LOS "MALDITOS" AL ATAQUE III


III

Carlos
residía en la localidad de Martín Coronado, partido de Tres de Febrero, y trabajaba con Edgardo en la misma editorial, ubicada en el barrio porteño de Palermo. Cuando el 10 de enero de 1994 llegó por la mañana a la oficina, su compañero ya se encontraba allí, por lo que se dispusieron a organizar la jornada laboral y decidieron ir a ver a unos clientes en Berazategui, a los que les vendían libros.

Salieron de la editorial cerca de las 14, Carlos al volante y Eduardo en el asiento del acompañante, mientras que en el baúl del Dodge 1500 amarillo cargaron varios libros y unas carpetas, lo habitual. El conductor tomó por avenida 9 de Julio hacia Avellaneda por avenida Mitre, al tiempo que su acompañante hablaba sobre los preparativos del bautismo de su pequeño hijo de ocho meses.

Al rato, pasaron por el Parque Domínico y a las dos o tres cuadras se toparon con el tránsito completamente parado y alguien les hizo señas de que se había producido un robo. Entonces, Carlos dejó la avenida Comandante Franco y dobló a la derecha, y casi de inmediato, escuchó los primeros disparos, al menos cinco. Así que hizo dos cuadras más y giró a la izquierda. Siguieron los tiros. El conductor miró hacia atrás y advirtió que los perseguían en un Renault 18 y un Peugeot 504 clarito. Se volvió hacia su acompañante: “Gordo, nos están tirando a nosotros.” Y a la media cuadra el auto se detuvo contra el cordón izquierdo porque quedó en llanta.

Los dos hombres descendieron del vehículo, cada uno por su lado, tras lo cual, Carlos caminó hacia la parte posterior del Dodge y en esas circunstancias perdió de vista a Eduardo que quedó detrás suyo. En ese momento, un abanico de seis o siete personas armadas le apuntó a Carlos y le ordenó que se tirara al suelo con la cabeza abajo, y él obedeció. Y una vez que se halló en el piso, sintió una pisada en la espalda y un arma apoyada en la cabeza. 

“¡¿Dónde está el de colita?!”, gritó una de las personas armadas, que era policía de la Brigada de Lanús, con asiento en Avellaneda, pero ninguna de los dos hombres del Dodge tenía pelo largo. “¡Traigan tres juegos de esposas más!”, vociferó otro de los efectivos. Y en una cuestión de segundos, Carlos oyó una seguidilla de disparos, como si vaciaran el cargador completo de una pistola, aunque él solo alcanzó a ver un arma con la corredera hacia atrás y a la altura de la rodilla del policía que estaba parado a su lado y a alguien que exclamó “¡pará loco, que ya terminó todo!”, seguido por un llanto de Eduardo, quien se lamentaba: “¡Me arde mucho!, ¡me arde mucho!”

“¡Llamen a una ambulancia!”, pidió uno de los policías, mientras que a Carlos lo levantaron del suelo y así él pudo ver la espalda de su acompañante, como en posición fetal. “Quedate tranquilo, gordito, que ya viene el médico”, le indicó otro de los efectivos. Y cuando llegaron los médicos, a los quince o veinte minutos, a Carlos, que sabía de armas porque había sido miembro de la Policía Federal entre 1980 y 1985, lo cargaron en un Peugeot 504, con la cabeza entre las piernas. “¿A dónde me llevan?”, preguntó la víctima, presa del miedo, pero no le respondieron y lo trasladaron a la Brigada.

A bordo del Peugeot había tres policías y cuando lo ingresaron a la dependencia lo dejaron en el patio, esposado con las manos hacia adelante y contra una pared, al tiempo que le preguntaban sus datos personales y de su familia.

Minutos después, los efectivos llevaron a otros tres detenidos esposados y los colocaron en esquinas separadas del mismo patio. Ninguno de estos tenía colita y, por los datos que brindaron, se domiciliaban por la zona en la que residía el conductor del Dodge y su compañero.

“Tengo que ir al baño. ¿Qué pasó?”, dijo Carlos a los policías, pero estos no le dieron ninguna explicación y poco después lo trasladaron a una oficina en el primer piso donde se entrevistó con la jueza Gómez, cuyo rostro se veía desencajado. 

–Indudablemente, se trató de un error –la magistrada la extendió la mano–. Ya puede hacer una llamada.

–¿Y mi compañero?

–El secretario del juzgado acaba de regresar del hospital y me confirmó su fallecimiento.

Ya era de noche y alrededor de las 21.30 le comunicaron que estaba libre, por lo que se retiró de la Brigada, y al hacerlo vio que los policías habían secuestrado un Dodge 1500 igual a suyo, excepto que no tenía los barrales en el techo y se le veía una línea negra en el paragolpes. También observó su propio auto, el cual estaba agujereado por todos lados y con los vidrios rotos.

Lo que no podía comprender Carlos era cómo se confundieron de personas los policías si su Dodge no tenía vidrios polarizados que obstaculizaran la visión. ¿Y cómo iba a saber él que quienes los perseguían eran policías si se movilizaban en autos no identificables, sin sirenas y altoparlantes, y sin uniformes? Además, nunca les dieron la orden de detenerse y no se resistieron. Es más, después del tiroteo, percibió que los policías no estaban preocupados por lo ocurrido, sino que se los veía tranquilos, como si nada.


CONTINUARÁ...


LOS "MALDITOS" AL ATAQUE II

 


II

Paola desayunaba en su domicilio, mientras repasaba la tapa del diario del 10 de enero de 1994, en la que se los principales titulares se referían a un potencial paro de la CGT, el arranque de la pretemporada de los equipos profesionales de fútbol, la visita a la Argentina de la estrella del básquet “Magic” Johnson y la gestión del entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, entre otros temas.

La mujer residía en la localidad de Santos Lugares, partido de Tres de Febrero, lindero con San Martín, en el noroeste del conurbano; junto a Néstor, con quien se había casado en 1987 y tenía dos hijos de dos y seis años.

Por su parte, él se desempeñaba como remisero para una agencia que había abierto recientemente en la calle Rodríguez Peña de esa localidad y conducía un Peugeot 505 gris oscuro. Aquella mañana de lunes, Néstor se despidió de su esposa y pasadas las 7 se fue trabajar con la intención de regresar alrededor de las 19, tal como lo hacía habitualmente, pero no lo hizo.

En ese momento no había muchas formas de comunicación, así que Paola esperó y esperó. No sabía a quién recurrir ni a dónde llamar porque la agencia ya estaba cerrada y pasó la noche despierta. A la mañana siguiente salió desesperada y Raúl, un vecino, le preguntó qué pasaba y le dijo que Néstor no había regresada a casa. “Qué raro”, le respondió este vecino. Entonces, ella se dirigió hasta la casa de él y vieron sobre la mesa la portada de diario en la que se veía una foto de un auto con la patente del Peugeot 505 de Néstor y hablaba de un “enfrentamiento” con la Policía. Esa imagen había sido tomada la tarde anterior en Wilde y hasta entonces nadie se había comunicado con ella para contarle lo sucedido con su esposo.

Al reconocer en el diario la patente que se correspondía al auto de su marido, Paola dejó a sus hijos en lo de sus padres y junto a Raúl salieron a buscar a Néstor, pero no sabían exactamente a qué lugar de Wilde dirigirse. Recorrieron la zona en auto hasta que pasaron por el frente de una comisaría donde hallaron el Peugeot 505 gris oscuro junto al cordón de la vereda.

