó debido a que el tránsito vehicular era incesante y a la distancia a la que se encontraba esa situación le estropeaba cualquier toma.

El caos de vehículos y peatones, sumado a una temperatura cada vez más alta, llevó a Renato a emprender el regreso al Barrio de Las Letras, pero la inexperiencia lo hizo confundir el rumbo y terminó pasando otra vez por la Puerta del Sol y la Plaza Mayor, cuando tendría que haber caminado hacia el sur.

Pero de lo malo siempre se puede rescatar algo bueno y en este caso, gracias a perderse por las callejuelas de adoquines que parecían un oscuro laberinto, el joven llegó hasta un sector de patios en los que proliferaban los locales gastronómicos no tan concurridos como los que había visto hasta ese momento y que, incluso, tenían mesas y sillas en la vía pública.

Finalmente, Renato eligió una especie de bodegón en el que aceptaban pago con tarjeta de crédito y servían platos sencillos y, sobre todo, conocidos. Se sentó en una mesa para dos ubicada cerca de la puerta de entrada al restaurante y orientada hacia la calle, por la que la gente seguía pasando; y al cabo de unos minutos lo atendió una señora mayor -probablemente la encargada del local-, que le recomendó jamón ibérico de entrada, una tortilla de papas como plato principal y un vino tinto de la casa para beber.

Aquel menú le resultó abundante y sabroso, incluso el vino, que fue servido a la temperatura ideal, sin necesidad de sumarle hielo.

En tanto, los demás comensales presentes optaron por degustar otras especialidades de la casa, como una cazuela de mariscos para compartir o una generosa porción de carne roja acompañada de una ensalada rusa recién preparada.

Renato sintió que estaba comiendo en el patio de su hogar, aunque en ese momento se encontraba a miles de kilómetros de distancia del mismo, separados por un océano. Y como la atención le pareció excelente dejó una generosa propina.

Y cuando se retiraba, más comensales en grupos nutridos se acercaban a almorzar, no sólo al mismo restaurante, sino también a otros locales ubicados en la misma callejuela y sus transversales donde los empleados colocaban más mesas y sillas en el exterior para poder ubicarlos.

Todo transcurrió en perfecto orden y lo único que lo incomodó fue que las calles no mostraban la numeración, por lo que confundía el sentido en el que tenía que desplazarse y de esta manera su retorno al hostal se extendió más de la cuenta y lo obligó a consultar su mapa en reiteradas ocasiones.

Cansado y molesto, Renato llegó a su alojamiento -completamente deshabitado en los ambientes comunes- y se retiró inmediatamente a su habitación, donde se arrojó sobre la cama, con el aire acondicionado encendido, lo que me permitió conciliar el sueño con rapidez en busca de una siesta.

Al despertar, Renato tuvo la sensación de que había dormido durante un tiempo prolongado, pero al percibir que la claridad atravesaba las cortinas del ventanal prácticamente con el mismo brillo que él había notado cuando se acostó entendió que sólo había pasado un par de horas. Tomó el celular de la mesita de luz y chequeó el reloj: a la jornada todavía le quedaba un largo trecho con luz natural y había que aprovecharlo al máximo.

Tras un breve paso por el baño para higienizarse, el joven estuvo nuevamente en la calle, esta vez con un pantalón tipo bermudas en vez de uno largo de jean, y eligió un recorrido sencillo, alejado de las grandes multitudes y el tránsito, por lo que se dirigió hasta el Parque del Retiro, en la zona este de la ciudad.

Parque del Retiro.

Allí predominaba el aire puro que producía su diversa y colorida flora distribuidas entre caminos zigzagueantes de conchilla y tierra. Hasta los pequeños pétalos parecían estar cortados a la perfección. Así que Renato tomó varias fotos de las especies que más le gustaron y que sobresalían de sus canteros de piedra rodeados por un césped al ras.

Ya promediaba la tarde y el joven advirtió que los senderos del parque comenzaban a llenarse de personas abocadas al running como un ejercicio físico habitual después del trabajo. Algunos corrían solos, escuchando música con sus auriculares; y otros lo hacían en pareja para charlar sobre sus asuntos cotidianos.

Después de recorrer varios caminos que lo llevaron hasta un enorme estanque con una alta fuente en el centro llegó hasta el extremo norte del parque, junto a la calle Alcalá, donde compró una gaseosa fría en lata en un puesto ambulante y se sentó en un banco a observar como un matrimonio jugaba con su hijo en las hamacas.

