Un conflicto de nunca acabar V

El día después del desembarco, Costa Méndez y su equipo de colaboradores llegaron a Nueva York. Paralelamente, la Junta Militar anunció que las Georgias, Sandwich, Soledad y Gran Malvina estaban nuevamente bajo soberanía argentina.

Cuando Costa Méndez llegó a la sede de la ONU, el Consejo de Seguridad ya estaba en sesión y el inglés Anthony Parsons ya había presentado un documento que luego se convertiría en la Resolución 502. En momento, los británicos se encontraban cada vez más cerca de conseguir los nueve votos a favor para condenar la acción militar argentina.

Finalmente lo lograron debido a la pobre presentación del canciller argentino y la rapidez con la que se movió Parsons. Inclusive los Países No Alineados se mostraron indiferentes a la causa argentina

De esta manera, la Resolución 502 estableció:
“Determinando que existe una brecha en la paz de la región de las islas Falkland (islas Malvinas)
1) Demanda un inmediato cese de hostilidades.
2) Demanda un inmediato retiro de todas las fuerzas argentinas de las islas Falkland (islas Malvinas).
3) Exhorta a los gobiernos de la Argentina y del Reino Unido a buscar una solución diplomáticas a sus diferencias y a respetar integralmente los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”. (3)

Esta resolución le permitió a Londres ejercer el principio de autodeterminación de los isleños en cualquier negociación futura y apelar al art. 51 de la Carta de la ONU que señala: “El derecho inherente de autodefensa individual y colectiva si ocurre un ataque armado hasta que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad”.(4)

En tanto, la relación argentino-norteamericana había comenzado a derrumbarse con la decisión de nuestro gobierno de recuperar las Malvinas. Los que defendían la causa argentina ante Reagan eran la asesora de seguridad Jeanne Kirkpatrik, el general Vernon Walters y el subsecretario de Estado Enders. En oposición estaba el grupo de atlantistas que defendían a Gran Bretaña y era encabezado pro el secretario Haig.

En el seno del Grupo de Trabajo para Situaciones Especiales que Reagan había formado en 1981 con el vicepresidente George Bush a la cabeza, comenzó a nacer la idea de formalizar un ofrecimiento a las partes. Finalmente se decidió enviar a Haig como mediador debido a que este se autoproclamó como el más apto. En realidad sólo buscaba la gloria personal más que la paz entre Argentina y Gran Bretaña. 


(3) Malvinas: La trama secreta, por O.Cardoso, R.Kirschbaum y E. Van Der Kooy, Julio de 1983. 
(4) Ibid. 3.

Un conflicto de nunca acabar IV

El 2 de abril de 1982, la línea Washington-Buenos Aires estaba abierta: el presidente norteamericano, Ronald Reagan, quería hablar con Galtieri ya que la guerra estaba a punto de explotar. Mientras que el secretario de Estado, Alexander Haig, había comenzado a dialogar con ambos países para ofrecer a los EE.UU como mediador.

A las 22.10 de aquel día, el teléfono sonó una vez más y Galtieri finalmente atendió a Reagan, quién mostró su preocupación por la inminente acción militar argentina y aseguró que Gran Bretaña iba a responder con fuerza militar. También ofreció enviar a George Bush a Bs. As. para entablar una negociación que llevara a una solución favorable.

Galtieri, consciente de que el operativo a esa hora no tenía retorno ya que los primeros buzos tácticos habían llegado a las playas malvinenses, sostuvo que ya habían pasado 17 años de negociaciones infructuosas, que Gran Bretaña había usurpado territorios que por derecho le pertenecían a Argentina y que los ingleses habían amenazado a los argentinos que estaban legalmente en Georgias, y se rehusaban llegar a un acuerdo.

A media mañana, las previsiones británicas fueron cobrando mayores dimensiones. El Comité de Defensa le informó a la Primer Ministro que indefectiblemente se desarrollaría una acción militar al día siguiente, pero que aún no se conocían el alcance de la misma ni las intenciones del gobierno militar argentino.

El Comité instó a dinamizar las relaciones diplomáticas vía EE.UU y a preparar una acción militar. Además, se empezó a trabajar en la presentación ante el Consejo de Seguridad.

Mientras tanto, los militares argentinos ya dominaban los puntos clave de la isla Soledad. Pese a que el operativo fue un éxito para Argentina, los isleños opusieron ciertos obstáculos como colocar vehículos en la pista de aterrizaje. Pero no hubo víctimas de ningún bando.