Al igual que Roxana, la viuda de Eduardo, Paola tampoco lo podía creer: el auto de su marido estaba totalmente agujereado y con manchas de sangre en el asiento del conductor. Así que ingresó a la dependencia, en la que la recibió un comisario que la miró a los ojos y le dijo “lo siento”. Ya era mediodía, cuando la hicieron pasar a otro despacho donde se encontraba la jueza de la causa, de apellido Gómez, que le ofreció un vaso de agua y la contuvo. “Yo estoy a cargo del caso. Quédese tranquila, que todo va a estar bien”, le dijo la magistrada.

La esposa de Néstor supo en ese momento que su marido estaba muerto y que su cuerpo menudo se hallaba en la morgue. Ya había visto el estado del auto y recibido las disculpas del comisario, por lo que no preguntó más nada sobre lo ocurrido. De hecho, un amigo de su esposo, con el que jugaban a la pelota juntos en el club Defensores de Santos Lugares, cerca de su casa, fue quién se encargó de reconocer el cadáver. Y cuando Paola regresó a lo de sus padres y sus suegros, ellos ya se habían enterado de lo ocurrido a través de los medios de comunicación. Desde entonces, el padre de Néstor se abocó a batallar para saber la verdad sobre el caso, mientras que ella se fijó como misión dedicarse enteramente a la crianza de sus pequeños hijos.

Así fue que la mujer se fue enterando de lo ocurrido mediante los datos que iba averiguando su suegro, quien los domingos iba al cementerio y después pasaba por su casa. Él también se ocupaba de ir a ver el expediente y molestó tanto a las autoridades policiales y judiciales que estuvo detenido.

En tanto, ella no quería saber nada, se sentía muy afectada emocionalmente y se dedicaba únicamente de sus hijos, que, en un principio, no podían entender por qué su padre se fue y nunca más volvió. Recién con el paso del tiempo, ellos crecieron y entendieron, mientras que ella pudo averiguar algunas cosas, sobre todo, luego de conocer a Roxana y participar de la reconstrucción de los hechos, en la que se especuló con que Néstor trasladaba a dos pasajeros, Horacio y Gabriel, quiénes mantenían deudas con gente peligrosa que se las querían cobrar a cómo de lugar, por lo que en ese auto no debía quedar nadie vivo.


CONTINUARÁ...

LOS "MALDITOS" AL ATAQUE I

 

El 10 de enero de 1994, Roxana se encontraba junto a su esposo, Eduardo, en su casa del partido de San Martín, en el noroeste del Gran Buenos Aires, donde el matrimonio residía junto a su bebé de ocho meses, al que pronto iban a bautizar, y su pequeña hija. Desde hacía unos tres años que el hombre vendía libros para una editorial, aunque antes se había dedicado a otros tipos de productos, como ollas y telas. También había trabajado como carpintero. Y si bien tenía una “citroneta” para llevar los libros, desde que lo detuvieron por no contar con un registro para conducir con carga salía a trabajar a pie y en la empresa le asignaban luego un chofer para que lo llevara de un lado a otro. Así que se despidió de su esposa y salió hacia la parada de colectivos. Y como se encontraban en pleno receso escolar por las vacaciones de verano, esa mañana no tuvo que llevar primero a su hija a la escuela, en el barrio San Andrés.

Eduardo un hombre robusto y de bigote morocho como su cabellera, vendía los libros en los lugares de trabajo y, una vez comprometida la compra, se firmaba un contrato con el sindicato y se hacía al comprador los descuentos y cuotas correspondientes. Aquel día, el vendedor salió de la editorial cerca del mediodía a bordo un Dodge 2500 color amarrillo junto a su compañero Carlos, su chofer de turno, en dirección al partido de Berazategui, en la zona sur del conurbano, y durante el recorrido tomaron por avenida Mitre y después por Comandante Franco, hacia la localidad de Wilde, en Avellaneda; una vía carretera histórica, cuyos orígenes se remontaban al siglo XVII, cuando, en la época en la que el distrito se denominaba “Punta de Gaitán”, se la conoció como el “Camino Real del Sud” y luego, a fines del XVII, pasó a llamarse “Camino de Chascomús al sudoeste”.

A las pocas cuadras de transitar por Franco, Carlos se topó con un embotellamiento a la altura de la calle Bismark y una persona que se hallaba por allí les dijo que acababa de ocurrir un tiroteo, por lo que dobló hacia su derecha para alejarse del lugar, por donde se escuchaban tiros desde muy cerca. Ante esta situación, el conductor procuró desviarse y dobló a la izquierda, al tiempo que comenzaron a perseguirlos unos vehículos con las balizas encendidas. Intentó escapar, pero al llegar al cruce de Mariano Moreno y Bismark, una esquina de viviendas particulares, a unos cien metros de Mitre y unos trescientos de Franco, no pudo continuar porque las ruedas quedaron en llantas.

“Gordo, bajemos porque me parece que es la Policía”, le dijo Carlos a Eduardo, tras lo cual, ambos descendieron del vehículo. Inmediatamente, un grupo de policías armados les ordenó que se tiraran al suelo y les apuntaban. “¡¿Dónde están los fierros?!, ¡¿dónde están los fierros?!”, exclamó uno de los efectivos. “¿Qué fierro? El único fierro que tengo es la lapicera”, respondió el vendedor de libros y, acto seguido, se produjo una nueva serie de disparos. “¡Pará, loco!”, grita otro de los policías, mientras que Carlos no alcanzaba a ver a Eduardo porque lo tapaban las ruedas del auto. Solo lo oyó quejarse de dolor. 

Alrededor de las seis o siete de la tarde, la hermana de Roxana se presentó en la casa de esta, que no tenía teléfono, y le dijo que Eduardo había tenido un accidente en la zona de Wilde y lo habían llevado al hospital local. Ante esta situación, la esposa del vendedor de libros tomó una muda de ropa para él y salió junto a su hermana hacia la vivienda de los padres de ambas para dejarles a sus hijos y continuar hacia dicha localidad de Avellaneda.

Arribaron al Hospital de Wilde cuando ya estaba cerrada la entrada principal. Así que se dirigieron a la guardia. Pero la puerta también estaba cerrada. Roxana golpeó y por la mirilla la atendió un policía, al que le preguntó por Eduardo. “No hay nadie acá con ese nombre. Vaya a la Brigada de Lanús”, le respondió el efectivo. Entonces, la mujer y su hermana se trasladaron hacia la mencionada sede policial, ubicada en calle 12 de Octubre al 200 de Avellaneda y que durante la última dictadura militar había funcionado como el centro clandestino de detención, tortura y exterminio apodado “El Infierno”.

En el trayecto las mujeres se encontraron con un par de compañeros de trabajo de Eduardo que las acompañaron y cuando estaban por ingresar a la Brigada, Roxana vio salir a su suegro, quien la abrazó. “No entres porque a Eduardo lo mataron”, le dijo. “¡¿Cómo que lo mataron?!, reaccionó ella sin comprender lo ocurrido. El padre de Eduardo la abrazó más fuerte y la llevó hasta su auto. 

“No puedo entenderlo. Él solo vendía libros. Cuando me dijeron lo del accidente pensé que había chocado y tenido un latigazo por el choque, y que como había tenido una hernia de disco estaba dolido y por eso lo internaron”, recordaría Roxana tiempo después.

Respecto al día del hecho, ya había anochecido y la mujer todavía no sabía dónde estaba el cuerpo de su esposo, el cual yacía en el playón del hospital. Y cuando finalmente le entregaron el cadáver, ella le pidió a su suegro, quien se encargó de todos los trámites de rigor junto a otro hijo, que el velorio se llevara a cabo en una planta baja, para que pudiera asistir la abuela de Eduardo porque en la víspera la anciana lo había soñado a su nieto con una camisa blanca llena de sangre.