Al terminar de beber la gaseosa reanudó su caminata hacia el sur, bordeando la calle Alfonso XII hasta que se topó, casi sin proponérselo, con el Museo del Prado, situado en un paseo con bulevar y bajo una frondosa arboleda. Y al dar un par de vueltas por los alrededores descubrió coqueto barrio de pocas cuadras, donde funcionaban distintas galerías de arte y locales comerciales que en ese horario recién abrían sus puertas al público, el cual aún era poco.

Donde sí alcanzó a ver un nutrido grupo de gente fue en el patio de ingreso al museo en el que junto a una escalinata se levantaba la estatua del pintor y grabador español Francisco José de Goya. Allí, el terraplén de pasto, decorado con arbustos y árboles bajos, funcionaba como una especie de grada para los más jóvenes que tomaban el último sol de la tarde.

Renato caminó por ese patio, en el que se levantaba una carpa por donde se hacia la fila para ingresar al museo, y luego de rodearlo pasó por delante de un café que daba a un florido jardín interno ubicado en la parte posterior del edificio en la que había otra entrada que, al igual que la primera, no mostraba mucho movimiento de personas.

Continuó unos metros más hasta una calle cortada que enmarcaba otro patio que le llamó la atención porque se asemejaba a un laberinto de ligustrinas donde volvió a tomar algunas fotografías.

Y cuando dio por agotado su tiempo en ese lugar volvió sobre sus pasos hasta el patio de la estatua donde se acercó a la carpa en la que había un cartel que anunciaba que a partir de las 17 la entrada era libre y gratuita. Así que decidió ingresar por la denominada Puerta de Goya a pesar de que se encontraba vestido demasiado informal para una cita con uno de los museos más importantes del mundo.

Una vez en el interior recogió en la recepción un folleto con la guía del museo y apenas inició la visita el aire acondicionado del interior le erizó la piel, lo que me reconfortó. Además, aquella baja temperatura potenciaba el aroma que emanaban los frescos colgados de las paredes.

En un breve recorrido Renato centró su atención en las obras de Goya y de otros pintores españoles, como Diego Velázquez, quien tenía su propia entrada y salón.

Si bien la gran atracción del museo era el primero de los mencionados por sus notables obras del Romanticismo y su visión de la Guerra de la Independencia de España y del estilo de vida madrileño de finales del Siglo XVIII, le terminó gustando más Velázquez y sus pinturas barrocas que se lucían en el salón central del primer piso, entre las que se destacaba, sin dudas, “Las meninas”, que además de su calidad artística atraía al público por su enorme tamaño.

También le resultó imposible pasar por alto los retratos de la familia real que no tenían nada que envidiarle a la fidelidad de imagen de una fotografía moderna.

El joven salió del museo asombrado y al cruzar el bulevar arbolado se detuvo junto a la fuente de Neptuno en la rotonda que unía el Paseo del Prado y la Plaza de las Cortes, donde funcionaba una estación de taxis.

Y mientras caminaba de regreso por Plaza de las Cortes y después la calle del Prado en dirección a su alojamiento se convenció de que podía ser un buen plan caminar desde el hostal hasta la parada de taxis a la mañana siguiente para dirigirse a Barajas a tomar el avión hacia su siguiente destino. Claro que tenía dos opciones: realizar el trayecto completo hasta dicha terminal en el vehículo de alquiler o tomarlo hasta la cercana estación Nuevos Ministerios donde abordaría el tren de Cercanías (C) 1 hasta la Terminal (T) 4 del aeropuerto y así ahorrarse una buena suma de dinero, algo que su limitado presupuesto tercemundista se lo habría agradecido.

Sumido en esa idea, Renato pasó por la Plaza Santa Ana antes de llegar al hostal y a la luz del atardecer le pareció un lugar propicio para ir a cenar. Así que apenas entró a su habitación se dio una ducha y se tiré en la cama a descansar, esperando que se hiciera de noche y el hambre lo invitara a salir a comer algo.

Plaza Santa Ana.

Recostado, encendió el televisor y repasó los canales españoles que emitían los noticieros centrales de la noche y durante el zapping se quedó dormido, pero sólo por unos minutos, tras lo cual, se vistió con el mismo pantalón de jean y zapatillas de la mañana y una nueva remera de mangas cortas, ya que a pesar de que había caído la noche la temperatura no había descendido demasiado.

