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LOS "MALDITOS" AL ATAQUE III


III

Carlos
residía en la localidad de Martín Coronado, partido de Tres de Febrero, y trabajaba con Edgardo en la misma editorial, ubicada en el barrio porteño de Palermo. Cuando el 10 de enero de 1994 llegó por la mañana a la oficina, su compañero ya se encontraba allí, por lo que se dispusieron a organizar la jornada laboral y decidieron ir a ver a unos clientes en Berazategui, a los que les vendían libros.

Salieron de la editorial cerca de las 14, Carlos al volante y Eduardo en el asiento del acompañante, mientras que en el baúl del Dodge 1500 amarillo cargaron varios libros y unas carpetas, lo habitual. El conductor tomó por avenida 9 de Julio hacia Avellaneda por avenida Mitre, al tiempo que su acompañante hablaba sobre los preparativos del bautismo de su pequeño hijo de ocho meses.

Al rato, pasaron por el Parque Domínico y a las dos o tres cuadras se toparon con el tránsito completamente parado y alguien les hizo señas de que se había producido un robo. Entonces, Carlos dejó la avenida Comandante Franco y dobló a la derecha, y casi de inmediato, escuchó los primeros disparos, al menos cinco. Así que hizo dos cuadras más y giró a la izquierda. Siguieron los tiros. El conductor miró hacia atrás y advirtió que los perseguían en un Renault 18 y un Peugeot 504 clarito. Se volvió hacia su acompañante: “Gordo, nos están tirando a nosotros.” Y a la media cuadra el auto se detuvo contra el cordón izquierdo porque quedó en llanta.

Los dos hombres descendieron del vehículo, cada uno por su lado, tras lo cual, Carlos caminó hacia la parte posterior del Dodge y en esas circunstancias perdió de vista a Eduardo que quedó detrás suyo. En ese momento, un abanico de seis o siete personas armadas le apuntó a Carlos y le ordenó que se tirara al suelo con la cabeza abajo, y él obedeció. Y una vez que se halló en el piso, sintió una pisada en la espalda y un arma apoyada en la cabeza. 

“¡¿Dónde está el de colita?!”, gritó una de las personas armadas, que era policía de la Brigada de Lanús, con asiento en Avellaneda, pero ninguna de los dos hombres del Dodge tenía pelo largo. “¡Traigan tres juegos de esposas más!”, vociferó otro de los efectivos. Y en una cuestión de segundos, Carlos oyó una seguidilla de disparos, como si vaciaran el cargador completo de una pistola, aunque él solo alcanzó a ver un arma con la corredera hacia atrás y a la altura de la rodilla del policía que estaba parado a su lado y a alguien que exclamó “¡pará loco, que ya terminó todo!”, seguido por un llanto de Eduardo, quien se lamentaba: “¡Me arde mucho!, ¡me arde mucho!”

“¡Llamen a una ambulancia!”, pidió uno de los policías, mientras que a Carlos lo levantaron del suelo y así él pudo ver la espalda de su acompañante, como en posición fetal. “Quedate tranquilo, gordito, que ya viene el médico”, le indicó otro de los efectivos. Y cuando llegaron los médicos, a los quince o veinte minutos, a Carlos, que sabía de armas porque había sido miembro de la Policía Federal entre 1980 y 1985, lo cargaron en un Peugeot 504, con la cabeza entre las piernas. “¿A dónde me llevan?”, preguntó la víctima, presa del miedo, pero no le respondieron y lo trasladaron a la Brigada.

A bordo del Peugeot había tres policías y cuando lo ingresaron a la dependencia lo dejaron en el patio, esposado con las manos hacia adelante y contra una pared, al tiempo que le preguntaban sus datos personales y de su familia.

Minutos después, los efectivos llevaron a otros tres detenidos esposados y los colocaron en esquinas separadas del mismo patio. Ninguno de estos tenía colita y, por los datos que brindaron, se domiciliaban por la zona en la que residía el conductor del Dodge y su compañero.

“Tengo que ir al baño. ¿Qué pasó?”, dijo Carlos a los policías, pero estos no le dieron ninguna explicación y poco después lo trasladaron a una oficina en el primer piso donde se entrevistó con la jueza Gómez, cuyo rostro se veía desencajado. 

–Indudablemente, se trató de un error –la magistrada la extendió la mano–. Ya puede hacer una llamada.

–¿Y mi compañero?

–El secretario del juzgado acaba de regresar del hospital y me confirmó su fallecimiento.

Ya era de noche y alrededor de las 21.30 le comunicaron que estaba libre, por lo que se retiró de la Brigada, y al hacerlo vio que los policías habían secuestrado un Dodge 1500 igual a suyo, excepto que no tenía los barrales en el techo y se le veía una línea negra en el paragolpes. También observó su propio auto, el cual estaba agujereado por todos lados y con los vidrios rotos.

Lo que no podía comprender Carlos era cómo se confundieron de personas los policías si su Dodge no tenía vidrios polarizados que obstaculizaran la visión. ¿Y cómo iba a saber él que quienes los perseguían eran policías si se movilizaban en autos no identificables, sin sirenas y altoparlantes, y sin uniformes? Además, nunca les dieron la orden de detenerse y no se resistieron. Es más, después del tiroteo, percibió que los policías no estaban preocupados por lo ocurrido, sino que se los veía tranquilos, como si nada.


CONTINUARÁ...


LOS "MALDITOS" AL ATAQUE II

 


II

Paola desayunaba en su domicilio, mientras repasaba la tapa del diario del 10 de enero de 1994, en la que se los principales titulares se referían a un potencial paro de la CGT, el arranque de la pretemporada de los equipos profesionales de fútbol, la visita a la Argentina de la estrella del básquet “Magic” Johnson y la gestión del entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, entre otros temas.

La mujer residía en la localidad de Santos Lugares, partido de Tres de Febrero, lindero con San Martín, en el noroeste del conurbano; junto a Néstor, con quien se había casado en 1987 y tenía dos hijos de dos y seis años.

Por su parte, él se desempeñaba como remisero para una agencia que había abierto recientemente en la calle Rodríguez Peña de esa localidad y conducía un Peugeot 505 gris oscuro. Aquella mañana de lunes, Néstor se despidió de su esposa y pasadas las 7 se fue trabajar con la intención de regresar alrededor de las 19, tal como lo hacía habitualmente, pero no lo hizo.

En ese momento no había muchas formas de comunicación, así que Paola esperó y esperó. No sabía a quién recurrir ni a dónde llamar porque la agencia ya estaba cerrada y pasó la noche despierta. A la mañana siguiente salió desesperada y Raúl, un vecino, le preguntó qué pasaba y le dijo que Néstor no había regresada a casa. “Qué raro”, le respondió este vecino. Entonces, ella se dirigió hasta la casa de él y vieron sobre la mesa la portada de diario en la que se veía una foto de un auto con la patente del Peugeot 505 de Néstor y hablaba de un “enfrentamiento” con la Policía. Esa imagen había sido tomada la tarde anterior en Wilde y hasta entonces nadie se había comunicado con ella para contarle lo sucedido con su esposo.

Al reconocer en el diario la patente que se correspondía al auto de su marido, Paola dejó a sus hijos en lo de sus padres y junto a Raúl salieron a buscar a Néstor, pero no sabían exactamente a qué lugar de Wilde dirigirse. Recorrieron la zona en auto hasta que pasaron por el frente de una comisaría donde hallaron el Peugeot 505 gris oscuro junto al cordón de la vereda.

Al igual que Roxana, la viuda de Eduardo, Paola tampoco lo podía creer: el auto de su marido estaba totalmente agujereado y con manchas de sangre en el asiento del conductor. Así que ingresó a la dependencia, en la que la recibió un comisario que la miró a los ojos y le dijo “lo siento”. Ya era mediodía, cuando la hicieron pasar a otro despacho donde se encontraba la jueza de la causa, de apellido Gómez, que le ofreció un vaso de agua y la contuvo. “Yo estoy a cargo del caso. Quédese tranquila, que todo va a estar bien”, le dijo la magistrada.

La esposa de Néstor supo en ese momento que su marido estaba muerto y que su cuerpo menudo se hallaba en la morgue. Ya había visto el estado del auto y recibido las disculpas del comisario, por lo que no preguntó más nada sobre lo ocurrido. De hecho, un amigo de su esposo, con el que jugaban a la pelota juntos en el club Defensores de Santos Lugares, cerca de su casa, fue quién se encargó de reconocer el cadáver. Y cuando Paola regresó a lo de sus padres y sus suegros, ellos ya se habían enterado de lo ocurrido a través de los medios de comunicación. Desde entonces, el padre de Néstor se abocó a batallar para saber la verdad sobre el caso, mientras que ella se fijó como misión dedicarse enteramente a la crianza de sus pequeños hijos.

Así fue que la mujer se fue enterando de lo ocurrido mediante los datos que iba averiguando su suegro, quien los domingos iba al cementerio y después pasaba por su casa. Él también se ocupaba de ir a ver el expediente y molestó tanto a las autoridades policiales y judiciales que estuvo detenido.

En tanto, ella no quería saber nada, se sentía muy afectada emocionalmente y se dedicaba únicamente de sus hijos, que, en un principio, no podían entender por qué su padre se fue y nunca más volvió. Recién con el paso del tiempo, ellos crecieron y entendieron, mientras que ella pudo averiguar algunas cosas, sobre todo, luego de conocer a Roxana y participar de la reconstrucción de los hechos, en la que se especuló con que Néstor trasladaba a dos pasajeros, Horacio y Gabriel, quiénes mantenían deudas con gente peligrosa que se las querían cobrar a cómo de lugar, por lo que en ese auto no debía quedar nadie vivo.


CONTINUARÁ...