Para entonces, lo único que le dijo la Policía sobre lo sucedido fue que se había tratado de un “lamentable error”, sin brindar detalles sobre el operativo en el que doce efectivos de civil y a bordo de cinco autos no identificables habían salido de la Brigada de Lanús ante una supuesta alerta por un presunto intento de robo en un banco de la zona. Sin embargo, en los alrededores de las calles Moreno y Bismark no había ninguna entidad bancaria. Y cuando los vecinos y periodistas arribaron a ese cruce de calles, una vez consumado el crimen, solo se encontraron con una gran cantidad de agentes armados y el Dodge 1500 amarillo como un colador, repleto de agujeros en los vidrios, la carrocería y los asientos. 

A su vez, la primera versión la fuerza filtró en off the record al principal matutino argentino se tradujo al día siguiente con el siguiente titular: “Matan a tres ladrones y a un inocente en Wilde”. Y en la bajada mencionó que los efectivos mataron por “error” al conductor del auto en el que iban dos de los sospechosos y que apresaron al resto de los delincuentes que perseguían.

Por su parte, uno de los efectivos involucrados, de apellido Romero, se fugó la misma noche del 10 de enero desde la Brigada, por lo que la justicia ordenó su captura nacional e internacional, y, posteriormente, el Poder Ejecutivo ofreció una recompensa para poder localizarlo.

Continuará....

UN DIA EN LA VILLA Y CORTE

La Catedral de Almúdena.

Era la primera vez que Renato estaba en Europa, por lo que al pisar Madrid en los primeros días de mayo se sintió desbordado por la excitación, la cual se sumaba a un itinerario apretado, dado que tenía previsto pasar una sola noche en la capital española. Por ello, el joven diagramó un recorrido corto, pero sumamente intenso. Así que tomó el folleto que contenía un completo mapa del centro de la ciudad que le había entregado el encargado del hostal en el que se alojaba y al terminar de desayunar salió a conocer a pie aquel mundo tan nuevo para él.

El hostal funcionaba en un viejo edificio de departamentos y ocupaba una unidad cuyos distintos ambientes se habían convertido en una serie de habitaciones de pocos metros cuadrados, ideales para turistas que viajaban solos, como Renato.

Apurado, bajó por unas escaleras de crujientes peldaños de madera hasta el hall que desembocaba en la calle De las Huertas, en pleno Barrio de Las Letras, y caminó una cuadra hasta la Plaza Santa Ana, que estaba rodeada de bares con nutrida clientela, restaurantes que recién abrían sus puertas -pero para limpiar sus salones- y un teatro en una de las esquinas que, por el aspecto de su fachada, se hallaba en plena refacción.

Cruzó aquella plaza casi desierta sin demorarse y continuó por una callejuela angosta unos 200 metros hasta la Plaza de la Puerta del Sol, donde sí había una gran cantidad de peatones, en su gran mayoría visitantes extranjeros como él, que arriban hasta allí en el Metro y tomaban fotografías de la estatua del Oso y la Casa de Correos con su gran reloj en la torre del centro.

Era una mañana diáfana, con una temperatura agradable, por lo que Renato guardó su abrigo en la mochila que colgaba de su hombro y se quedó en remera, mirando como muchos visitantes se agrupaban alrededor de alguno de los tantos guías turísticos que se ofrecían a acompañarlos en la recorrida por unos pocos Euros. Y si bien él podría haberse sumado, dado que se trataba de grupos abiertos, prefirió seguir su camino solo, en base a las indicaciones de su mapa...

Transitó por la calle Mayor hacia el oeste y en uno de los tantos comercios que funcionaban en ella compró una billetera de cuero para poder guardar los billetes de Euros, los cuales eran demasiado anchos para su billetera original.

A las pocas cuadras arribó a la Plaza Mayor, que le resultó imponente por las históricas construcciones que la circundaban, como si fuese un fuerte, entre ellas, la vieja Casa de la Panadería, devenida al actual Centro de Turismo.

Aquí también funcionaban locales gastronómicos que distribuían sus mesas y sillas por el perímetro de la plaza; sin embargo, su estadía allí se vio afectada por el ruidoso trabajo de un batallón de obreros que montaba un enorme escenario junto a la estatua del “piadoso” Felipe III, rey de España y de Portugal entre fines del Siglo XVI y principios del XVII.

Entonces, Renato continuó por la calle Mayor hasta la entrada al Mercado de San Miguel, forjada en hierro negro y frente a la que se detuvo a apreciar su patio interno decorado con flores multicolores y una fuente de agua.

Tras tomar varias fotografías con su celular, el joven retomó su caminata y al cruzarse con la calle Bailén subió a una loma boscosa desde la que logró obtener una gran vista del exterior de la Catedral de Almudena, el patio de la Real Armería y el Palacio, en los que se formaban largas filas de turistas de distintas nacionalidades que esperaban para entrar.

Patio de Armas.

Pero a Renato lo que más lo atrajo fue el verde paisaje ubicado detrás de esas inmaculadas edificaciones y conformado por el Campo de Moro, el río y, más en el fondo, el cerro Manzanares. Y para mejorar aún más la vista panorámica de dicho escenario natural entró a la catedral -para lo que no tuvo que hacer cola y abonó un ticket barato- y subió a sus balcones que daban al patio de la Armería y al cerro, a cuyos pies se desplegaba el hermoso predio de la Casa de Campo, con su tupida vegetación y lagos.

Al ascender por escalera unos 70 metros hasta la terraza norte de la catedral, construida a finales del Siglo XIX, no pudo evitar detenerse a contemplar, aunque sea por unos segundos, los salones delimitados por blancas columnas neo románicas y repletos de artefactos dorados que secundaban las figuras esculpidas de la Virgen María bajo la advocación de la Almudena.

Una vez en el balcón junto a la opaca y sobrecargada cúpula, que mezclaba los estilos Gótico y Barroco, Renato se tomó un respiro para observar con detenimiento el paisaje y tomar más fotografías, incluso del centro de la ciudad, que se podía ver con claridad y amplitud desde la terraza sur, decorada con antiquísimas estatuas de bronce ennegrecido por el paso del tiempo y que apuntaban hacia el Parque de Atenas y la calle Segovia.

Aliviado por la fresca sombra que le proporcionaba la cúpula y una suave brisa, el joven abandonó la catedral en dirección a la extensa hilera de stands callejeros montados en los alrededores, donde adquirió una gorra para protegerse de los fuertes rayos de sol del mediodía.

Renato siguió su recorrido en sentido norte, pasando por el frente del Palacio Real a su izquierda y del Teatro Real a la derecha, todo decorado con preciosos jardines. Sorprendido por la gran cantidad de espacios verdes que había en ese sector de la ciudad, Renato realmente disfrutó de su caminata, la que sólo interrumpió para comprar una botella de agua en un quiosco.

La bebida le abrió el apetito, por lo que se dirigió hacia la Gran Vía para buscar un local gastronómico para almorzar. Sin embargo, apenas inició su camino por aquella ancha y transitada avenida cayó en la cuenta que la inmensa mayoría de los comercios que funcionaban allí no comercializaban comida, sino de ropa, calzado y artículos electrónicos, fundamentalmente.

En ese lugar también fue testigo presencial de una contradicción llamativa para el Primer Mundo: por un lado, los altos, modernos y luminosos carteles electrónicos de las principales marcas que ocupaban el espacio aéreo como una bandada invasora; y por el otro, los homeless, con ropas y aspectos de extranjeros, tirados en la vereda y pidiendo limosnas.