De hecho, este clima le hizo recordar los mejores momentos de la primavera en su querida y distante Buenos Aires, y ya de nuevo en la plaza, rodeado de decenas de turistas, lo invadió una curiosa sensación de familiaridad, a pesar de que se encontraba en un lugar donde no conocía nada y a nadie.


Fin

AA
2017

POR SIEMPRE

 


“Él está acá”, me dijo mi madre, mientras ambos nos hallábamos en uno de los pasillos de un convulsionado hospital, aunque yo no le creí en ese momento. Es imposible, pensé. Entonces, al ver mi gesto de incredulidad, ella señaló:

–Estaba con ella. Le vi la espalda.

–¿A quién?

–A ella –mi mamá torció la boca, disgustada.

Ante esa situación comencé a subir las escaleras frenéticamente y a revisar piso por piso, habitación por habitación, y en ese camino me fui encontrando con personas conocidas que se mostraban angustiadas y, sobre todo, enojadas. Muchas de ellas peleaban entre sí, ya que pude oír sus gritos detrás de las puertas cerradas. Quedaba claro que algo sumamente extraño estaba ocurriendo con todos los que nos encontrábamos en aquel hospital.

Llegué al extremo norte del pasillo del tercer piso -los números de las habitaciones iniciaban con el número 3- y en la pieza más alejada noté la puerta entreabierta y que sólo silencio provenía de su interior.

Me asomé y allí estaba él. ¡Increíble! Acostado en la cama, cubierto con una sábana blanca hasta las tetillas y con la manguera del respirador artificial en las fosas nasales.

Apenas me vio reaccionó. Estaba perfectamente consciente. ¡¿Cómo puede ser?!, me pregunté, al tiempo que mi corazón latía con tanta fuerza que temí que saliera despedido de mi pecho...

Asustado, permanecí inmóvil en el umbral. La última vez que lo había visto internado, ella casi me impidió verlo y él, para no suscitar ningún tipo de problema, me pidió que me fuera y me dijo que no me preocupara, que estaba “todo bien”. Pero ambos sabíamos qué hacía años estaba todo mal.

Sin embargo, en esta ocasión, ella no se encontraba pegado a él, acechándolo como una sombra maligna.

Y junto a él había un anciano, también acostado en una cama.

Él me sonrió, ante lo cual, me acerqué lentamente. Esta es mi oportunidad, tal vez la última, la única, evalué.  Y cuando estuve parado al lado de la cama, me incliné y lo besé en la frente.

La anterior vez que yo había tocado su piel fue en un día desgarrador, lluvioso y solitario, cuando los poros estaban cerrados, fríos e inertes. En cambio, ahora lo sentí tibio, como un abrigo en medio una noche del invierno más largo de la historia.

“Hola hijo”, me saludó, risueño, pero yo no respondí ya que, evidentemente, seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo.

Miré hacia el anciano acostado a su lado y no lo reconocí. Quizás sea alguien del trabajo, supuse.

“Ella cree que fue todo culpa de él”, me explicó mi papá y se contuvo de largar una carcajada para racionar sus escasas fuerzas.

–¿Cómo puede ser que estés acá, así? –pregunté asombrado.

–No sé. Me desperté después de cuatro meses de cirugías en los que me hicieron más de cien intervenciones.

–Pero, ¿vas a estar bien después de tanto tiempo internado?

–Viene un masajista todos los días para rehabilitar mis músculos.

En ése instante invadieron mi cuerpo dolorido y mi alma en pena una infinidad de sensaciones difíciles de describir. Había que estar allí para entenderlo.

Me senté en los pies de la cama, abracé sus piernas y no quería soltarlo. Ya lo había dejado ir aquella vez. De nuevo, no.

“Cuando me fui, me dije: ‘Justo a él no quiero dejar de ver´”, señaló mirándome a los ojos y haciéndome sentir especial. Tal vez, por ello haya vuelto: para vernos una vez más.

Desde su partida hubo otra especie de encuentros borrosos entre ambos, pero no así de emotivo al punto que desperté llorando y, por primera vez en cuatro meses, mis lágrimas no fueron de dolor o resentimiento, sino de amor, de extrañarlo como nunca antes.

Y esa madrugada no pude volver a dormir pensando en cuándo nos volveríamos a encontrar de esta manera.

Al final era cierto: él está "acá", acá en nuestros corazones. Para bien o para mal. Por siempre.

Fin.

AA
2025