También ocurrió la primera lucha interna en las filas de los militares argentinos, lo que sería un adelanto de lo que repetiría durante toda la guerra. La Fuerza Aérea y la Naval comenzaron a disputarse el espacio aéreo y el aeropuerto isleño.

Cerca del mediodía británico el HMS Bransfield anunció interrupciones con la emisora de Malvinas. Esta fue la primera prueba fehaciente con la que contó Gran Bretaña de que los argentinos habían desembarcado en las islas.

Los titulares de los diarios argentinos de esa jornada estuvieron repletos de un patriotismo entusiasta. Por ejemplo, Clarín tituló: “Inician la reconquista de las Malvinas” y puso en la bajada: “Tropas argentinas desembarcaron en Malvinas”. Mientras que la tapa de La Nación decía: “Se inician operaciones en el Sur para respaldar la soberanía nacional. Tropas argentinas iniciaron acciones militares en las Malvinas”.

El diario que más alentó el confuso sentimiento popular de ese día fue el sensacionalista La Razón. “Las Malvinas en manos argentinas. Hoy es un día de gloria”, se podía leer en su tapa.

Cerca del mediodía, la Plaza de Mayo ya se empezó a colmar de gente. El público disciplinado coreó el nombre de Galtieri. Este salió al balcón y dijo en un breve discurso que Argentina aceptaría el diálogo sólo después de esta actitud de fuerza. Era demasiado tarde, Londres ya había enviado su flota.


Un conflicto de nunca acabar III

El dictador Galtieri estaba muy confiado. Creía a muerte en la alianza con los EE.UU y en su neutralidad expuesta por Enders, y también creía en una supuesta debilidad del gobierno británico de Margaret Tatcher, que estaba sacudido por una crisis económica social importante. Además la flota inglesa estaba en vías de desaparecer y ser reemplazada por los submarinos nucleares Trident

Sin embargo, las tensiones y los rumores sobre un posible desembarco argentino comenzaron a traslucirse en varios hechos. Uno ocurrió el 11 de marzo de 1982, cuando un avión Hércules C-130 de la FA aterrizó de emergencia en Port Stanley, en momentos que se dirigía a la base Marambio, en la Antártida.

Las fuentes argentinas aseguraron que la situación de emergencia había sido real, aunque otras versiones hablaron de espionaje, lo que acrecentó los rumores de un eventual desembarco en Malvinas.

El otro hecho ocurrió el 19 de marzo, cuando se produjo el desembarco de trabajadores argentinos en las islas Georgias del Sur. Este episodio, a su vez, demostró dos hechos superpuestos: el primero, un operativo perfectamente legal de Constantino Davidoff para el desguace de las instalaciones balleneras de la empresa Cristian Salvensen, según un contrato firmado en 1979.

Y el segundo fue el llamado “Operativo Alfa”, una misión armada para instalar un destacamento militar en las islas con la apariencia de una base científica.

En fin, los 41 trabajadores a bordo del ARA Bahía Buen Suceso llegaron a la capital Leith e hicieron flamear una bandera argentina en un acto que, según fuente militares, había sido acordado con Davidoff y la Armada.

El episodio generó agresiones de los habitantes de las islas. Por eso, en esas playas se escucharon disparos y esto le posibilitó a la British Antartic Survey, la base científica en la isla, sostener que había personal civil y militar en ese grupo de hombres.

Ante este episodio, el Foreign Officce y el Departamento de Defensa británicos acordaron enviar el HMS Endurance para desalojar la cuadrilla argentina con un pelotón de royal marines.

Por su lado, Buenos Aires afirmó que el buque argentino se retiraría pero eso no incluía a los trabajadores. Es que en el edificio Libertad ya se estaban adelantando a los días del desembarco en Malvinas.

La situación repercutió inmediatamente en Port Stanley, donde hubo pintadas a favor de los británicos. Allí la Falkland Islands Company manejaba a los isleños con mano dura y los incitaba a sentir desprecio por los argentinos.

Por su parte, lo primero que hizo Anaya fue mandar las dos corbetas misilísticas ARA Granville y ARA Drummond a la zona de conflicto entre Georgias y Malvinas para evitar que el Endurance regresara a su base natural.

Por otro lado, la inteligencia británica no encontraba las pruebas concretas que certificasen la invasión. Sin embargo, Carrington sospechaba, por lo que le pidió al Departamento de Estado de EE.UU que mediara en el conflicto.

A su vez, el diplomático impulsó en el gabinete la decisión de alistar a la flota. Así, el submarino nuclear HMS Conqueror, al mando del almirante John Woodward, recibió la orden de zarpar hacia la zona del Atlántico Sur.