LOS "MALDITOS" AL ATAQUE I

 

El 10 de enero de 1994, Roxana se encontraba junto a su esposo, Eduardo, en su casa del partido de San Martín, en el noroeste del Gran Buenos Aires, donde el matrimonio residía junto a su bebé de ocho meses, al que pronto iban a bautizar, y su pequeña hija. Desde hacía unos tres años que el hombre vendía libros para una editorial, aunque antes se había dedicado a otros tipos de productos, como ollas y telas. También había trabajado como carpintero. Y si bien tenía una “citroneta” para llevar los libros, desde que lo detuvieron por no contar con un registro para conducir con carga salía a trabajar a pie y en la empresa le asignaban luego un chofer para que lo llevara de un lado a otro. Así que se despidió de su esposa y salió hacia la parada de colectivos. Y como se encontraban en pleno receso escolar por las vacaciones de verano, esa mañana no tuvo que llevar primero a su hija a la escuela, en el barrio San Andrés.

Eduardo un hombre robusto y de bigote morocho como su cabellera, vendía los libros en los lugares de trabajo y, una vez comprometida la compra, se firmaba un contrato con el sindicato y se hacía al comprador los descuentos y cuotas correspondientes. Aquel día, el vendedor salió de la editorial cerca del mediodía a bordo un Dodge 2500 color amarrillo junto a su compañero Carlos, su chofer de turno, en dirección al partido de Berazategui, en la zona sur del conurbano, y durante el recorrido tomaron por avenida Mitre y después por Comandante Franco, hacia la localidad de Wilde, en Avellaneda; una vía carretera histórica, cuyos orígenes se remontaban al siglo XVII, cuando, en la época en la que el distrito se denominaba “Punta de Gaitán”, se la conoció como el “Camino Real del Sud” y luego, a fines del XVII, pasó a llamarse “Camino de Chascomús al sudoeste”.

A las pocas cuadras de transitar por Franco, Carlos se topó con un embotellamiento a la altura de la calle Bismark y una persona que se hallaba por allí les dijo que acababa de ocurrir un tiroteo, por lo que dobló hacia su derecha para alejarse del lugar, por donde se escuchaban tiros desde muy cerca. Ante esta situación, el conductor procuró desviarse y dobló a la izquierda, al tiempo que comenzaron a perseguirlos unos vehículos con las balizas encendidas. Intentó escapar, pero al llegar al cruce de Mariano Moreno y Bismark, una esquina de viviendas particulares, a unos cien metros de Mitre y unos trescientos de Franco, no pudo continuar porque las ruedas quedaron en llantas.

“Gordo, bajemos porque me parece que es la Policía”, le dijo Carlos a Eduardo, tras lo cual, ambos descendieron del vehículo. Inmediatamente, un grupo de policías armados les ordenó que se tiraran al suelo y les apuntaban. “¡¿Dónde están los fierros?!, ¡¿dónde están los fierros?!”, exclamó uno de los efectivos. “¿Qué fierro? El único fierro que tengo es la lapicera”, respondió el vendedor de libros y, acto seguido, se produjo una nueva serie de disparos. “¡Pará, loco!”, grita otro de los policías, mientras que Carlos no alcanzaba a ver a Eduardo porque lo tapaban las ruedas del auto. Solo lo oyó quejarse de dolor. 

Alrededor de las seis o siete de la tarde, la hermana de Roxana se presentó en la casa de esta, que no tenía teléfono, y le dijo que Eduardo había tenido un accidente en la zona de Wilde y lo habían llevado al hospital local. Ante esta situación, la esposa del vendedor de libros tomó una muda de ropa para él y salió junto a su hermana hacia la vivienda de los padres de ambas para dejarles a sus hijos y continuar hacia dicha localidad de Avellaneda.

Arribaron al Hospital de Wilde cuando ya estaba cerrada la entrada principal. Así que se dirigieron a la guardia. Pero la puerta también estaba cerrada. Roxana golpeó y por la mirilla la atendió un policía, al que le preguntó por Eduardo. “No hay nadie acá con ese nombre. Vaya a la Brigada de Lanús”, le respondió el efectivo. Entonces, la mujer y su hermana se trasladaron hacia la mencionada sede policial, ubicada en calle 12 de Octubre al 200 de Avellaneda y que durante la última dictadura militar había funcionado como el centro clandestino de detención, tortura y exterminio apodado “El Infierno”.

En el trayecto las mujeres se encontraron con un par de compañeros de trabajo de Eduardo que las acompañaron y cuando estaban por ingresar a la Brigada, Roxana vio salir a su suegro, quien la abrazó. “No entres porque a Eduardo lo mataron”, le dijo. “¡¿Cómo que lo mataron?!, reaccionó ella sin comprender lo ocurrido. El padre de Eduardo la abrazó más fuerte y la llevó hasta su auto. 

“No puedo entenderlo. Él solo vendía libros. Cuando me dijeron lo del accidente pensé que había chocado y tenido un latigazo por el choque, y que como había tenido una hernia de disco estaba dolido y por eso lo internaron”, recordaría Roxana tiempo después.

Respecto al día del hecho, ya había anochecido y la mujer todavía no sabía dónde estaba el cuerpo de su esposo, el cual yacía en el playón del hospital. Y cuando finalmente le entregaron el cadáver, ella le pidió a su suegro, quien se encargó de todos los trámites de rigor junto a otro hijo, que el velorio se llevara a cabo en una planta baja, para que pudiera asistir la abuela de Eduardo porque en la víspera la anciana lo había soñado a su nieto con una camisa blanca llena de sangre.

Para entonces, lo único que le dijo la Policía sobre lo sucedido fue que se había tratado de un “lamentable error”, sin brindar detalles sobre el operativo en el que doce efectivos de civil y a bordo de cinco autos no identificables habían salido de la Brigada de Lanús ante una supuesta alerta por un presunto intento de robo en un banco de la zona. Sin embargo, en los alrededores de las calles Moreno y Bismark no había ninguna entidad bancaria. Y cuando los vecinos y periodistas arribaron a ese cruce de calles, una vez consumado el crimen, solo se encontraron con una gran cantidad de agentes armados y el Dodge 1500 amarillo como un colador, repleto de agujeros en los vidrios, la carrocería y los asientos. 

A su vez, la primera versión la fuerza filtró en off the record al principal matutino argentino se tradujo al día siguiente con el siguiente titular: “Matan a tres ladrones y a un inocente en Wilde”. Y en la bajada mencionó que los efectivos mataron por “error” al conductor del auto en el que iban dos de los sospechosos y que apresaron al resto de los delincuentes que perseguían.

Por su parte, uno de los efectivos involucrados, de apellido Romero, se fugó la misma noche del 10 de enero desde la Brigada, por lo que la justicia ordenó su captura nacional e internacional, y, posteriormente, el Poder Ejecutivo ofreció una recompensa para poder localizarlo.

Continuará....

NOVEDADES 2022

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"El trabajo del joven periodista Federico Alem se ve marcado a fuego por la cobertura de una seguidilla de secuestros extorsivos seguidos de muerte, en especial, un caso cuyo desarrollo lo acompañará durante gran parte de su carrera profesional."

Esta es la primera novela de una serie que tiene como escenario la ficticia provincia de Roca Negra, que rodea la capital del país, El Rosedal, creando un mundo prácticamente aparte.




NO FUERON LOS CANGREJOS VIII


VIII

“Muerte violenta producto de una asfixia por sumersión”, fue la conclusión del informe de la autopsia al cuerpo de Fernando que se conoció oficialmente el 1 de octubre a través de un comunicado de prensa de los fiscales Albert y Hurt.

De acuerdo a los peritos forenses, el joven falleció más de treinta días antes del hallazgo y no sufrió heridas vitales por golpes, arma de fuego o arma blanca. También se hallaron microalgas en la médula ósea del cadáver que se correspondían con las que se obtuvieron en el cangrejal, pero debido al avanzado deterioro de los restos (dañados post mortem por los animales de la zona y las mareas) no se pudo acreditar que allí se produjo el deceso, aunque tampoco había indicios de que haya estado en otro ambiente.

A su vez, los expertos en antropología, medicina, odontología y genética tampoco podían confirmar si existió participación de terceros o si fue producto de un asesinato, accidente o un suicidio a raíz del mencionado estado del cuerpo.

El único perito que se manifestó en disidencia al resto fue el del particular damnificado, que remarcó que en el cadáver detectó el fenómeno de “pink teeth” (dientes rosados en Inglés, aunque faltaban algunas piezas dentarias por la depredación animal y al exposición medioambiental), el cual era compatible con un traumatismo “antemortem”, es decir, en vida; por lo tanto, no podía descartarse la hipótesis de participación de terceras personas.

Además, este experto recordó el testimonio que indicó que Fernando se fue caminando por las vías que cruzaban el estuario en el que se situaba el cangrejal y que las mismas nunca son alcanzadas por el agua porque están en un terreno más alto. Entonces, ¿cómo se ahogó solo, en el caso de que no se haya apartado de ese trayecto?

Para Catalina, la respuesta era una sola: su hijo no se había suicidado y tenido un accidente, sino que lo habían asesinado policías provinciales.

Según la firme convicción de la mujer, avalada por otros testigos, Fernando no contaba con antecedentes suicidas sino que tenía proyectos de vida, lazos con la comunidad y luchaba por los derechos humanos. Y tampoco presentaba lesiones corporales que indicaran un accidente.

Por ello es que el abogado Pietravallo insistió con solicitar más medidas de prueba que fueron acompañadas por los fiscales Albert y Hurt, pero rechazadas por la jueza Marrone, quien a fines de octubre consideró que las partes acusadoras no buscaban la verdad sino “compeler la responsabilidad policial”.

Ante esta situación, dichos fiscales pidieron la recusación de la magistrada por “parcialidad”; sin embargo, la Cámara Federal la descartó a fines de diciembre, por lo que la investigación entró en un profundo letargo del que ni siquiera despertó cuandoa los dos meses, el cuestionado fiscal Menéndez finalmente decidió apartase de la causa.

Sólo una semana después del apartamiento de este instructor judicial, la Cámara autorizó algunas de las medidas de prueba solicitadas por los fiscales como el secuestro de dos patrulleros que habrían transitado por Bleriot en el horario en el que Fernando se encontraba en la zona, un nuevo allanamiento al puesto de vigilancia de esa localidad y el secuestro de los celulares de todos los policías investigados.

