V
El comisario Méndez era el jefe de la Brigada de Lanús, situada en la calle 12 de Octubre al 200 de Avellaneda. En enero de 1994, esta dependencia estaba compuesta por un jefe (que era él), un segundo, de apellido Córdoba; un jefe de Operaciones, Rivero; y un jefe de Gabinete. Mientras que cada “gabinete” tenía tres o cuatro hombres. Existían varios gabinetes, entre ellos, Seguridad, Robos y Hurtos, Leyes Especiales, Judicial, Expedientes y Homicidios. En total, la dotación era de unos cien efectivos, aunque por turno solo había entre 15 y 30.
El 10 de ese mes, el comisario se disponía a almorzar cuando Córdoba entró a su despacho.
—Disculpe jefe, pero estaba pensando en salir con algunos de los grupos en prevención por la zona.
—Me parece bien —respondió Méndez-, porque el presidente de la cooperadora me está pidiendo que salgamos a recorrer las calles principales donde los socios, que son los que pagan la cuota mensual, tienen sus locales comerciales.
—Sí, entiendo. A mí también me lo pidió la última vez que me lo crucé.
—Entonces, proceda —afirmó el comisario señalando la puerta de su despacho con su brazo extendido-. Porque el presiente es el que pone la plata que no baja de la provincia.
—Sí, lo sé, jefe.
—La provincia solo nos paga la luz y el gas, además de unos sueldos de mierda. Mientras que la cooperativa, como en casi todas las comisarías nuestras, nos compran nafta para los móviles, pintura para la dependencia, artículos de limpieza y hasta el papel para las máquinas de escribir…
—No hace falta que me lo diga, comisario —Córdoba bajó la mirada con los brazos en jarra—. Está clarito —añadió antes de retirarse del despacho del jefe.
Si bien la Brigada tenía asiento en Avellaneda, su jurisdicción era Lanús y Lomas de Zamora, porque así se repartía orgánicamente el territorio la policía bonaerense. Mientras que Avellaneda se encontraba bajo la órbita de la Brigada de Quilmes.
De cualquier modo, el personal de esta dependencia solía intervenir en investigaciones más allá de esa jurisdicción y por pedido de la justicia. Por ejemplo, la desaparición de un joven de La Plata que apareció en Tolosa, donde detuvieron a la persona que lo retenía; el robo de 300 kilos de oro de la Brigada de Almirante Brown, por el que recuperaron parte del botín y apresaron a los autores del hecho; y el asesinato de la secretaria de Salud de Mercedes, en el que también capturaron a los responsables.
Por su parte, Córdoba resolvió que los grupos de prevención salieran en dos autos no identificables, una práctica habitual para este tipo de tareas. Mientras tanto, un oficial quedaba en la seccional a cargo de operar el sistema alerta radial.
Alrededor de las 15.30, el operador recibió un aviso sobre un enfrentamiento en la zona de Mitre y Ramón Franco, de Wilde. Ante esta situación, el operador notifica a Córdoba que salió de la comisaría junto a un chofer hacia el lugar de los hechos.
Al arribar, Córdoba vio muchos autos detenidos en la calle y un amontonamiento de gente alrededor. Entonces vio al oficial López, uno de los integrantes de los grupos de prevención que estaba vestido de civil, parado junto a un Dodge 500 amarillo y tres personas detenidas con armas en el suelo.
—¿Qué mierda pasó, López? —Córdoba miraba el auto repleto de impactos de bala y a los sospechosos boca abajo sobre el asfalto, en el que se veía manchas de sangre.
—Eran dos autos sospechosos. Este es uno —López señaló el Dodge—. El otro siguió unas dos cuadras más.
—¿Hubo enfrentamiento?
—Acá no. Yo solo advertí que el personal hizo disparos intimidatorios para que detuvieran la marcha. No sé más adelante, con los ocupantes del otro coche.
Entonces, Córdoba se dirigió caminando unos doscientos metros hasta donde se supuestamente se encontraba el segundo auto de los sospechosos, pero no vio nada, solo a un vecino que se quejaba de que le había chocado su Ford Taunus cuando los ocupantes de un Peugeot 505 se tiroteaban con los policías que los perseguían.
En tanto, un oficial que vio la presencia de Córdoba con el testigo se le acercó y le dijo que el personal policial había llevado a los heridos al hospital porque aún estaban con vida y ante esta situación, el segundo jefe de la Brigada se dirigió hacia el centro asistencial de Wilde, adonde creían que los efectivos habían trasladado el 505.
Una vez en el hospital, Córdoba se encontró con uno de sus oficiales que estaba custodiando el auto de los sospechosos. “Fue un enfrentamiento”, le dijo momentos antes de que apareciera el médico de la Brigada y le informara que los dos del 505 baleados en el tiroteo habían fallecido y que un tercero, que iba en el Dodge, también.
“¡La puta madre que los parió! ¡Esto es un desastre!”, se quejó Córdoba, quien no sabía cómo iba a explicarle al jefe lo que acababa de suceder. Tenía que definirlo rápidamente, porque el comisario Méndez ya estaba en camino.
El titular de Brigada trinaba y antes de llegar a la escena se comunicó telefónicamente con la jueza Gómez y le dijo lo poco que sabía hasta ese momento. La magistrada le adelantó que ella iba a ir al lugar y después para la dependencia, por lo que le pidió que la esperaran allí con los detenidos.

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