Mientras tanto, y en absoluto secreto, el 28 de marzo zarpó desde Puerto Belgrano la flota de mar argentina con destino a las Islas Malvinas...

Un conflicto de nunca acabar II

Una Argentina llena de frustración decidió, tras décadas de negociaciones inútiles, tomar las islas por la fuerza. Fue una acción llevada a cabo por un gobierno de facto que ya había estado cerca de una guerra con Chile por el Canal de Beagle y transitaba por una inestable situación económica, por lo que necesitaba urgentemente una victoria en el campo militar para justificar su existencia.

El 15 de diciembre de 1981, el recientemente ascendido al cargo de Comandante de Operaciones Navales, vicealmirante Juan José Lombardo, fue llamado por su superior, el jefe de la Marina, almirante Jorge Isaac Anaya, y este último le ordenó que preparase un plan de desembarco en las islas Malvinas.

En ese momento, Roberto Eduardo Viola estaba en la Casa Rosada. El presidente estaba enfrentado con un histórico del Proceso, Rafael Massera, quién fue el que le encomendó a Anaya buscar un plan para recuperar las islas como forma de obtener el apoyo popular necesario para llegar al poder.

Por eso Anaya se tomó el caso Malvinas de manera muy personal y, además, creía que las islas podían servir de base naval para controlar el Cabo de Hornos, una zona estratégica con Chile por el conflicto del Canal de Beagle.

De todos modos, Anaya tuvo que esperar a que Viola empezara a tambalear a finales de 1981 para asociarse con el teniente general Leopoldo Galtieri, su sucesor y discípulo de Massera. Cuando Galtieri se convirtió en Presidente, Anaya consiguió la luz verde para llevara cabo el plan que tanto había deseado.

Para Lombardo, el plan podía llevarse a cabo con facilidad ya que los malvinenses nunca esperarían una ocupación. La flota inglesa en las islas era bastante débil ya que contaba con solamente 40 infantes de marina y el viejo navío Endurance.

Galtieri quería recuperar las islas Malvinas para ganarse la popularidad del pueblo argentino. Ése era su gran anhelo. Además, quería realzar la imagen del Ejército ante los ojos de la Marina y la Fuerza Aérea dentro de la interna militar.

El coronel Roberto Menéndez, quién era el enlace entre la Casa Rosada y las fuerzas políticas y sindicales, aseguró que “el triunfo en las Malvinas hubiera justificado históricamente el gobierno de las Fuerzas Armadas”.(2)

A principios de 1982, Anaya le planteó a Galtieri la necesidad de reunirse con el general Osvaldo García, al mando de Cuerpo V en Bahía Blanca para darle forma al plan de desembarco y sugirió que el coronel Mario Benjamín Menéndez debía ser el gobernador de las islas.

El plazo para comenzar a trabajar de lleno en los planes dependía de las negociaciones del 27 y 28 de febrero con Gran Bretaña, en la ONU, con sede en la ciudad norteamericana de Nueva York.

Por su parte, Lombardo, García y otros encargados de la planificación militar del desembarco se reunieron por primera vez y redactaron una Directiva Estratégica Militar (DEMIL) para entregar a sus tres comandantes. Establecieron una fecha tope para la operación: el 9 de julio.

Pero para esa fecha faltaba mucho tiempo, por lo que el 27 de enero se entregó un memorando a Londres para meter presión y acelerar una decisión con miras a las negociaciones de febrero y así adelantar el día “D”. A esta altura, ningún diplomático sabía de los verdaderos planes de los militares argentinos.

Ese memorando reflejaba cuál era la posición argentina pública con respecto al tema y ésta destacaba que el reconocimiento de la soberanía argentina sobre el archipiélago, formado por las islas Malvinas, Sandwich del Sur y Georgias del Sur, era el “elemento angular” de la disputa. También planteó la necesidad de formar una comisión negociadora que tratara el caso una vez por mes.

Por su parte, Lord Carrington, titular del Foreign Office británico, dio orden de resistir cualquier presión en las negociaciones para trabar el diálogo en Nueva York. Si bien Londres no estaba en pleno desacuerdo con la formación de la comisión negociadora, rechazaba discutir la soberanía porque los kelpers eran totalmente refractarios a que se introdujera la cuestión.

Las negociaciones se llevaron a cabo en un clima cordial pero no se llegó a ninguna resolución. De esta manera los militares argentinos iniciaron la planificación del desembarco. La cuenta regresiva había comenzado.

Tanto Carrington como todos los miembros de la cancillería británica descreían a esa altura de una acción militar argentina. El Parlamento inglés envió sendos mensajes a sus embajadas en EE.UU y Argentina para dejar en claro que estaban dispuestos a encontrar una solución al conflicto pero no en un contexto de amenazas.