Sin embargo, estos peritajes no arrojaron luz a una investigación que nunca pudo escapar a la oscuridad con la que se manejó en un principio y, en definitiva, lo único que queda en claro hasta el momento es que en el caso de Fernando se violó la Convención Americana por los Derechos Humanos suscrita por nuestro Estado en 1969 en San José de Costa Rica.

Y esta convenció afirma, entre otras cuestiones esenciales, que “toda persona tiene derecho a la libertad y a la seguridad personales”, y que “nadie puede ser sometido a detención o encarcelamiento arbitrarios”.

También sostiene que “toda persona detenida o retenida debe ser informada de las razones de su detención y notificada, sin demora, del cargo o cargos formulados contra ella”, y “debe ser llevada, sin demora, ante un juez u otro funcionario autorizado por la ley para ejercer funciones judiciales y tendrá derecho a ser juzgada dentro de un plazo razonable o a ser puesta en libertad, sin perjuicio de que continúe el proceso”.

Y, además, establece que “toda persona privada de libertad tiene derecho a recurrir ante un juez o tribunal competente, a fin de que éste decida, sin demora, sobre la legalidad de su arresto o detención y ordene su libertad si el arresto o la detención fueran ilegales”.


AA
Julio 2021

NO FUERON LOS CANGREJOS VII


VII

Debido al estado en el que se hallaron los restos presuntamente de Fernando, los mismos fueron trasladados a la Capital Federal para posteriormente ser sometidos a una autopsia a cargo de los peritos más reconocidos del país y bajo procedimientos sumamente avanzados.
Por ello, la diligencia recién comenzó diez días después del hallazgo, con 15 expertos que analizaron los restos durante doce horas, al cabo de las cuáles informaron que los resultados iban a estar listos dentro de un mes, aproximadamente.
Mientras tanto, los investigadores tomaron muestras de material genético para cotejarlo con el ADN de Catalina y así confirmar la identidad de la víctima lo antes posible.
A comienzos de septiembre, la cuestionada jueza Marrone emitió un escueto comunicado de prensa en el que confirmó que los peritajes genéticos a cargo de los expertos en Antropología Forense confirmaban que los restos encontrados en el cangrejal pertenecían a Fernando.
Recién entonces, la familia del joven organizó una inhumación en el cementerio municipal del Fortín, en el que se llevó a cabo una breve ceremonia de la que participaron sólo los parientes más cercanos y amigos de Fernando, que prefirieron no realizar ninguna declaración pública y despedirlo en silencio.
Ya habría tiempo para retomar el reclamo de justicia y fue Catalina quien una semana después de la inhumación de su hijo viajó a la Capital para declarar como testigo ante los fiscales Albert y Hurt, ante quienes hizo un relato pormenorizado de lo ocurrido desde el momento en que denunció la desaparición de Fernando hasta que encontró el cadáver, y también reiteró sus críticas contra el accionar de la Policía provincial y el fiscal Menéndez.
La clave para esclarecer el caso pasaba por entonces en los resultados de la autopsia, los cuales iban a establecer la data y la mecánica de la muerte, entre otras cuestiones.
Sin embargo, la pesquisa no se centraba solamente en ese peritaje sino que continuó con distintas diligencias dispuestas por los nuevos fiscales, aunque en reiteradas ocasiones chocaron con la postura de la magistrada que seguía a cargo del expediente.
Casi un mes después del hallazgo del cadáver de Fernando, otro pescador de Cuatreros que recorría el cangrejal encontró una mochila a pocos metros del sitio en el que había sido localizados los restos de la víctima y al advertir que en el interior de la misma estaba la licencia de conducir de la víctima la entregó inmediatamente a la Policía Nacional.
Además de esa licencia, los investigadores hallaron dos teléfonos celulares deteriorados y sin chip, y una muda de ropa que presentaba daños, por lo que estos elementos fueron sometidos a distintos peritajes para determinar si se correspondían con la biodiversidad del lugar, las condiciones climáticas y/o la acción de otras personas.
Y entre esa ropa, los investigadores identificaron el mismo pantalón oscuro que vestía Fernando al momento de ser fotografiado de espaldas y junto al patrullero en Jakov, cuando había sido interceptado por Suárez y Contreras. 
Todos estos objetos fueron reconocidos por Catalina, mientras que los pesquisas continuaban buscando el DNI de Fernando, el cual, curiosamente, había sido utilizado días después de su desaparición de dar de alta dos líneas de telefonía celular.
Por ello, los expertos del Cuerpo de Investigaciones Judiciales de la Procuración iniciaron un estudio mediante la técnica “chip-off” para extraer la mayor información posible de los celulares encontrados adentro de la mochila y determinar si, a su vez, habían sido utilizados con esas dos líneas abiertas vaya a saber por quién, dado que en ese momento el titular del documento estaba supuestamente desaparecido.

NO FUERON LOS CANGREJOS VI


VI

El fin de semana largo de mediados de agosto comenzó con una “cuarentena” menos estricta en el Área Metropolitana, mientras que en el Interior aumentaba la circulación del Covid-19. A nivel nacional se registraban cerca de 6500 nuevos contagios en un día, y el comisario general Piedrabuena se convertía en uno de los nuevos enfermos de coronavirus, aunque su cuadro era leve y permanecía en reposo y aislado en su casa.
Y si bien se mantenía el ASPO, cada vez más ciudadanos se sentían hartos del encierro y ya no lo respetaban como en los primeros meses, aunque gran parte de ellos, sobre todos los trabajadores informales, no tenían otra opción que salir a buscar algún empleo o changa para poder comer ya que los subsidios del Estado para los afectados por las restricciones no alcanzaban.
También estaban aquellas personas que salían a pasear o esparcirse, como los tres hombres que el sábado 15 fueron a pescar al cangrejal contiguo a Cuatreros, en la zona vieja de San Basilio, un partido con casi 12 mil kilómetros cuadrados que había sido fundado en honor a un piloto naval de finales del Siglo XVIII, reconocido explorador y un aficionado investigador de la fauna de la costa de la región, en la que se destacaban los crustáceos.
Los cangrejos de mar como los de ese estuario suelen comer peces, otros crustáceos más pequeños, crías de tortuga, algas, plancton, gusanos y cadáveres de aves acuáticas, así como cualquier resto de animal muerto. 
Pero normalmente no atacan a los seres humanos y si lo hacen sólo provocan heridas menores, unos pinchazos apenas imperceptibles. 
San Basilio era la cabeza del partido al que pertenecían todas las demás localidades en las que Fernando había sido buscado, excepto por la Ciudad de la bahía, que tenía su propia autonomía y, a su vez, albergaba la sede de la Jefatura Departamental de Policía Local intervenida. 
Y fue uno de esos pescadores el que observó un cuerpo esqueletizado semienterrado en la arena y quien alertó inmediatamente al 911, por lo que rápidamente los policías nacionales, bomberos y autoridades judiciales se trasladaron hasta el lugar, el cual era de muy difícil acceso y al que ingresaron cuando ya había anochecido, por lo que el operativo se tornó extremadamente dificultoso, incluso para los expertos en Antropología Forense de la Procuración que habían viajado especialmente para sumarse a la búsqueda de Fernando.
Recién por la mañana, Catalina y el abogado Pietravallo pudieron acceder al sitio del hallazgo, donde los peritos encontraron restos óseos humanos imposibles de reconocer a simple vista.
Sin embargo, a unos 30 metros de distancia, los expertos secuestraron una zapatilla que la mujer reconoció como de su hijo, lo que constituyó un claro indicio de que el cuerpo semienterrado era el de Fernando, aunque nadie podía asegurarlo en ese momento.
Pero fue la madre del joven quien al retirarse del cangrejal dijo a la prensa que ella estaba convencida de que se trataba de su hijo muerto y que creía que el cuerpo había sido “plantado” en ese lugar, el cual ya había sido rastrillado en un comienzo de la investigación.
No sólo eso, según ella, la zapatilla encontrada cerca de los restos óseos estaba “intacta”, lo que reforzaba su hipótesis.
A su vez, la mujer se mostró muy molesta porque cuando ella llegó al lugar del hallazgo advirtió que el fiscal Menéndez hablaba con el comisario general Piedrabuena cuando no tenía por qué hacerlo ya que la Policía provincial estaba apartada de la causa.
Por su parte, el jefe de la fuerza, desde el aislamiento que cumplía en su propia casa, se encargó de desmentir esa supuesta conversación con el magistrado en declaraciones a distintos medios de comunicación, al tiempo que reiteró que el personal a su cargo no era responsable de lo sucedido y que si bien ya se había iniciado una investigación de Asuntos Internos, por el momento no había ningún elemento que justificase una sanción para los efectivos.
“Queremos que el caso se esclarezca lo más rápido posible. Lo más importante es llegar a la verdad”, afirmó el comisario general.

NO FUERON LO CANGREJOS V


V

Luego de las denuncias por amenazas, el allanamiento al puesto de vigilancia de Bleriot, la intervención de la Jefatura Departamental de la Policía Local y la separación del jefe de calle de Jakov, distintos organismos, nacionales e internacionales, por los Derechos Humanos instaron públicamente al Estado a tomar medidas para no sólo hallar a Fernando sino también para proteger a los testigos de la causa.

En tanto, la Procuración General de la Nación dispuso que dos fiscales federales especialistas en violencia institucional, Albert y Hurt, se sumaran a la investigación del fiscal Menéndez y este nuevo equipo, con base en territorio porteño, es decir, a unos 700 kilómetros de distancia del lugar del hecho; se enfocó en recabar más información sobre otros móviles policiales que podrían haber tenido contacto con Fernando o permanecido en la zona al momento de la desaparición.

Esas diligencias arrojaron rápidamente que el 8 de mayo un móvil de la Policía Local, perteneciente a una dependencia de la Ciudad en la bahía, estuvo ubicado en cercanías al estuario contiguo a Cuatreros. Y llamó la atención que no estuvo de paso, sino que se quedó varios minutos en el mismo sitio.