Y después de ver varias vidrieras concluyó que los precios de las remeras y las zapatillas no eran caros, pero como no tenía el deseo ni la necesidad de comprar, siguió de largo en dirección a la Plaza de Cibeles, donde el caudal de peatones y vehículos lo abrumó, al punto que sólo permaneció allí unos minutos, abriéndome paso entre los residentes locales que atendían sus actividades laborales y los curiosos turistas atraídos por la monumental fuente de la Diosa Cibeles sobre su carro tirado por leones y la enorme bandera blanca y negra con la leyenda “REFUGEES WELCOME” que colgaba del techo del Ayuntamiento.

A esa altura del recorrido, el hambre pasó a un segundo plano; así que Renato caminó unas cuadras más hacia el Este por la avenida doble mano hasta la Puerta de Alcalá, ubicada justo frente a una de las entradas al Parque del Retiro.

El trayecto hasta dicho monumento compuesto por cinco puertas reales en el centro de la rotonda de la Plaza Independencia resultó agotador debido al calor, por lo que al arribar hasta la Puerta de Alcalá ni siquiera atinó a cruzar la avenida hasta la rotonda, sino que se sentó en un banco situado frente a la misma y bajo un frondoso árbol, desde donde intentó tomar una fotografía del monumento, tarea que se le complicó debido a que el tránsito vehicular era incesante y a la distancia a la que se encontraba esa situación le estropeaba cualquier toma.

El caos de vehículos y peatones, sumado a una temperatura cada vez más alta, llevó a Renato a emprender el regreso al Barrio de Las Letras, pero la inexperiencia lo hizo confundir el rumbo y terminó pasando otra vez por la Puerta del Sol y la Plaza Mayor, cuando tendría que haber caminado hacia el sur.

Pero de lo malo siempre se puede rescatar algo bueno y en este caso, gracias a perderse por las callejuelas de adoquines que parecían un oscuro laberinto, el joven llegó hasta un sector de patios en los que proliferaban los locales gastronómicos no tan concurridos como los que había visto hasta ese momento y que, incluso, tenían mesas y sillas en la vía pública.

Finalmente, Renato eligió una especie de bodegón en el que aceptaban pago con tarjeta de crédito y servían platos sencillos y, sobre todo, conocidos. Se sentó en una mesa para dos ubicada cerca de la puerta de entrada al restaurante y orientada hacia la calle, por la que la gente seguía pasando; y al cabo de unos minutos lo atendió una señora mayor -probablemente la encargada del local-, que le recomendó jamón ibérico de entrada, una tortilla de papas como plato principal y un vino tinto de la casa para beber.

Aquel menú le resultó abundante y sabroso, incluso el vino, que fue servido a la temperatura ideal, sin necesidad de sumarle hielo.

En tanto, los demás comensales presentes optaron por degustar otras especialidades de la casa, como una cazuela de mariscos para compartir o una generosa porción de carne roja acompañada de una ensalada rusa recién preparada.

Renato sintió que estaba comiendo en el patio de su hogar, aunque en ese momento se encontraba a miles de kilómetros de distancia del mismo, separados por un océano. Y como la atención le pareció excelente dejó una generosa propina.

Y cuando se retiraba, más comensales en grupos nutridos se acercaban a almorzar, no sólo al mismo restaurante, sino también a otros locales ubicados en la misma callejuela y sus transversales donde los empleados colocaban más mesas y sillas en el exterior para poder ubicarlos.

Todo transcurrió en perfecto orden y lo único que lo incomodó fue que las calles no mostraban la numeración, por lo que confundía el sentido en el que tenía que desplazarse y de esta manera su retorno al hostal se extendió más de la cuenta y lo obligó a consultar su mapa en reiteradas ocasiones.

Cansado y molesto, Renato llegó a su alojamiento -completamente deshabitado en los ambientes comunes- y se retiró inmediatamente a su habitación, donde se arrojó sobre la cama, con el aire acondicionado encendido, lo que me permitió conciliar el sueño con rapidez en busca de una siesta.

Al despertar, Renato tuvo la sensación de que había dormido durante un tiempo prolongado, pero al percibir que la claridad atravesaba las cortinas del ventanal prácticamente con el mismo brillo que él había notado cuando se acostó entendió que sólo había pasado un par de horas. Tomó el celular de la mesita de luz y chequeó el reloj: a la jornada todavía le quedaba un largo trecho con luz natural y había que aprovecharlo al máximo.

Tras un breve paso por el baño para higienizarse, el joven estuvo nuevamente en la calle, esta vez con un pantalón tipo bermudas en vez de uno largo de jean, y eligió un recorrido sencillo, alejado de las grandes multitudes y el tránsito, por lo que se dirigió hasta el Parque del Retiro, en la zona este de la ciudad.

Parque del Retiro.

Allí predominaba el aire puro que producía su diversa y colorida flora distribuidas entre caminos zigzagueantes de conchilla y tierra. Hasta los pequeños pétalos parecían estar cortados a la perfección. Así que Renato tomó varias fotos de las especies que más le gustaron y que sobresalían de sus canteros de piedra rodeados por un césped al ras.

Ya promediaba la tarde y el joven advirtió que los senderos del parque comenzaban a llenarse de personas abocadas al running como un ejercicio físico habitual después del trabajo. Algunos corrían solos, escuchando música con sus auriculares; y otros lo hacían en pareja para charlar sobre sus asuntos cotidianos.

Después de recorrer varios caminos que lo llevaron hasta un enorme estanque con una alta fuente en el centro llegó hasta el extremo norte del parque, junto a la calle Alcalá, donde compró una gaseosa fría en lata en un puesto ambulante y se sentó en un banco a observar como un matrimonio jugaba con su hijo en las hamacas.

Al terminar de beber la gaseosa reanudó su caminata hacia el sur, bordeando la calle Alfonso XII hasta que se topó, casi sin proponérselo, con el Museo del Prado, situado en un paseo con bulevar y bajo una frondosa arboleda. Y al dar un par de vueltas por los alrededores descubrió coqueto barrio de pocas cuadras, donde funcionaban distintas galerías de arte y locales comerciales que en ese horario recién abrían sus puertas al público, el cual aún era poco.

Donde sí alcanzó a ver un nutrido grupo de gente fue en el patio de ingreso al museo en el que junto a una escalinata se levantaba la estatua del pintor y grabador español Francisco José de Goya. Allí, el terraplén de pasto, decorado con arbustos y árboles bajos, funcionaba como una especie de grada para los más jóvenes que tomaban el último sol de la tarde.

Renato caminó por ese patio, en el que se levantaba una carpa por donde se hacia la fila para ingresar al museo, y luego de rodearlo pasó por delante de un café que daba a un florido jardín interno ubicado en la parte posterior del edificio en la que había otra entrada que, al igual que la primera, no mostraba mucho movimiento de personas.

Continuó unos metros más hasta una calle cortada que enmarcaba otro patio que le llamó la atención porque se asemejaba a un laberinto de ligustrinas donde volvió a tomar algunas fotografías.

Y cuando dio por agotado su tiempo en ese lugar volvió sobre sus pasos hasta el patio de la estatua donde se acercó a la carpa en la que había un cartel que anunciaba que a partir de las 17 la entrada era libre y gratuita. Así que decidió ingresar por la denominada Puerta de Goya a pesar de que se encontraba vestido demasiado informal para una cita con uno de los museos más importantes del mundo.

Una vez en el interior recogió en la recepción un folleto con la guía del museo y apenas inició la visita el aire acondicionado del interior le erizó la piel, lo que me reconfortó. Además, aquella baja temperatura potenciaba el aroma que emanaban los frescos colgados de las paredes.

En un breve recorrido Renato centró su atención en las obras de Goya y de otros pintores españoles, como Diego Velázquez, quien tenía su propia entrada y salón.