Por otro lado, el secretario de Estado adjunto norteamericano, Thomas Enders, llegó al país el 6 de marzo y era intención de los militares confesarle, aunque no todo, el plan para recuperar las Malvinas.

En una cena en la embajada de EE.UU, Costa Méndez le comentó a Enders sobre la cuestión de las islas y aquel le respondió: “Hands Off”. Es decir, neutralidad.

Mientras que el coronel Menéndez ya se había reunido con Galtieri, quien terminó por confirmarle la irreversible decisión de recuperar las islas y que sería el gobernador militar de las Malvinas.


(2) Malvinas: La trama secreta, por O.Cardoso, R.Kirschbaum y E. Van Der Kooy, Julio de 1983.

Un conflicto de nunca acabar I

Las Islas Malvinas habían sido una fuente de permanentes conflictos diplomáticos entre Argentina y Gran Bretaña antes de que en 1982 estallara la guerra del Atlántico Sur. Hasta el descubrimiento de dicho archipiélago tiene varias explicaciones contrapuestas.

Por un lado, está la versión británica que establece que en 1592, el navegante John Davis fue el primero en avistarlas. Sin embargo, otros historiadores sostienen que fue Américo Vespucio quién las había visto por primera vez en 1502. De todos modos, fue un holandés, Sebald de Wert, el primero en hacer una descripción clara de su ubicación en un mapa en 1600 cuando España quién tenía los derechos legales sobre los descubrimientos en esa zona.

En 1690, el capitán de navío inglés, John Strong, de Plymouth, fue el primero en desembarcar en las islas. Strong bautizó el estrecho que separa la Gran Malvina Occidental de la Oriental con el nombre de Falkland, en honor a Lord Falkland, comisionado de almirantazgo. De ahí, que para los ingleses las islas adoptan ese nombre.

El capitán Strong llevó una gran cantidad de franceses que bautizaron el lugar como “Isles Malouines”, que en español quiere decir Islas Malvinas.

Los siguientes setenta años mostraron un gran desinterés por parte de los países europeos por habitar esas islas. Pero a finales del Siglo XVIII, Gran Bretaña, Francia y España se percataron de su importancia y comenzó la disputa.

Entonces se sucedieron la construcción de fortines ingleses y el establecimiento de colonias francesas enteras, los primeros en habitar las islas. Para 1766 ya había unas 250 personas radicadas en todo el territorio del archipiélago.

Sin embargo, fue España el país que se quedó con las islas e izó su bandera en esas tierras, ya que Inglaterra no quería entrar en guerra con los ibéricos, por lo que en 1770, ambos países acordaron firmar una declaración de paz.

Todo se mantuvo en orden hasta que en 1816 surgió la República Argentina y ésta reclamó todos los territorios gobernados por el virrey español en Buenos Aires que se extendían hasta las Islas Malvinas. En 1820, una fragata argentina tomó posesión de las islas, en 1823 se nombró al gobernador y en 1826 se estableció el primer negocio: La pesquería Vernet.

En 1828, Luis Vernet fue nombrado gobernador y la isla vivió un año de caos económico y político, circunstancia que fue aprovechada por los ingleses para volver a apoderarse del territorio.

En 1833, la goleta Clio, bajo el mando de James Onslow, llegó de Inglaterra para reclamar los derechos sobre las islas y las recuperó dado que sus fuerzas superaban a las argentinas. Y así comenzó a flamear la bandera británica en las Malvinas.

Luego, siguieron muchos años de disputas diplomáticas en los que Gran Bretaña se mantuvo firme en su posición, en especial, sobre la soberanía de las islas y los deseos de sus habitantes. Para mediados del Siglo XIX, el archipiélago estaba esencialmente habitado por británicos y su principal actividad era la del criado de ovejas. En 1851 había sólo 1.000 animales pero en 1880 ya había casi medio millón. Esto atrajo a los pastores escoceses y galeses.

Además, el comercio funcionaba gracias a la Islas Falkland Company, que se había establecido en 1841 y que había adquirido gran parte del territorio. Sin embargo, las islas no representaban un gran negocio para Gran Bretaña y apenas alcanzaba para que los isleños vivieran modestamente. Por esto Inglaterra tuvo a las Malvinas en medio del olvido por muchos años.

Argentina, en cambio, comenzó a acumular frustraciones y en 1927 amplió sus reivindicaciones hasta las Islas Georgias y Sándwich del Sur.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando a los ingleses les interesaba el apoyo argentino, hubo un principio de acuerdo en el que Gran Bretaña cedería la soberanía a cambio del arrendamiento temporal de las islas por parte de Argentina. Pero esta solución nunca se materializó.