Al secuestrar ese móvil, los peritos hallaron un trozo de piedra turmalina de color negro entre un montoncito de tierra que había en el interior del baúl, el cual fue reconocido por Catalina como parte de un colgante que ella le había regalado a su hijo. 

Estos avances en la pesquisa llevaron a Pietravallo a reiterar ante la Cámara de Apelaciones su pedido para imputar y detener a los policías involucrados, pero el requerimiento volvió a ser rechazado por los mismos argumentos que había expuesto anteriormente la jueza Marrone.

Pero a diferencia de aquella ocasión, ahora, el abogado de Catalina contaba con el dictamen favorable de los nuevos fiscales, aunque ni esto fue suficiente para torcer el rumbo de la investigación.

Ya habían pasado casi cien días desde la desaparición de Fernando, cuando la oficial Ferrara fue citada por Albert y Hurt para ampliar su declaración testimonial y en esta oportunidad, a preguntas de los instructores judiciales, aportó más detalles y brindó algunas apreciaciones personales.

Si bien no pudo precisar el horario de su encuentro con el joven -lo estimó entre las 12.30 y las 13- la efectivo recreó el diálogo que mantuvo con él, quien, según ella, le explicó que estaba yendo a la Ciudad a buscar trabajo ya que debido a la pandemia había perdido su puesto en una cervecería del Fortín y que ya no podía seguir viviendo con su madre.

“Como su la mamá se oponía a que se fuera, él me dijo que prefirió no comentarle sus planes”, declaró Ferrara, quien remarcó que ella estaba preocupada por la desaparición de Fernando y que le molestaba que las sospechas recayeran sobre el personal policial.

“No saben lo mal que me siento porque fui una de las últimas personas que lo vio. Quiero que aparezca sano y salvo para no sentirme culpable”, afirmó.

Ferrara también manifestó que se sentía “hostigada” por el abogado Pietravallo, quien cada vez que cruzaba con ella le exigía que contara la verdad y dejara de “encubrir” a sus compañeros.

Y en el día 100, el letrado recibió un llamado anónimo con una supuesta pista que apuntaba a unos restos óseos que yacían en un desagüe de un camino de tierra cercano a la ruta, unos kilómetros más adelante del puente ferroviario, por lo que alertó de esta situación a los fiscales, quienes solicitaron una inmediata inspección en el lugar, adonde se dirigió Catalina para ver si podía reconocer aquello que pudiera ser encontrado allí.

Efectivamente, los restos óseos –presumiblemente humanos- estaban dentro del caño del desagüe, por lo que los peritos los secuestraron y enviaron a analizar a los laboratorios, y mientras se aguardaban los resultados, a unos 400 metros de distancia de ese sitio se hallaron prendas de vestir y zapatillas, pero estas no fueron identificadas por la madre de Fernando.


NO FUERON LOS CANGREJOS IV


IV

La madre de Fernando no se conformó con el apartamiento de la Policía provincial de la investigación del caso y, tras constituirse como particular damnificado a través del abogado Pietravallo, solicitó a la Justicia de Garantías que la causa pasase de la Fiscalía de Instrucción al Fuero Federal y que, a su vez, se la caratulara como una “desaparición forzada de persona” ya que había una fuerza de seguridad estatal involucrada.

Y una vez que el expediente quedó bajo la órbita del Juzgado Federal de la jurisdicción, con asiento en la Ciudad de la bahía y que abarcaba una vasta región de cientos de kilómetros a la redonda, y la Policía Nacional se abocó al operativo de búsqueda, entre otras tareas de campo, la pesquisa avanzó, lentamente, pero lo hizo.

Más allá de ampliar las declaraciones de los policías, el fiscal federal Menéndez dispuso el análisis de los teléfonos móviles de todos ellos y así se pudo recuperar la fotografía de Fernando junto al patrullero en Jakov tomada la mañana del 1 de Mayo por Contreras y con un celular de Suárez.

Pero esta imagen no se halló en ese aparato ya que el oficial dijo que lo había perdido y como tenía dos no lo repuso, sino que se obtuvo a través de la compañía telefónica.

La mencionada foto fue una pista que permitió a los investigadores determinar cómo estaba vestido Fernando, quiénes lo interceptaron, el horario y la identificación del móvil policial.

Mientras que del celular de Contreras sí se secuestró el audio con las indicaciones de Domínguez y que también resultó de gran relevancia para la pesquisa ya que en la jerga policial, “bajar” significaba trasladar a la dependencia. 

Mientras que el sistema de georreferenciación instalado en el patrullero de Jakov involucrado indicó que el móvil se dirigió hacia la dependencia de esa localidad tras la interceptación de Fernando, lo mismo que sucedió con el móvil del Galvagni.

En base a todos estos elementos, Pietravallo solicitó la imputación y detención de los policías investigados, pero la jueza federal Marrone, que debía velar por el debido proceso de instrucción a cargo del fiscal Menéndez, rechazó ese pedido por falta de pruebas, por lo que el abogado recurrió esa decisión ante la Cámara de Apelaciones del mismo fuero, que tampoco hizo lugar a su planteo.

Además, el letrado pidió ante la Cámara la recusación del fiscal y de la jueza, lo que también fue rechazado. 

En tanto, los operativos de rastrillaje a cargo policías nacionales y bomberos; con perros adiestrados, móviles terrestres y aéreos, y hasta un dron; se sucedían en toda la zona aledaña a la bahía, Cuatreros, el estuario, las vías, Bleriot, Jakov y El Fortín.

Y ante cada hallazgo de algún elemento sospechoso se encendían alarmas de todo tipo: de la familia, por un lado; y de la Policía provincial, por el otro; que mantuvieron distintos contrapuntos. Uno de ellos cuando Pietravallo denunció al jefe de calle Gamarra por amenazas luego de que le cuestionó el haber estado presente en un procedimiento del que sólo podían participar los policías nacionales.

Es más, la novia de Fernando denunció que otros efectivos provinciales la habían interceptado cerca de su casa, en la Ciudad, y advertido, también con tono amenazante, que dejara “de tirarle mierda” a la fuerza.

El clima tenso entre ambas partes aumentó aún más cuando el 31 de julio se allanó el puesto de vigilancia de Bleriot y en un montículo de basura se encontró un amuleto de madera, el cual fue identificado por Catalina como propiedad de Fernando.

“Se lo regaló mi mamá y es igual a los que también tienen los dos hermanos de Fer. Es para la suerte y de un gran valor afectivo. Por eso siempre lo llevaba en su mochila”, declaró la mujer.

Además, en el libro de guardia de dicha dependencia figuraban los datos de Fernando: nombre y apellido, DNI, y domicilio al cual se dirigía en la Ciudad.

Y a raíz de estos últimos episodios, el comisario general Piedrabuena decidió intervenir la Jefatura Departamental a la que pertenecían las dependencias de la región y separar a Gamarra de su cargo.


NO FUERON LOS CANGREJOS III

 


III

El hombre conducía su automóvil por la ruta desierta y en dirección a la bahía. Sólo lo acompañaba una voz en la radio que no lograba quitarle el aburrimiento, el cual se potenciaba con la monotonía del paisaje que lo rodeada. Por ello, apenas vio a Fernando haciendo dedo sobre la banquina, a la altura de Bleriot, decidió llevarlo.

-¿Hacia dónde vas? –preguntó el conductor.

-A la ciudad –respondió el joven.

-Yo también. Te puedo dejar ahí.

-No hace falta. Además, prefiero bajarme antes del puesto de control del kilómetro 714. Dónde está el puente ferroviario. ¿Puede ser?

-Sí, no hay problema. Pero, ¿para qué te querés bajar ahí?

-Porque quiero pasar primero por lo de un amigo.

-Ok. Como quieras.

Así fue que unos treinta kilómetros más adelante Fernando descendió del auto y comenzó a caminar por las vías del ferrocarril que se extendían al Este de la ruta y a medida que se adentraba en el estuario se alejaba de la misma hasta llegar a la estación de Cuatreros, localidad en la que vivía su amigo Javier y que se ubicaba cerca del puerto.

Toda esa zona que recorría el tren era un terreno que cambiaba al ritmo de las mareas pero, al mismo tiempo, trazaba una diagonal que permitía acortar las distancias con la Ciudad ya que la ruta debía extenderse por más kilómetros para bordear la costa en forma de herradura.

Además, las vías eran un camino supuestamente seguro ya que estaban bastante por encima del nivel del mar y no se inundaban prácticamente nunca.

Por su parte, Javier recibió esa misma tarde un mensaje de texto a su celular desde la línea de Fernando en el que éste le comentó que estaba sin señal y con poca batería, y que en un rato lo llamaría, pero esto no ocurrió.

Y como su amigo tampoco llegó a su casa, al anochecer le envió un mensaje para saber dónde estaba, pero la línea de Fernando no acusó recibo.

“Algo está pasando. El último mensaje que me mandó fue raro. Fer no escribe de esa forma”, le dijo Javier a sus padres, quienes alertaron de lo ocurrido a Catalina, la madre de Fernando que, a su vez, decidió esperar hasta la mañana siguiente para ir a denunciar la desaparición de su hijo en la comisaría del Fortín, donde iniciaron actuaciones por “averiguación de paradero” y dieron intervención a la Fiscalía de Instrucción en turno.

Tanto en sede policial como judicial, la mujer declaró que el último contacto que ella había tenido con su hijo había sido a las 13.30 del feriado, cuando lo llamó para preguntarle dónde estaba, aunque él no quiso decírselo y cortó.

Catalina dijo que también se comunicó con Lucía porque sospechaba que Fernando se dirigía a la Ciudad; sin embargo, la joven le explicó que él nunca había llegado allí.

Pero a pesar de lo extraño que resultaba esta situación, los policías de la zona evidenciaron poco interés en la búsqueda del joven, por lo que la madre y los amigos de éste iniciaron una campaña a través de las redes sociales para difundir el caso y pedir a toda aquella persona que hubiera visto a Fernando o supiera algo de él se presentara a declarar como testigo.