Si bien la gran atracción del museo era el primero de los mencionados por sus notables obras del Romanticismo y su visión de la Guerra de la Independencia de España y del estilo de vida madrileño de finales del Siglo XVIII, le terminó gustando más Velázquez y sus pinturas barrocas que se lucían en el salón central del primer piso, entre las que se destacaba, sin dudas, “Las meninas”, que además de su calidad artística atraía al público por su enorme tamaño.

También le resultó imposible pasar por alto los retratos de la familia real que no tenían nada que envidiarle a la fidelidad de imagen de una fotografía moderna.

El joven salió del museo asombrado y al cruzar el bulevar arbolado se detuvo junto a la fuente de Neptuno en la rotonda que unía el Paseo del Prado y la Plaza de las Cortes, donde funcionaba una estación de taxis.

Y mientras caminaba de regreso por Plaza de las Cortes y después la calle del Prado en dirección a su alojamiento se convenció de que podía ser un buen plan caminar desde el hostal hasta la parada de taxis a la mañana siguiente para dirigirse a Barajas a tomar el avión hacia su siguiente destino. Claro que tenía dos opciones: realizar el trayecto completo hasta dicha terminal en el vehículo de alquiler o tomarlo hasta la cercana estación Nuevos Ministerios donde abordaría el tren de Cercanías (C) 1 hasta la Terminal (T) 4 del aeropuerto y así ahorrarse una buena suma de dinero, algo que su limitado presupuesto tercemundista se lo habría agradecido.

Sumido en esa idea, Renato pasó por la Plaza Santa Ana antes de llegar al hostal y a la luz del atardecer le pareció un lugar propicio para ir a cenar. Así que apenas entró a su habitación se dio una ducha y se tiré en la cama a descansar, esperando que se hiciera de noche y el hambre lo invitara a salir a comer algo.

Plaza Santa Ana.

Recostado, encendió el televisor y repasó los canales españoles que emitían los noticieros centrales de la noche y durante el zapping se quedó dormido, pero sólo por unos minutos, tras lo cual, se vistió con el mismo pantalón de jean y zapatillas de la mañana y una nueva remera de mangas cortas, ya que a pesar de que había caído la noche la temperatura no había descendido demasiado.

De hecho, este clima le hizo recordar los mejores momentos de la primavera en su querida y distante Buenos Aires, y ya de nuevo en la plaza, rodeado de decenas de turistas, lo invadió una curiosa sensación de familiaridad, a pesar de que se encontraba en un lugar donde no conocía nada y a nadie.


Fin

AA
2017

POR SIEMPRE

 


“Él está acá”, me dijo mi madre, mientras ambos nos hallábamos en uno de los pasillos de un convulsionado hospital, aunque yo no le creí en ese momento. Es imposible, pensé. Entonces, al ver mi gesto de incredulidad, ella señaló:

–Estaba con ella. Le vi la espalda.

–¿A quién?

–A ella –mi mamá torció la boca, disgustada.

Ante esa situación comencé a subir las escaleras frenéticamente y a revisar piso por piso, habitación por habitación, y en ese camino me fui encontrando con personas conocidas que se mostraban angustiadas y, sobre todo, enojadas. Muchas de ellas peleaban entre sí, ya que pude oír sus gritos detrás de las puertas cerradas. Quedaba claro que algo sumamente extraño estaba ocurriendo con todos los que nos encontrábamos en aquel hospital.

Llegué al extremo norte del pasillo del tercer piso -los números de las habitaciones iniciaban con el número 3- y en la pieza más alejada noté la puerta entreabierta y que sólo silencio provenía de su interior.

Me asomé y allí estaba él. ¡Increíble! Acostado en la cama, cubierto con una sábana blanca hasta las tetillas y con la manguera del respirador artificial en las fosas nasales.

Apenas me vio reaccionó. Estaba perfectamente consciente. ¡¿Cómo puede ser?!, me pregunté, al tiempo que mi corazón latía con tanta fuerza que temí que saliera despedido de mi pecho...

Asustado, permanecí inmóvil en el umbral. La última vez que lo había visto internado, ella casi me impidió verlo y él, para no suscitar ningún tipo de problema, me pidió que me fuera y me dijo que no me preocupara, que estaba “todo bien”. Pero ambos sabíamos qué hacía años estaba todo mal.

Sin embargo, en esta ocasión, ella no se encontraba pegado a él, acechándolo como una sombra maligna.

Y junto a él había un anciano, también acostado en una cama.

Él me sonrió, ante lo cual, me acerqué lentamente. Esta es mi oportunidad, tal vez la última, la única, evalué.  Y cuando estuve parado al lado de la cama, me incliné y lo besé en la frente.

La anterior vez que yo había tocado su piel fue en un día desgarrador, lluvioso y solitario, cuando los poros estaban cerrados, fríos e inertes. En cambio, ahora lo sentí tibio, como un abrigo en medio una noche del invierno más largo de la historia.

“Hola hijo”, me saludó, risueño, pero yo no respondí ya que, evidentemente, seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo.

Miré hacia el anciano acostado a su lado y no lo reconocí. Quizás sea alguien del trabajo, supuse.

“Ella cree que fue todo culpa de él”, me explicó mi papá y se contuvo de largar una carcajada para racionar sus escasas fuerzas.

–¿Cómo puede ser que estés acá, así? –pregunté asombrado.

–No sé. Me desperté después de cuatro meses de cirugías en los que me hicieron más de cien intervenciones.

–Pero, ¿vas a estar bien después de tanto tiempo internado?

–Viene un masajista todos los días para rehabilitar mis músculos.

En ése instante invadieron mi cuerpo dolorido y mi alma en pena una infinidad de sensaciones difíciles de describir. Había que estar allí para entenderlo.

Me senté en los pies de la cama, abracé sus piernas y no quería soltarlo. Ya lo había dejado ir aquella vez. De nuevo, no.

“Cuando me fui, me dije: ‘Justo a él no quiero dejar de ver´”, señaló mirándome a los ojos y haciéndome sentir especial. Tal vez, por ello haya vuelto: para vernos una vez más.

Desde su partida hubo otra especie de encuentros borrosos entre ambos, pero no así de emotivo al punto que desperté llorando y, por primera vez en cuatro meses, mis lágrimas no fueron de dolor o resentimiento, sino de amor, de extrañarlo como nunca antes.

Y esa madrugada no pude volver a dormir pensando en cuándo nos volveríamos a encontrar de esta manera.

Al final era cierto: él está "acá", acá en nuestros corazones. Para bien o para mal. Por siempre.

Fin.

AA
2025

"ACCIDENTES " DE LA MEMORIA



Era lunes y viajaba en colectivo hacia mi lugar de trabajo -como siempre lo hacía ese día de la semana-, y cuando me encontraba a pocas cuadras de mi parada, el chofer se topó con un piquete en avenida Paseo Colón, a metros de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, en pleno centro porteño.

Por segunda jornada consecutiva me encontré atrapado en un embotellamiento ya que la noche anterior, mientras iba de regreso a mi domicilio al finalizar la jornada laboral, un reducido grupo de manifestantes había cortado el tránsito en la autopista Buenos Aires-La Plata, a la altura de Quilmes. Y si bien en ambas oportunidades tuve una importante demora en mi arribo, el segundo “accidente” iba a tener consecuencias inesperadas...

Apenas vio el piquete, el chofer del colectivo realizó una brusca maniobra en “U” para volver hacia el sur y retomar por otra calle, pero apenas inició ese recorrido, una señora mayor que se acercaba que se hallaba de pie a la mitad del vehículo trastabilló y cayó lentamente por la escalinata que une la parte delantera con la trasera.