Entonces, los policías Gamarra, Suárez, Contreras, Domínguez y Galvagni debieron dejar asentado oficialmente cuál había sido la supuesta intervención de cada uno de ellos y al hacerlo negaron rotundamente haber llevado al joven detenido hasta alguna de las dependencias de la jurisdicción y aseguraron que le indicaron que regresara a su domicilio porque no estaba autorizado para circular en “cuarentena”.

Al mismo tiempo se descubrió que la automovilista que había llevado a Fernando desde Jakov a Bleriot, de apellido Ferrara, era también policía provincial y que cuando se encontró con el joven estaba de franco y vestida de civil.

Además, se supo que esta efectivo era la actual pareja de Suárez y prima de Contreras.

“En el viaje charlamos y me di cuenta que yo conocía a la madre del chico, pero cuando se lo comenté a él, me dijo que no le contara a nadie, especialmente a Catalina, a dónde se dirigía”, explicó Ferrara en la fiscalía.

Mientras que Galvagni agregó que él, antes de regresar su puesto de vigilancia, alcanzó a ver a la distancia que Fernando subía a un auto particular que transitaba por la ruta en dirección a la Ciudad aunque, aclaró, que no podía identificar al vehículo ni a su conductor porque se encontraba demasiado lejos.

En tanto, otro automovilista declararía luego que alrededor de las 16 de aquel 1 de Mayo, él regresaba a Jakov y a la altura del puente ferroviario se cruzó con una camioneta policial, perteneciente al destacamento de su pueblo y con varios efectivos uniformados a bordo.

De todos modos, la búsqueda de Fernando recién cobró impulso un mes después de su desaparición, cuando el caso llegó a los medios masivos de comunicación. Y fue la presión mediática la que colocó a la Policía provincial bajo la lupa, al punto que en pocas semanas terminó siendo apartada definitivamente de la investigación, a pesar de que el jefe de la fuerza, comisario general Piedrabuena, afirmaba públicamente que ningún efectivo era responsable de lo sucedido con el joven.


NO FUERON LOS CANGREJOS II


II

Después de caminar bajo un agradable sol un par de kilómetros desde la primera a la segunda entrada de Jakov, Fernando, quien vestía una campera deportiva azul con capucha y unos pantalones del mismo tono oscuro que su mochila, fue interceptado por dos oficiales de la Policía Provincial, Suárez y Contreras; quienes patrullaban ese tramo de la ruta a bordo de un móvil del destacamento local.
Los efectivos procedieron a identificarlo mediante su DNI, pero como el joven no tenía autorización para circular en el marco del ASPO lo demoraron, mientras consultaban vía telefónica con sus superiores de turno qué medida adoptar con él.
En el destacamento se encontraban aquella mañana del Día del Trabajador la oficial Domínguez y el jefe de calle Gamarra.
-¿Qué hacemos con este pibe? –preguntó Contreras desde su propio celular.
-Gamarra dice que le saques una foto a él y a su DNI y que me las mandes, así yo labro el sumario acá –respondió Domínguez-. Ah, y dice el jefe que si el pibe se hace el piola que lo bajen.
Tras esa conversación, Contreras tomó el celular de Suárez y con ese dispositivo lo fotografió a su compañero junto a Fernando de espaldas junto al patrullero.
Y si bien el procedimiento indicaba que la Policía debía dar intervención al Juzgado Federal de turno por el incumplimiento de la “cuarentena”, ninguno de estos efectivos lo hizo.
Por su parte, Fernando siguió su marcha a pie por la ruta, haciendo dedo, hasta que una automovilista lo llevó unos 25 kilómetros hasta el ingreso al siguiente pueblo, una comuna de apenas 150 habitantes que se había establecido a principios del Siglo XX alrededor de una estación de trenes y que debía su nombre a una aeronave militar que durante una expedición se había estrellado en ese diminuto territorio: Blériot.
Además de un puñado de empleados ferroviarios, allí sólo había una escuela, un jardín de infantes, un club social y deportivo, dos comercios y un puesto de vigilancia policial, los cuales estaban rodeados por calles de tierra y unos pocos árboles.
Pero Fernando no entró al pueblo sino que se recostó entre los amarillentos pastizales de la banquina de la ruta nacional para descansar ya que habían pasado diez horas de su partida de la casa de su amigo en El Fortín.
Desde esa posición, el joven pudo apreciar unas vacas pastando detrás de un alambrado de púas, pero no advirtió detrás suyo y de la mano contraria a dos muchachos que habían salido a caminar, aprovechando el clima diáfano del feriado, y entraban a Blériot por un sendero de ripio.
-¿Y ése quién es? –preguntó uno de estos chicos, que tenía una edad aproximada a la de Fernando, aunque éste aparentaba ser menor por su delgadez, baja estatura y menuda contextura física.
-No sé. Parece un nene perdido –contestó el otro muchacho.
-Voy a avisarle a mi viejo para que llamé al puesto de vigilancia, por las dudas.
Estos dos chicos continuaron por su camino y minutos después el teniente primero Galvagni, del puesto de vigilancia, se acercó hasta dónde se encontraba Fernando, quien ya había reanudado su marcha y caminado unos seis kilómetros más.
En esas circunstancias, el policía identificó al joven, quien le mostró su carnet de conducir, y se comunicó con la comisaría más cercana para consultar cómo proceder y desde allí le indicaron que debía dejarlo continuar.
Antes de hacerlo, el efectivo fotografió el carnet de conducir de Fernando con su celular y dejó asentado lo actuado en su libreta. Ya eran alrededor de las 15.45 y al joven aun le faltaban recorrer unos 70 kilómetros hasta la Ciudad. 

NO FUERON LOS CANGREJOS

Un joven desaparece misteriosamente en pleno aislamiento durante la pandemia de coronavirus, en una zona despoblada, de difícil acceso y con un clima adverso; tras lo cual, la Policía queda bajo sospecha.


I

El Fortín era una localidad de 9.500 habitantes ubicada en el extremo sudeste de la provincia, cercana a las costas del océano Atlántico, donde los pueblos originarios fueron desplazados de allí por el Ejército durante la segunda mitad del Siglo XIX y justo antes del inicio de la Primera Guerra Mundial se produjo la fundación “oficial” de la comuna, la cual estuvo a cargo de unos hermanos vasco franceses.
Y como tantos otros pueblos de esa región, éste pasó a estar habitado en un comienzo por inmigrantes de distintas partes del mundo, como sus fundadores: alemanes del Volga, yugoslavos, húngaros, italianos, españoles, checoslovacos, sirios y libaneses, que establecieron sus predios rurales en una zona que luego sería declarada como “desfavorable”, como la vecina Patagonia, con vastas extensiones territoriales, enormes distancias entre una localidad y otra, y un clima riguroso, sobre todo en otoño e invierno.
Por su parte, Fernando, de 22 años, había nacido y vivido toda su vida junto a su familia en dicha localidad, aunque su novia, Lucía, residía en la Ciudad ubicada unos 120 kilómetros al norte, en la bahía que albergaba uno de los principales puertos del país.
De todos modos, no fue esa considerable distancia lo que provocó que la pareja entrara en una especie de impasse, sino la maldita pandemia por coronavirus, la cual alteró todos los aspectos de la vida cotidiana. 
A fines de abril de 2020, tras más de un mes de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) decretado por el Gobierno Nacional para tratar de frenar el avance del Covid-19, Fernando extrañaba a Lucía y estaba decidido a ir a verla, aunque esta “cuarentena” estricta le prohibía salir del Fortín. De hecho, sólo se permitía salir del hogar para tareas esenciales.
En ese marco, sin poder estudiar ni trabajar en forma presencial, Fernando pasó la noche del 30 de ese mes en la casa de un amigo, que vivía en su mismo barrio. Y alrededor de las 5 de la mañana siguiente se armó de suficiente valor para iniciar el extenso recorrido hasta el domicilio de su novia.
Y lo hizo a pie, ya que no tenía ningún vehículo propio ni funcionaba medio de transporte público alguno, excepto para quiénes estaban autorizados, lo que no ocurría en su caso.
“Me cansé de esperar. Me voy”, le dijo a su amigo al despedirse, tras lo cual, se dirigió hasta la ruta, cargando una mochila con una muda de ropa y otras pertenencias.
Y caminando a oscuras y con frío por la banquina, y en ocasiones por la propia traza de la ruta aprovechando el casi nulo tránsito vehicular, recorrió los primeros 17 kilómetros, cruzado los cauces de varios cursos de agua que terminaban desembocando en el mar, el cual, a medida que él avanzaba se iba acercando al horizonte a su derecha, aunque no lo alcanzaba a divisar aún.
Claro que no era un paseo, ya que el ASPO, además de prohibir la circulación en la vía pública, establecía la intervención de las fuerzas de seguridad para que hicieran cesar la acción de quien la violara, por lo que Fernando debía estar muy atento para pasar inadvertido.
Y alrededor de las 8.30, cuando ya había comenzado a clarear, se detuvo a descansar detrás de una estación de servicios situada a la vera del camino y luego de un rato comenzó a hacer “dedo”.
Fue entonces cuando un automovilista particular aceptó llevarlo y lo condujo otros 16 kilómetros hasta el ingreso a la localidad de Jakov, un pueblo aún más pequeño que el Fortín, fundado por constructores de origen croata que habían participado de la obra en el famoso Canal de Suez, en Egipto, y que luego formaron parte de la denominada "Conquista del Desierto".
El automovilista residía allí, por lo que dejó a Fernando al costado de la ruta y siguió su camino hacia el casco urbano; mientras que el joven reanudó su marcha a pie, a la espera de que algún otro conductor se solidarizara con él. Sin embargo, no fue un vehículo particular con el que se cruzó a continuación, cerca de las 10.