Ante esta situación, un pasajero que parecía tener ciertos conocimientos en primeros auxilios socorrió a la mujer, que quedó tendida en el piso con mareos y temblores en las manos, casi por desmayarse, al tiempo que el chofer detuvo la marcha en medio de la avenida, observó que la pasajera necesitaba atención médica y decidió llevarla hasta el Hospital Argerich, de La Boca, el centro asistencial más cercano.

El colectivero arrancó a toda velocidad sin darle la oportunidad a los pasajeros de descender en Paseo Colón, por lo que todos los presentes terminamos en la guardia del hospital, donde la pasajera descompuesta ya había recobrado la lucidez y descendió por sus propios medios del colectivo, ayudada por el chofer y el hombre que la había auxiliado en primer momento.

Al descender del micro advertí que todas las paradas de colectivos estaban colmadas de gente, lo que se sumó a que no tenía deseos de volver a subirme a un micro y, aun menos, volver a hacer un recorrido alterado por el piquete que aun persistía más adelante.

Entonces, opté por empezar a caminar por avenida Almirante Brown, siempre por la vereda en la que me daba de lleno el sol otoñal, y ver hasta dónde me alcanzaban las energías y la buena predisposición. Así fue que, a las dos cuadras, casi en la esquina con Pilcomayo, pasé por la puerta de una vieja panadería la cual no veía hacía aproximadamente 25 años, cuando me llevaba mi padre -quien por entonces trabajaba en una oficina ubicada sobre la calle Brasil, a unos 350 metros de allí- a comprar facturas por la mañana de algún sábado en el que yo lo acompañaba en sus tareas laborales.

En aquel momento me abordaron imágenes mentales en las que me veía a mí esperando a mi papá en el coche o jugando en los escalones de la vereda construida de manera elevada para enfrentar las inundaciones de antaño, mientras él entraba a buscar algo rico para comer; o bien, una escena de él presentándome como su "secretario" ante sus colegas y compañeros de trabajo y permitiéndome cargar con su maletín.

Evidentemente, esa panadería tenía un significado especial para mí. De hecho, entre fines de 2013 y principios de 2015, cuando me tomaba otro colectivo que entraba a la Ciudad de Buenos Aires por el puente Nicolás Avellaneda y luego transitaba por avenida Almirante Brown -mismo recorrido que hacía con mi papá- yo buscaba localizarla con la mirada y desde arriba del micro, pero en aquel entonces jamás lo había logrado.

Ahora que finalmente la acababa de encontrar, me llamó la atención que estaba ubicada prácticamente al lado de un local nocturno donde tocaban bandas musicales, sobre todo de Blues, al que yo había asistido hacía ocho o nueve años para el show del grupo de un amigo. Esa noche de verano estuve en la vereda un rato largo, fumando y compartiendo tragos, y jamás me di cuenta que la panadería estaba tan cerca.

Melancólico, seguí por la vereda del sol hasta el semáforo con avenida Martín García, donde me detuve ante el hermoso paisaje que brindaba el Parque Lezama, mucho más renovado que la última vez que había estado allí.

Otro de los hábitos de mi padre había sido llevarme a ése parque de paseo, por lo que un impulso me llevó a cruzar la avenida, y desviarme por los senderos del centro de aquel predio boscoso, con sus lomas y árboles de raíces que sobresalían en la tierra tan gruesas como las hamacas y los toboganes que funcionaban en el sector de juegos.

Este parque era otro de los lugares de la ciudad por el que pasaba a diario y lo observaba desde la ventanilla del colectivo. Y lo mismo ocurría con el frente de la ex oficina de mi padre, situada a una cuadra de la subida a la autopista. Claro que en la época en que yo iba hasta ese lugar no había autopista para llegar desde el sur del Gran Buenos Aires.

A su vez, se trataba de una ubicación estratégica cuando íbamos a La Bombonera a ver a Boca Juniors. En esas ocasiones, mi padre dejaba el auto en la oficina y caminábamos unos dos kilómetros hasta el estadio, en algunos casos, tomando atajos por terrenos baldíos hoy ocupados por altas torres de departamentos.

Sin embargo, no todo tenía que ver con él o conmigo, ni siquiera con el resto de mi familia. Porque los “accidentes” de esa tarde también me recordaron otros bellos rincones porteños, como la esquina de Defensa y Brasil, en la que convergían, entre calles de adoquines y veredas rotas, los clásicos bares Hipopótamo y El Británico con sus amplios ventanales apuntando a la ochava y bajos hasta el nivel de las mesas para poder sentarse a tomar algo y pasar el tiempo mirando simplemente la gente pasar, de un lado para el otro, y una de las entradas a la feria artesanal de Lezama. Y, de fondo, el Museo Histórico Nacional.

Más delante, este improvisado tour se extendió hasta la histórica Plaza Dorrego, frente al bar homónimo, otro de los puntos más hermosos de la ciudad, el cual era visitado diariamente por una gran cantidad de turistas de todas partes del mundo.

Recién cuando pasé por ese último lugar me di cuenta que no estaba paseando, sino yendo a trabajar y aceleré el paso, aunque llegué tarde de todos modos, pero no tan molesto por la demora ya que me abrazaba a la tierna, pero a la vez triste, sensación de que aquella larga caminata realmente había valido la pena.


Fin.


AA
2018


L´ITALIA DE BERAZATEGUI: ESE ABRAZO QUE NOS ABRIGA

La nueva fachada del Círculo Italiano de Berazategui. 


María Franco
tenía 20 años y una hija, Teresa, de apenas 11 meses, cuando llegó a Buenos Aires en el barco “Corrientes”, el cual había zarpado de Italia, la tierra natal de la mujer y toda su familia. En Argentina la esperaba su esposo, Agustín, quien había viajado varios meses antes junto a uno de sus cuñados para conseguir trabajo y alojamiento. Había que dejar atrás las terribles secuelas que la Segunda Guerra Mundial había ocasionado en toda Europa.

Una vez que Agustín logró instalarse, mandó a buscar a su mujer e hija, y cuando se reencontraron, los tres se instalaron en Berazategui, donde iniciaron una vida nueva y tuvieron cuatro hijos más.  En un comienzo no sabían hablar ni una palabra de español y se apoyaron en otros “paisanos” para poder salir adelante. Y lo lograron.

El barco "Corrientes". Foto: Archivo General de la Nación.

Como esta historia hay cientos, miles o, tal vez más, que podemos encontrar a lo largo y a lo ancho de los pagos de Berazategui, donde también existe una gran presencia de inmigrantes de otras naciones, como el Reino de España, el País Vasco, Polonia y Gran Bretaña, por citar solo algunos. 

Puntualmente en la localidad de Villa España, que debe su nombre a los vecinos y vecinas provenientes de la Península Ibérica que se radicaron allí a partir de la segunda mitad del Siglo XX, se fundó en los sesenta el Círculo Italiano, un centro recreativo, social y cultural que no solo reunió a los itálicos, sino a toda una comunidad.

Esa comunidad celebró el sábado 12 de julio pasado, tras muchos meses de arduo trabajo, la reinauguración de la sede del Círculo, donde a través de la Municipalidad de Berazategui, a cargo de la gestión del mismo, se ampliaron y mejoraron las instalaciones. 

A partir de las obras realizadas y de su puesta en valor, este inmueble emblemático adoptó un nuevo nombre integral: "Centro Cívico Municipal Villa España-Plátanos"

Fue una verdadera fiesta, en la que se cortó la calle y se sirvió una merienda comunitaria para todo el público presente. También hubo música y danza, como en los años dorados de esta organización social.

Familias enteras, vecinos y vecinas de todas las edades asistieron desde las 15 a este evento, al igual que distintas autoridades municipales, entre ellas, el intendente de Berazategui Juan José Mussi, y el secretario de Cultura y Educación, Federico López.