Diario de un crimen: 179


Poco antes de cumplirse los seis meses de cometido el crimen de Francis, desde los laboratorios de la Policía Federal surgieron los resultados de la última medida de prueba “clave” para la causa, al punto que tras incorporar este informe de los peritos al expediente decidió clausurar la etapa de instrucción, y así se lo comunicó al doctor Estévez, quien, una vez más, le expresó su total apoyo.
De hecho, fue el propio fiscal general quien se encargó de dar a conocer estas novedades a la prensa que, por entonces, estaba  más enfocada en los efectos de la pandemia por coronavirus. De hecho, algunos medios se mostraban aún más preocupados por la cuarentena que por la transmisión del virus en sí, cuando esto último era el verdadero problema de fondo a resolver.
A su vez, los abogados de la familia de Francis avalaron tanto los resultados del último peritaje como la decisión de cerrar la etapa de instrucción de la causa y elevarla a juicio oral, al tiempo que destacaron que a partir de esto quedaba claro qué rol tuvo cada uno de los imputados en el ataque “en manada” que sufrió la víctima.
Por su parte, los padres de los acusados continuaron con su bajo perfil y evitaron realizar cualquier comentario al respecto, en especial, los de Martín, quien fue el más comprometido por los recientes avances de los peritos.
Es que un estudio scopométrico reveló que una de las patadas que recibió la víctima en su rostro fue realizada por dicho rugbier.
Los peritos cotejaron dos improntas de patada que se tomaron de la cara de Francis, a partir de las cuales primero se elaboró un perfil de calzado, con las zapatillas que se les secuestró a los diez sospechosos en la casa de veraneo.
Y antes de arribar al resultado final, también se los tomó nuevas huellas plantares a todos los acusados para poder completar la diligencia.
A partir de todo ese material, el cotejo dio resultado positivo entre la huella más grande y una zapatilla de lona y con suela de goma perteneciente a Martín; en tanto que de la otra impronta no se pudo establecer una coincidencia porque era muy pequeña.
De esta manera se confirmaba la versión de los testigos que señalaron a este rugbier como la persona que le aplicó patadas a Francis cuando éste ya estaba tirado en el suelo, sin poder defenderse.
Pero más allá de los roles que tuvo cada uno de los agresores, la fiscalía sostenía que hubo una “coautoría funcional”, en la que todos realizaron un aporte indispensable para consumar el homicidio. Es decir, que no hubo una sola patada mortal sino que todos los golpes contribuyeron a la muerte de Francis.
Mientras tanto, a los padres de la víctima sólo les quedaba aguardar a que se hiciera justicia… lo antes posible.

AA
Agosto 2020

Diario de un crimen: 86


La investigación por el crimen de Francis avanzó rápidamente, realmente como pocas; hasta que su marcha frenó en forma abrupta al toparse de frente con la pandemia por coronavirus, la cual derivó en un aislamiento de la sociedad a nivel mundial y, sobre todo, en Argentina, donde la cuarentena fue más estricta y prolongada.
A raíz de esta situación, el Poder Judicial entró en una feria extraordinaria indefinida, por lo que la audiencia oral que se iba a llevar ante la Cámara de Apelaciones de la Costa se suspendió primero provisoriamente y luego, con el correr de las semanas en forma definitiva.
De todos modos, los camaristas debían resolver la apelación de la defensa de los rugbiers, quienes al igual que el resto de la población carcelaria del país decidieron no aceptar visitas en el penal para respetar el protocolo sanitario.
A su vez, los presos pasaron a tener teléfonos celulares para poder comunicarse con sus seres queridos sin utilizar el mismo aparato que el resto.
Paralelamente, los detenidos con enfermedades de base respiratorias y cardiovasculares, y los que tenían más de 60 años, pasaron a formar parte de los grupos de riegos ante el avance del Covid-19, por lo que comenzaron a solicitar excarcelaciones y arrestos domiciliarios para salir del encierro en las prisiones.
Sin embargo, nada de esto ocurrió con los ocho acusados del crimen de Francis, quienes no padecían ningún problema de salud y estaban lejos de la edad de riesgo; por ende, siguieron alojados en sus mismos calabozos. Tampoco tuvieron que aislarse del resto de la población ya que en esa condición habían ingresado al pabellón y así continuaban.
Por su parte, Leopoldo Demarco, uno de los integrantes de la Sala I de la Cámara que debía resolver la apelación de la defensa de los rugbiers, sí formaba parte del grupo de riesgo, por lo que pidió una licencia.
A raíz de ello debió sortearse una nueva composición de la sala pero cuando parecía que el fallo se iba a tratar con el nuevo juez designado, la Cámara decidió que ya que no se iba a realizar una audiencia oral y el tratamiento de la cuestión podía efectuarse respetando el aislamiento, por lo que Demarco volvió a asumir su rol inicial.
Todo esto derivó en un largo impasse ya que cada decisión judicial se llevaba a cabo de manera electrónica y no presencial, lo que demandó semanas. Y esto motivó que el fiscal general Estévez emitiera un dictamen solicitando celeridad en el trámite.
Finalmente, el fallo de la Sala I de la Cámara se conoció 86 días después de cometido el crimen, 50 más tarde de que el juez Martínez dictó el procesamiento con prisión preventiva de los imputados.

En tanto, uno de los cuestionamientos de la defensa fue la incorporación del testigo Lisandro en las ruedas de reconocimiento. Al respecto, el abogado Torelli sostuvo que en su declaración testimonial este amigo de Francis dijo que no estaba seguro de poder reconocer a los tres supuestos agresores que él llegó a ver y que sólo describió vagamente a dos de ellos. Sin embargo, este joven se comunicó posteriormente con la fiscalía y afirmó que sí podía hacerlo, por lo que se lo citó a las ruedas sin volver a tomarle declaración bajo juramento.
La defensa cuestionó este procedimiento y agregó que hubo una “desmesurada saturación informativa que implicó la constate difusión de las imágenes de los imputados en una suerte de cadena nacional espontánea que se encargó del resto”.
Sin embargo, el juez Demarco sostuvo que “no hubo violación a norma legal alguna” y aclaró que la diligencia en rueda de reconocimientos se realizó “bajo juramento de ley” y que “nada impidió que, en esa oportunidad, la defensa interrogara o preguntara sobre su aparente cambio”.
Torelli también cuestionó la validez de la declaración de Tommy que el acta de la testimonial no fue firmada por la fiscal Zambrano sino por un auxiliar letrado, aunque ella figuraba como presente en la audiencia, lo que fue rechazado por Demarco, quien consideró que la defensa no demostró, “ni siquiera mínimamente, cuál fue el perjuicio que le ocasionó la falta de firma” de la funcionaria.
Otro punto criticado fue que la fiscalía supuestamente no se tomó más de cinco minutos en realizar cada una de las diez indagatorias y que de esa forma resultó imposible “comunicar derechos; hacer saber la intimación; informar detalladamente los hechos; la prueba; explicar el derecho a excarcelación; anotación de los datos personales; dar lectura a viva voz y luego firmar todos los presentes las actas respectivas”.
Además, según Torelli, quien no participó de las indagatorias porque él asumió la defensa a posteriori, las actas no contaban con las firmas de todos los funcionarios que nombraba, por lo que se trataba de un delito de “falsedad ideológica”.
“La defensora oficial estuvo presente, mantuvo entrevista previa, puso en conocimiento de los imputados las prueba y los hechos, fue quién les aconsejó que no declaren, ejerció su mandato y estampó su firma en cada una de las declaraciones”; por lo que estas últimas fueron recibidas “conforme a derecho, sin violación a garantía constitucional alguna”, abundó el Demarco, con quien coincidieron luego en sus respectivos votos los otros dos camaristas de la misma sala.
Luego la defensa pidió un cambio de calificación legal al sostener que “extraer el dolo de causar la muerte sólo de una situación particular parece en principio discutible”, y afirmó que los testigos que declararon días después del crimen, tras “escuchar y ver las noticias”, modificaron sus dichos de manera “sospechosa e inquietante”.
También dijo que los acusados se comportaron de manera “tranquila” y “pueril” tras el hecho, lo que implicaba que no habían organizado “para matar”.
Por su parte, Demarco destacó que el defensor no especificaba una calificación alternativa, por lo que la inicial llegaba a esa instancia “firme”;  al tiempo que opinó que “esa falta de nerviosismo, de normal actitud” cuando a los rugbiers los abordó el personal policial demostró que se trataba de “personas frías y calculadoras”.
Y añadió en referencia a esa actitud el mensaje de voz en el grupo de Whatsapp en el que se dijo “caduco”, que en este caso “significa murió”.
Por último, el camarista entendió que dado que la calificación legal estaba firme y la pena en expectativa era la de prisión perpetua, existían “riesgos procesales” que justificaban la prisión preventiva dictada en primera instancia.
“No puede dejar de señalarse la cantidad de intervinientes contra una sola persona, la brutalidad de la golpiza ejercida contra la víctima, el motivo fútil que llevó al accionar de los imputados a darle muerte, el desprecio total por la vida ajena. Fue, simplemente, una cacería humana”, sostuvo Demarco.
Y concluyó citando una frase del escritor Joseph Conrad que decía “la creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria, los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad”.

Casualidad o causalidad, lo cierto es que apenas unas horas después que el fallo de la Cámara se difundió públicamente, también llegó a las redacciones de los principales medios periodísticos los resultados preliminares de las pruebas de ADN realizadas por la Policía Científica sobre los rastros levantados del cuerpo de la víctimas, la ropa y el calzado, entre otros elementos, secuestrados en la casa alquilada por los rugbiers y las muestras tomadas de los propios acusados.
En total, los peritos oficiales y de parte analizaron 116 muestras y determinaron que había sangre de Francis en “una camisa blanca floreada” de Marcos; y que debajo del meñique izquierdo de la víctima se halló el perfil genético del imputado Bruno; lo que comprometía aún más a estos dos rugbiers.