Es que en la puesta en valor del Círculo intervinieron varias áreas municipales, entre ellas, la Dirección de Museos de dicha secretaria, que se encargó de poner en valor el legado de los fundadores de este espacio tan importante para la zona.

Se entrevistaron a descendientes de aquellos pioneros, se reunieron testimonios, fotografías y documentos para el Archivo de los Museos, y se trabajó con Arte Público para tratar de expresar tanta historia en imágenes, como la de la nueva fachada con cientos de venecitas multicolores de la sede, situada en metros de, justamente, avenida Italia.

Este inmueble, el único que siempre tuvo el Círculo se levanta sobre la calle 151 A, que luego recibiría el nombre de Alberto Savini, en homenaje al primer presidente del centro y uno de los fundadores del mismo. 

Uno de los hijos de Savini, Juan, participó de este proceso de renovación del Círculo; sin embargo, el destino no quiso que presenciara la reinauguración de su segundo hogar, porque él lo consideraba como su propia casa, ya que falleció a fines de abril, a los 84 años.

Juan Savini. Foto: redes.

Cuando él hablaba del Círculo sus ojos se llenaban de lágrimas y la voz se le entrecortaba. Sentía una emoción inmensa porque no todos los momentos allí vividos habían sido buenos, aunque el balance terminaba siendo positivo.

Un poco de todo esto hubo en el acto del 12 de julio, cuando las sensaciones a flor de piel se tradujeron en discursos, abrazos, besos, sonrisas, llantos, regalos y recuerdos, muchos recuerdos. Y de esta manera, tanta calidez humana dejó en un segundo plano. al menos unas horas, el frío exterior del invierno.

Historia, presente y futuro

El Círculo Italiano Cultural Recreativo y Deportivo de Villa España-Plátanos fue fundado el 21 de septiembre de 1961, en la sede de calle 151A N 3346, en el límite entre las dos localidades mencionadas, pertenecientes al partido de Berazategui, cuya autonomía se había declarado el 4 de noviembre de 1960, cuando se separó de Quilmes.

La avenida Italia es justamente la que las delimita: al norte de la misma Plátanos y al sur Villa España. Aunque ambas comparten lo que se conoce como el barrio La Loma, que debe su nombre a la elevación de su terreno, un rasgo distintivo en la zona.

La constitución del Círculo se produjo a partir de una serie de reuniones que organizaban un grupo de amigos provenientes de familias de inmigrantes italianos, en la casa de un paisano llamado Marcos Geloso, en la esquina de calle 154 y avenida Italia. Habitualmente se juntaban los domingos a jugar a las cartas.

En tanto, la policía local creía que en esas reuniones jugaban por dinero, por lo que en una oportunidad irrumpió en el encuentro y se llevó detenidos a los allí presentes, aunque fueron liberados a la brevedad tras constatarse que eran trabajadores.

A partir de ese incidente, estos amigos decidieron una entidad que representara a los vecinos y vecinas de la comunidad italiana que residían en el barrio.

Fueron 113 las familias que colaboraron para la compra de los terrenos en los que se construiría luego la única sede que tuvo el Círculo.

Entrega de terrenos para la fundación del Círculo.
Foto: Centro de Documentación y Archivo de la Secretaría de Cultura de Berazategui
.

En su inauguración estuvo presente el Cónsul General de Italia en Argentina, mientras que la comisión fundadora estuvo integrada por: Antonio Savini (Presidente), Severino Di Domizio (Vicepresidente), Francisco Di Stefano (Secretario), Ricardo Di Domizio (Prosecretario), Marcantonio Gregori (Tesorero), Victorino Salve (Protesorero) Juan D. Dominicis (Vocal), Luis Di Domizio (Vocal), Dionisio Di Domizio (Vocal), Massimo Di Domizio (Vocal), Bonifacio Mantini (Revisor de cuentas) y José Di María (Revisor de cuentas).

Durante una época funcionó en su sede una escuela primaria, la cual le trajo una serie de problemas económicos y administrativos- y a comienzos de los noventa abrió el Centro Cultural N° 2 de la Municipalidad de Berazategui, que funciona hasta la actualidad y cada año realiza su muestra en la que exhibe un resumen de todas las actividades que allí se desarrollan.

Desde sus comienzos, el Círculo fue un orgullo no solo para la comunidad italiana local, sino para todos los vecinos y vecinas de Villa España y Plátanos, que se vieron beneficiados por todos los servicios que brindaba.

Reuniones, fiestas, almuerzos y clásicas pastas italianas conformaban el menú principal que se servía en sus cómodas instalaciones.


Los bailes, un clásico del Círculo. Foto: Secretaría de Cultura de Berazategui.

En 1991 se festejaron los 30 años del Círculo y se montó una placa con los nombres de los fundadores y que decía (en italiano): “En homenaje a los fundadores de del Círculo Italiano ReC, pioneros de la italianidad en Villa España."

A finales de los noventa y comienzos del Siglo XXI, como en todo el país, hubo momentos de crisis, por lo que el Círculo se apoyó en la gestión de la Municipalidad con la que, en 2023, firmó un contrato de comodato para que el inmueble pase a la órbita de la Secretaría de Cultura por 20 años.

Uno de los puntos de ese acuerdo fue la puesta en funciones de un nuevo Centro Cívico en el edificio que incluye cinco aulas y un auditorio para el Centro Cultural; la Delegación Municipal Villa España-Plátanos, una sede del Registro Provincial de las Personas; y otras dependencias donde se pueden realizar trámites. Todo construido con un financiamiento 100% municipal.

Los Savini

La familia de Antonio Savini provenía de la zona de Gran Sasso, en la provincia de Teramo, en el centro este de Italia. Esta zona es un macizo de la cordillera de los Apeninos, en la sierra de los montes Abruzos, en el límite con la provincia de L'Aquila. 

Don Antonio nació en 1912 y participó de la Segunda Guerra Mundial, de la que volvió en 1945. Luego, en 1947 decidió viajar a Argentina, donde inicialmente trabajó en la zona portuaria y se albergó en la Ciudad de Buenos Aires junto a otros paisanos. Recién en 1949 compró una propiedad en Villa España y mandó a buscar a su esposa e hijos. Y después de que él compró en dicha localidad, muchos otros inmigrantes italianos siguieron sus pasos.

Sus hermanos Franco y Marino se mudaron al mismo barrio en 1950. El primero trabajó en Sniafa, de Berazategui; y el segundo para el frigorífico “La Negra”, de Avellaneda. Don Antonio, por su parte, trabajó como guarda de los tranvías hasta 1963, cuando estos dejaron de funcionar. A su vez, los tres se dedicaron a la albañilería. Y en paralelo a esta actividad, Don Antonio puso una carnicería en la esquina de 28 y 150, de la que posteriormente se haría cargo su hijo Juan. 

Don Antonio volvió a su pueblo natal cuando ya tenía más de setenta años y le costó regresar porque su experiencia en la guerra le había dejado malos recuerdos de aquel lugar. Finalmente murió en 1997, a los 85 años y en Argentina.

Los Di Domizio

Esta familia también provenía de Teramo. Emilio Di Domizio y su esposa Filomena Remigio llegaron a Villa España en 1951 y en dos tandas. Primero lo hicieron los cuatro hermanos mayores, Severino, Ricardo, Dionisio y Luis. Mientras que en una segunda instancia arribaron los otros cuatro hermanos junto a sus padres.

Desde los comienzos de su nueva vida en Argentina se dedicaron a la construcción, inicialmente de su propia vivienda y después como emprendimiento comercial enfocado en viviendas de la localidad. Luis se recibió de maestro mayor de obras y Severino fue el único que se apartó de esa empresa familiar para atender su propio negocio de carnicería, situado en la misma calle que el primer inmueble de los Di Domizio.