Diario de un crimen: 35 y 36

El juez de Garantías Darío Martínez dispuso, antes de resolver si aceptaba o no el requerimiento de la fiscalía, realizar una audiencia para que todas las partes, en especial la defensa de los rugbiers, tuviesen la oportunidad de exponer en forma presencial y oral sus argumentos a favor y en contra del planteo de la doctora Zambrano.
Todos los acusados tenían un mismo abogado, el doctor Torelli, quien fue el principal orador durante dicha audiencia, la cual se celebró en la villa turística, que seguía convulsionada por el crimen de Francis, a más de un mes de cometido el hecho.
Aquella fue una extensa jornada que comenzó cuando los ocho detenidos fueron trasladados antes del amanecer desde la cárcel hasta el Juzgado de Garantías bajo un fuerte operativo de seguridad que fue filmado casi en forma íntegra por las cámaras de los distintos móviles periodísticos que siguieron los vehículos del servicio penitenciario por las distintas rutas y caminos.
Los rugbiers llegaron esposados y escoltados a primera hora de la mañana y en la puerta del juzgado los aguardaba un grupo de vecinos se había reunido allí con pancartas con la foto de Francis y leyendas en reclamo de justicia. “¡Asesinos!”, gritaban los manifestantes más exaltados.
En esta oportunidad no hubo presencia de turistas ya que la temporada de verano estaba por terminar los turistas, a lo que se sumaba que la sede judicial se ubicaba lejos del centro de la villa y en el medio de un barrio de residentes permanentes.
El recinto del juez Martínez no era demasiado amplio, por lo que sólo pudieron ingresar a la audiencia los acusados, abogados y empleados judiciales; mientras que los familiares de los rugbiers permanecieron en una sala contigua.
Durante su exposición, el defensor Torelli solicitó al magistrado una morigeración de la prisión preventiva y sugirió un arresto domiciliario con monitoreo electrónico para los ochos imputados.
En tanto que los abogados Barrera y Alvarez pidieron sumar a la acusación los agravantes de “alevosía” y el de matar “por placer”; lo cual no cambiaba la pena en expectativa porque los rugbiers ya estaban imputados de “homicidio calificado”, aunque sí describía un accionar extremadamente violento ya que implicaba que se aprovecharon del estado de indefensión de la víctima y que lo asesinaron por ninguno motivo más que porque así lo quisieron.
Por su parte, la fiscal Zambrano ratificó todos los extremos de su requerimiento y aclaró que como aún restaban conocerse los resultados de distintos peritajes, en los próximos días iba a ampliar su acusación.
Antes de finalizar la audiencia, el juez brindó a los imputados la posibilidad de realizar algún comentario o declaración, aunque estos dichos no iban a tener ninguna validez en el expediente.
Fue Bruno el único de los acusados que aceptó hablar y tras ponerse de pie se dirigió brevemente al magistrado: “Nunca tuvimos la intención de matarlo.”
Minutos después del mediodía, el juez dio por concluida la audiencia y los rugbiers fueron trasladados inmediatamente de regreso a la cárcel, lo que demandó otras dos horas de viaje.
Y al retirarse del juzgado, otra vez los vecinos agitaron sus pancartas y los insultaron. “¡Gusanos!”, se escuchó gritar a más de uno de los manifestantes.
En tanto, el defensor Torelli aprovechó para presentar en la mesa de entradas del despacho del magistrado una denuncia contra la doctora Zambrano por supuesta privación ilegítima de la libertad, falsedad de instrumento público e incumplimiento de los deberes de funcionario público.
Además, el abogado de los rugbiers pidió la nulidad de una testimonial, de una rueda de reconocimiento y las indagatorias por considerar que hubo irregularidades durante la realización de las mismas que las invalidaban.
Y si bien estos planteos fueron remitidos al fiscal general de la costa, David Estévez, para que se pronunciara al respecto antes de que el juez tomase una decisión, Martínez dejó en claro cuál era su criterio sobre la causa cuando un día después de la audiencia oral dictó la prisión preventiva de los ochos acusados.
En su fallo, el magistrado mantuvo la imputación tal cual la expuso la doctora Zambrano y remarcó los imputados “ejercieron especial violencia” sobre la víctima y exteriorizaron “un claro accionar dirigido a concretar su muerte”.
Por ello es que no sorprendió que poco después, tanto el fiscal general como el propio juez desestimaran las denuncias por irregularidades y pedidos de nulidad interpuestos por la defensa que, por su parte, recurrió estas decisiones junto al dictado de prisión preventiva ante la Cámara de Apelaciones.

Diario de un crimen: 29, 30 y 31

A pocas horas de cumplirse el primer mes del crimen de Francis, los abogados de la familia de la víctima, los doctores Barrera y Alvarez, difundieron a la prensa, aunque en off the record, los resultados del análisis de los smartphones de los acusados, en los que surgieron una serie de mensajes de texto y de audio de Whatsapp producidos durante la madrugada del homicidio y que comprometían, aún más, a los rugbiers, quienes, por entonces, acababan de ser trasladados a una Unidad Penitenciaria ubicada a mitad de camino entre el lugar del hecho y la ciudad en la que ellos residían con sus respectivas familias.
Allí, los imputados fueron alojados en cinco celdas de a dos y no mantuvieron contacto directo con el resto de los detenidos del pabellón ya que comían en sus propios calabozos y utilizaban las duchas en horarios distintos a los demás presos que en los primeros días les gritaban insultos y amenazas a la distancia.
Hasta esa vieja cárcel, en la que habían estado detenidos notorios homicidas de la historia criminal del país –muchos de los cuales habían sido defendidos en su momento por los abogados Barrera y Alvarez, quienes en los últimos años habían dejado a los acusados para ser parte querellante en las causas penales más resonantes- se dirigieron tres veces por semana los padres de los rugbiers en el marco de un régimen de visitas especial que también difería del de los otros presos.

Según el informe que los peritos informáticos de la Policía Federal entregaron a la fiscal Zambrano, los imputados formaban parte de un grupo de Whatsapp llamado “La Ovalada” y en el que además de ellos había un integrante más identificado únicamente a través de su apodo “Salvi”, lo que resultaba una novedad para los investigadores que procuraban determinar si este joven también había tenido participación en el crimen.

-Estoy yendo para la casa ¡Vengan! -dijo Lautaro en un audio del grupo a las 4.46.
-¿Dónde están? -preguntó Martín en un texto a las 4.53.
-La ubicación manda afuera del boliche -respondió César segundos después.
-¿Dónde es eso?-repreguntó Martín.
-Se los llevó el GAD -indicó César.
-¿Qué? -insistió Martín.
-Estoy buscando a César. Me dice ´vení al mercado que pasamos siempre´, estoy en el mercado a la vuelta del hotel y no está… -señaló Lautaro en un audio de las 4.55.
-Estoy en el supermercado, pero un poco más adelante -explicó César casi automáticamente.
-Martín, Ariel y yo estamos en la casa. ¿Los demás? -intervino Alexis a las 4.56.
-Ahora estoy cerca de donde está el pibe. Están todos a los gritos y llegó la Policía y la ambulancia. Parece que caducó -señaló Lautaro en un audio.
-Estamos yendo para la casa -dijo César a las 4.57.

A las 5.48, Lautaro compartió una foto en el grupo mientras estaba comiendo junto a Martín en un local de comidas rápidas del centro de la villa.
-The Police -escribió Martín a las 5.49.
-¿A qué hora cierra? -preguntó César a las 5.54.
-No cierra -respondió Lautaro.
-Vengan para la casa -sostuvo Bruno a las 5.59.
-Chicos, no se cuenta nada de esto a nadie -indicó César en un nuevo audio de las 6.06.
-Amigos, dejen de hablar -sugirió Marcos prácticamente al instante.
-Los otros chicos ya me están preguntando si nos peleamos -añadió.
-Son re loros. Paren -concluyó a las 6.07.

-La Policía está afuera de la casa -escribió César a las 10.38.
-Sí, todo mal -señaló Bruno a las 10.39.
-Salgamos -finalizó César instantes más tarde.

La difusión pública de estos mensajes fue un nuevo golpe que agitó el caso en la opinión pública que, con suma atención, siguió a través de los medios el debut de las visitas de los padres de los rugbiers a la cárcel, en cuya entrada principal los periodistas montaron guardia durante horas aunque sólo lograron obtener el testimonio de Augusto, el papá de Martín, el único de los familiares que se detuvo ante los micrófonos y cámaras para realizar declaraciones.
“No sé qué se les pasó por la cabeza, pero sí estoy seguro de que no son asesinos”, afirmó el hombre, quien llevaba colocados unos anteojos para el sol que ocultaban su mirada.
Para el padre de Martín se trató de “una tragedia lamentable” y aclaró que su hijo estaba “alcoholizado” al momento del hecho y que no recordaba la pelea, aunque esto no “justificaba” su accionar.
-¿Tiene miedo? –preguntó una periodista.
-Claro que sí. Tengo miedo de no verla nunca más en libertad –respondió Augusto.
-¿Y qué le diría a los padres de la víctima?
-Intenté llamarlos varias veces pero no pude hablar con ellos. No sabría qué decirles. Si yo tengo este dolor, no me imagino el que sienten ellos.

El día 30 fue uno muy especial porque el cumplirse el primer mes del crimen, los padres de Francis encabezaron una multitudinaria marcha frente al Congreso Nacional, la cual se replicó en las principales ciudades de todo el país. También estuvo en la primera fila de manifestantes Juliana, la novia del joven asesinado, acompañada de familiares de otras víctimas de delitos violentos.
“¡Perpetua!”, exclamaban los más exaltados; mientras que otros simplemente marchaban en silencio con velas encendidas, pancartas, afiches y banderas con la imagen y/o el nombre de Francis.
“Todo se nos vino abajo. Él era nuestro sostén. Ahora mi casa está vacía. Lo estoy esperando pero sé que no va a volver. Sólo quiero justicia”, afirmó Gabriela, la madre de la víctima, su único hijo.
La mujer fue la primera en tomar el micrófono y subirse al escenario montado en el extremo norte de la plaza frente al parlamento, cuyos alrededores estuvieron cerrados al tránsito durante horas debido a la gran cantidad de personas que se acercaron hasta allí.
“Francis era un chico decente, decente, con proyectos, y lo mataron a traición. No le dieron ni siquiera la oportunidad de defenderse”, afirmó la mujer, entre lágrimas, y sostenida de la mano por su esposo y padre de la víctima, Silvio.
Junto al matrimonio estuvo uno de los diáconos del colegio al que había asistido el joven asesinado, a quien describió como un chico “simple, sencillo, que iba de frente y actuaba desde el amor”.
Por su parte, Julieta pidió a la gente que “tenga memoria y conciencia de los que pasó” para que un hecho así no se volviese a repetir.
En tanto, Silvio se encontraba tan quebrado emocionalmente que no pudo hablar ante el público y sólo agradeció el apoyo de todos los presentes.

Las imágenes de las masivas marchas por Francis aún se repetían en los sitios web de noticias y las redes sociales cuando un día después de aquellas movilizaciones la fiscal Zambrano solicitó a la Justicia de Garantías el procesamiento con prisión preventiva de todos los acusados, excepto de Johnny y Alexis, quienes recuperaron inmediatamente la libertad desde la unidad penitenciaria y regresaron en un hermetismo absoluto a su ciudad.
En su requerimiento, la doctora valoró como pruebas de carga los testimonios, las imágenes de video, los reconocimientos en rueda y el análisis de las comunicaciones; avaló la actuación policial y consideró que los imputados acordaron un “pacto de silencio” apenas ocurrido el crimen y que hasta la actualidad lo seguían manteniendo.


Diario de un crimen: 4, 5 y 6


Una de las principales medidas de prueba que dispuso la fiscal Zambrano para avanzar en el esclarecimiento del crimen de Francis fue una larga serie de ruedas de reconocimiento a la que los detenidos se sometieron ante los distintos testigos presenciales del hecho que desfilaron durante tres jornadas por la sede de la Jefatura Departamental de la Policía Local, adonde la doctora mudó su oficina para que todo el personal afectado a la investigación pudiera trabajar cómodamente ya que el edificio de la Unidad de Funcional de Instrucción (UFI) era apenas más amplio que un consultorio médico.
Además, había que tener en cuenta la gran cantidad de acusados y testigos afectados a esta diligencia, a la que se sumaron jóvenes que los policías convocaban para sumarse a las ruedas junto a los sospechosos por su parecido físico con estos.
Así fue que los efectivos policiales, por orden de la fiscalía, en cada uno de los tres días y bien temprano por la mañana, salieron a recorrer las calles del centro de la villa turística en busca de muchachos con características fisionómicas similares a las de los rugbiers.
Los primeros en participar de las ruedas fueron los amigos de Francis que estuvieron junto a él al momento del hecho, al tiempo que la metodología diseñada por la fiscalía fue la de colocar a un solo acusado acompañado de dos “extras” ante cada uno de los testigos, razón por la cual, el desarrollo de esta medida de prueba se prolongó durante 72 horas, período en el que afuera de la Jefatura Departamental, que estuvo permanentemente rodeada por decenas de periodistas y cámaras de video y fotográficas, se tejieron infinitas versiones extraoficiales.
En este punto, la prensa parecía devorarse el caso, sin verse desalentada por el hecho de que la sede policial donde se “cocinaba” la noticia estaba ubicada en medio de los médanos, lejos del centro de la villa y bajo un sol castigador del que resultaba imposible ocultarse al aire libre ya que sólo había acacias, ni un solo pino o árbol bajo el que pudiesen refugiarse del calor y los rayos ultravioletas. Por ello, los periodistas, camarógrafos y reporteros gráficos únicamente pudieron recurrir a los vehículos que funcionaban como móviles, que aportaban un poco de sombra y aire acondicionado.

A Juancho, Leo, Lisandro, Sebastián y Tommy primero les mostraron placas fotográficas de los sospechosos y luego ellos los observaron en rueda. Todos coincidieron en señalar a Martín como la persona que primero le aplicó golpes de puño a Francis cuando éste aún estaba de pie y luego le propinó patadas en el rostro luego de que cayó al suelo. Es más, uno de los testigos describió que el acusado utilizó su pierna derecha para impactar en el hemisferio izquierdo de la cara de Francis. Además, estos testigos reconocieron la camisa verde agua y las bermudas del sospechoso que fueron secuestradas en la casa alquilada por los rugbiers.
Más aún, Tommy lo señaló como el agresor que le gritó a la víctima: “A ver si pegás ahora, ¡negro de mierda!”
Luego, Leo, Lisandro y Tommy también reconocieron a César como el joven que le pegó a Francis en la cabeza, cara y pecho cuando ya estaba en el piso; y también identificaron sus jeans y remera blanca ya secuestradas. A su vez, Juancho señaló a Marcos como la persona que le pegó primero a Francis antes de que éste quedara tirado en el suelo. El testigo describió que él estaba a no más de tres metros de distancia y que vio cómo aplicó un puñetazo en el rostro de la víctima, lo que al mismo tiempo coincidía con una de las secuencias de video incorporadas al expediente.
Por su parte, Leo reconoció al mismo acusado como uno de los agresores que golpeó a Francis en el suelo y que lo empujó a él contra un auto cuando quiso intervenir para detener el ataque.
Mientras que Tommy sólo pudo ubicar a Marcos junto a Martín dentro del boliche, no afuera.
En tanto, Julio reconoció a este imputado como el agresor que tenía “un rodete” en el pelo y que al momento de agredir a Francis le dijo: “Adentro pegaban de atrás, pero ahora afuera vamos a ver quién gana...”
En otra de las ruedas, Sebastián identificó al imputado Ariel como el que iba adelante del grupo de agresores y que al momento de iniciar el ataque exclamó: “¡Vamos ahora!” Y el testigo agregó que cuando él quiso retirar a sus amigos que eran golpeados este acusado se lo impidió.
Respecto de este acusado, Leo coincidió en que le impidió que defendiera a Francis y le pegó una trompada.
Por otro lado, Tommy reconoció a Lucho como quien le pegó “tres piñas” adentro del boliche cuando se originó el incidente inicial junto a la barra.

En cuanto a los testigos presenciales que no formaron parte del grupo de amigos de Francis fueron positivos los reconocimientos por parte de Timoteo, un hombre que atendía un maxiquiosco ubicado a pocos metros de la escena del crimen al momento del hecho.
Esta persona identificó a todos los acusados mencionados anteriormente y fue el único en hacerlo con Esteban, Bruno y Lautaro. Respecto del primero dijo que lo vio pegarle a Francis cuando éste se encontraba de pie pero que cuando cayó no lo agredió más; del segundo manifestó que también agredió en un inicio y que después del hecho lo vio “dando vueltas” por los alrededores; y del tercero contó que no le pegó a la víctima sino a un amigo de ésta.
Una vez finalizada todas las ruedas, los únicos dos acusados que no fueron reconocidos por ninguno de los testigos fueron Johnny y Alexis.

Diario de un crimen: 3


El crimen de Francis tuvo una inmediata repercusión nacional. Probablemente porque fue cometido en plena temporada de verano, en el corazón de una villa repleta de turistas de la edad de la víctima y sus agresores, y a la vista de toda una comunidad que pareció hartarse de los reiterados casos de violencia sin sentido, de matar porque sí.
Así fue que innumerables artículos periodísticos desbordaron los diarios, las páginas web de noticias, las radios y los canales de televisión; al mismo tiempo que en la villa comenzó a organizarse rápidamente una manifestación civil para repudiar el hecho y reclamar justicia.
Y al tercer día de ocurrido el crimen, vecinos y turistas se unieron para marchar hasta la puerta del boliche donde habían comenzado los incidentes que derivaron en el homicidio de Francis, el cual había sido clausurado apenas unas horas antes y de manera preventiva por el gobierno provincial al detectar una serie de irregularidades en el lugar, como el expendio de bebidas alcohólicas a menores de edad.
La movilización se produjo un lunes por la noche, después de un hermoso día de playa, y estuvo encabezada por Victoria, la chica que había estado dentro del local bailable y luego auxilió a la víctima practicándole RCP en la vereda.
Esta joven declaró como testigo ante la dra. Zambrano y contó que ella también presenció el conflicto suscitado en el interior del boliche donde pudo observar cuando retiraba de allí por separado a los chicos que habían mantenido ese problema.
“Cuando salgo del local veo que los policías que corrían hacia la esquina y que, por otro lado, había una pelea enfrente, donde varios chicos que se pegaban piñas y patadas, mientras otros trataban de separarlos”, relató.
La testigo contó que “en un momento se calmaron”, entonces ella cruzó la avenida y vio a “un chico” (no sabía que era Francis) tirado en la vereda, “con el torso desnudo”; por lo que junto a otro hombre que se había acercado hasta el lugar se turnó “para hacerle maniobras de resucitación porque no reaccionaba”.
“Estaba inconsciente pero con pulso y me quedé con él y otros tres amigos suyos que habían estado en la pelea y se veían muy nerviosos, hasta que llegó la ambulancia”, recordó.
A su vez, Victoria aclaró que ella no pudo reconocer a ninguno de los agresores porque los vio desde lejos.
Esta misma versión reiteró la chica ante los periodistas que cubrían la marcha, durante la cual, ella leyó en voz alta una carta que le habían enviado los amigos de la víctima al no poder haber estado presentes allí.

“Francis era una persona hermosa y por culpa de otros que desconocen el significado de divertirse todo terminó en una tragedia irremediable. Él siempre buscó hacer el bien y nunca fue violento. Por eso queremos que quede en claro lo siguiente: lo que pasó no fue una pelea ni un enfrentamiento sino que fueron directamente a matarlo.
Fran siempre demostró cariño, compasión y humildad. Fue un ejemplo de superación para todos los que lo conocieron y siempre va a estar con nosotros. Nunca vamos olvidarte. Te amamos hoy y siempre. 
“Gracias por todo a vos y a todos los que están y estuvieron acompañándonos sin excluir a nadie por su apoyo y esfuerzo.”

Por su parte, los manifestantes que oyeron estas emotivas palabras aprovecharon la ocasión para también reclamar al Municipio que decretase al menos un día de duelo por lo ocurrido y al finalizar la movilización depositaron las velas encendidas que llevaban consigo en un cantero con una acacia ubicado justo al lado de donde Francis cayó casi muerto en la vereda.
Y de esta manera nació en la base de este arbusto típico de la zona una especie de santuario en el que las personas comenzaron a dejar mensajes manuscritos, flores e imágenes religiosas.