Los Salve

Vittorio Salve figura como uno de los socios fundadores del Círculo Italiano. Juan Victorio, como se lo llamó aquí, nació en 1920 en Abruzzo, de Teramo, y llegó a Argentina en 1947. Luego de su paso por la capital, donde trabajó como albañil y guarda de ómnibus, compró un terreno en Villa España, donde comenzó a construir en 1949. Vivió primero con su esposa Filomena y su hijo Remo, nacido en Italia, mientras que una vez afincados en territorio bonaerense se agrandó la familia.

Con el tiempo, Remo conoció a Fermín García, el doctor del barrio que se había radicado en esos pagos en 1959, atendía su consultorio en la calle 150 y también asistía a los eventos del Círculo. A raíz de la influencia de éste, el hijo de Vittorio se dedicó a la Medicina y se graduó en 1976. 

Un año después se casó con Silvana Savini, hija de Franco y sobrina de Antonio Savini; y se desempeñó en distintos cargos públicos del área de Salud, tanto a nivel municipal como provincial.

“Cuando el club fue creado, recién estaba empezando a crecer toda la zona y la comunidad italiana buscaba un lugar donde reunirse. Luego, apenas asumió el intendente Mussi en su primera gestión, éste se convirtió en el Centro Cultural 2. Y ahora, que se haya concretado la idea de que funcione un Centro Cívico y un Centro Cultural, es cumplir con el deseo de los fundadores de la institución”, cuenta Remo, en su rol de asesor de la Dirección de Políticas Socio-Educativas.

Las tareas de puesta en valor. Foto: Municipalidad de Berazategui.

A su vez, Remo fue intendente de Berazategui entre 2002 y 2003, a raíz de la renuncia de Carlos Infanzón, quien había reemplazado a Mussi cuando este asumió como ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires en 1994.

Por su parte, Don Vittorio falleció en 1998, pero su legado permanece presente.

Los D´Egidio

Gabriel D’Egidio es arquitecto y vicepresidente del Círculo Italiano, y destaca el valor de la obra encarada: “El proyecto que elaboró el Municipio es muy ambicioso. Contempla la construcción de cinco aulas para cursos y talleres, la creación del Registro Civil y la Delegación Municipal. De esta manera, la gente del barrio tendrá un lugar más cercano para hacer sus trámites y gestiones. Es un gran beneficio para la comunidad.”

“Realizamos un acuerdo para ceder parte de los espacios, con el objetivo de que el Municipio brinde servicios que beneficiarán a la ciudadanía; y al mismo tiempo, nuestra institución va a seguir funcionando”, comenta.

Antonio, su padre; y Bernardino D´Egidio, su tío; ambos ya fallecidos; figuran entre los socios fundadores del Círculo y ambos residían en el mismo barrio La Loma, desde 1952. De hecho, Antonio fue presidente de la institución en varias ocasiones.

Berazategui de los años sesenta 

El 4 de noviembre de 1960 se promulgó la ley que le dio la autonomía al partido. Para entonces, la industria ocupaba a unas 30 mil vecinos y vecinas, de las cuales, 3 mil eran empleados por Cristalería Rigolleau, radicada frente a la estación de trenes del centro del municipio desde comienzos del Siglo XX.

Mientras que en 1961 nació el “Expreso Ciudad de Berazategui”, una línea de colectivos con veinte unidades pintadas de color naranja y violeta que iba desde Ducilo –otra de las fábricas importantes de la zona- hasta El Pato y Gutiérrez. No eran los coches más modernos, pero sí contaba con las comodidades necesarias para que los viajeros se sintieran satisfechos.

Ese mismo año, la sede del gobierno municipal que funcionaba en las instalaciones del Ateneo Rigovisor -la escuela de artes y oficios de Rigolleau ubicada en la plaza de los bomberos frente a las vías- se mudó al monoblock 25 A de las calles 14 y Mitre.

También durante 1961 hubo otros acontecimientos relevantes en la historia del distrito. El 1 de marzo se fundó el Colegio Santa Cecilia por iniciativa del padre Vicente Policcichio y perteneció a la parroquia de La Sagrada Familia en un edificio cedido por el instituto educativo Emaus.

El 18 de julio, la Escuela de Enseñanza Diferencial se instaló en el edificio que había pertenecido a la familia Lamberti, en el barrio San Francisco.

El 1 de agosto se creó el Grupo Universitario de Berazategui (GUB), cuyo primer presidente fue Juan Manuel Maneiro. Y en el mismo año se inauguró el Instituto Privado General San Martín, en avenida 14 y calle 149.

En tanto, el 21 de septiembre de 1961, cuando se inauguró el Círculo, todavía se podían ver los escombros de las obras recién terminadas. Lo primero que se construyó fue el escenario y el sótano, donde los socios fundadores se reunían a jugar a las cartas.

Vecinos y vecinas que participaron de la merienda comunitaria. Foto: redes.

Por entonces, el barrio La Loma era una zona muy descampada y veían las vacas pastando. Anteriormente, estos vastos terrenos sirvieron entre finales de los cuarenta y principio de los cincuenta como pistas de aterrizaje para vuelos de bautismo en avioneta, los cuales costaban unos 10 pesos. Lamentablemente, en una ocasión hubo un accidente aéreo con dos fallecidos.

A su vez, en esa época muchas personas de CABA visitaban los domingos los “balnearios de Plátanos”, y en verano se bañaban en el arroyo Las Conchitas. Una gran cantidad de vecinas y vecinas aprendieron a nadar allí y también a andar en bote y piragua.

Y en la búsqueda de un espacio de esparcimiento propio, unas cien personas de las familias de inmigrantes italianos locales compraron dos terrenos de 10 metros de ancho por 50 metros de largo y cada uno de los aportantes pusieron entre 40 mil y 50 mil pesos de hoy. Los terrenos los registraron a nombre de Antonio Savini

Además de los eventos, como fiestas, comidas y bailes, después hubo metegol, bochas y billar, como actividades de recreación que se sumaron a los naipes.

A mediados de los sesenta se asfaltó la calle 150, la primera en Villa España. Durante los setenta y los ochenta el Círculo se mantuvo, principalmente, con el alquiler del salón principal para eventos. 

Muchas figuras de origen italiano estuvieron en el Círculo, entre ellos, el doctor Claudio Zin, quien era amigo de la familia de Remo Salve, importante médico del distrito. 

Otro de los personajes centrales es Manuel Tarcisio Fernández Iglesias, nacido en Pontevedra y radicado desde los años cincuenta en Villa España, de la que se convirtió en su historiador. “Nolo”, como le dicen en el barrio, plasmó sus experiencias y la de sus vecinos y vecinas en el libro “Recuerdos de Villa España”, donde le dedicó una mención especial al Círculo y a las familias fundadoras.

Gracias él pudimos conocer distintos momentos de la rica historia de este grupo de inmigrantes italianos que hoy celebran sus orígenes y su estrecho vínculo con Berazategui y nos siguen brindando su calidez de siempre.

Y a la distancia, Doña María, quien se mudó al interior del país siguiendo a sus hijos más chicos, se abraza a su italianidad. Teresa, en cambio, estuvo presente en la reinauguración del Círculo ya que desde hace 72 años que reside en forma permanente e ininterrumpida en territorio berazateguense; mientras que Don Agustín, que trabajó mucho tiempo en Sniafa, mira desde un cielo con paisaje calabrés, dado que en 1991 retornó a su pueblo natal, en el que falleció pocos años más tarde. Sin embargo, todos siguen presentes, cada uno a su manera.