El argumento argentino comenzó a tener más eco cuando llegó a la ONU. En 1965 este organismo aprobó la resolución 2065 que definía a las Malvinas como un típico caso de colonialismo y la Naciones Unidas se habían propuesto en 1960 y a través de la resolución 1514, “acabar en todas partes el colonialismo bajo cualquier aspecto”(1)

Pero, según la ONU, Gran Bretaña y Argentina debían solucionar este problema de acuerdo a la carta orgánica y a los intereses de la población de dichas islas. Y cuando en 1967 los cancilleres George Brown y Nicanor Costa Méndez se reunieron y el inglés admitió que la soberanía era “negociable”, nadie pensó que 15 años después habría una guerra entre ambos países.


(1) Una cara de la moneda: La guerra de las Malvinas, The Sunday Times Insight Team, Mayo de 1983

Códigos

 Nacho ingresó a la Facultad de Abogacía para seguir los pasos, no todos, de su padre y algún día llegar a trabajar en su estudio. Al comenzar la carrera, el joven tuvo entre sus compañeros de clase a Pedro, un muchacho menos dedicado al estudio y más enfocado en conquistar chicas aprovechando que su bella apariencia.

 Al promediar el primer cuatrimestre, Nacho ya integraba el grupo de Pedro en el que había varias mujeres atractivas, entre ellas, Milagros, una rubia voluptuosa, con las que salían a bailar los fines de semana. Al cabo de unas pocas salidas, la chica logró que Pedro se fijara en ella y tuvieran algunos encuentros íntimos, aunque él no estaba dispuesto a ponerse de novio ya que prefería la libertad de compromiso.

 La pareja tuvo su espacio pero en la mayoría de los casos compartía las salidas con el resto del grupo de compañeros de la Facultad. Pero Milagros no pudo evitar engancharse con Pedro, quien, al notar que la joven empezaba a darle cada vez más seriedad al asunto, se fue apartando hasta romper la relación. Lo hizo en buenos términos para proteger el buen clima grupal.

 De hecho, el grupo siguió saliendo todos los fines de semana, oportunidad en que Pedro y Nacho hacían dúo para conocer nuevas chicas en los boliches, al igual que Milagros, que se unió fuertemente a su compañera Elizabeth, que tenía ojos claros pero no era más bonita que ella, aunque si era más accesible y, por ende, conservaba una larga lista de pretendientes.

 Durante meses, Pedro se acostó con distintas jovencitas que no eran de la Facultad ni conocidas de un conocido/a o compañero/a, Milagros tuvo algún amante golondrina y Elizabeth eligió tener un novio. En tanto, Nacho continuó con su bajo perfil, extrañando a su ex novia que lo había dejado a principios de año. Era tan fuerte el dolor que aún sentía que lo mantenía paralizado ante las demás chicas.

 Por todo esto, la actividad del grupo mermó y prevalecieron las acciones individuales y encuentros cada vez más esporádicos.

 Cuando llegó la primavera, Milagros estaba sola y Elizabeth atravesaba una profunda crisis en su noviazgo producto de las permanentes salidas nocturnas de su chico. Ante esa situación, la joven recurrió a su amiga solitaria para equiparar la balanza.

 Así fue que ambas chicas volvieron las salidas grupales con sus compañeros y en una de ellas, que coincidió con la fiesta de cumpleaños de Nacho, Milagros le confesó a Arturo, el mejor amigo del agasajado, que estaba enganchada con aquel pero que no sabía como abordarlo.

 Arturo, quien ya había visto a Milagros en otras salidas a las que Nacho lo invitaba para que conociera a sus “copados” compañeros de la Facultad, le contó que su amigo seguía algo deprimido por su ruptura con su ex, pero le prometió que iba a hablar con él para tratar de saber que pensaba de ella.

 Cuando Arturo encontró el momento oportuno para charlar con Nacho, varias semanas después de la fiesta, su amigo se mostró sorprendido por el hecho de que una mujer como Milagros estuviera interesada en él. Si bien se sintió halagado, el joven le dijo a su amigo que, más allá de que la chica le resultaba más que atractiva, no creía correcto relacionarse con ella por el pasado que ésta tenía con Pedro, a quien él apreciaba muchísimo.

 Arturo también mantenía una buena relación con Pedro y previendo la postura adoptada por Nacho ya había dialogado con el ex de Milagros para saber si aún sentía algo por ella. Y la respuesta fue clara y concisa: no. Es más, en los últimos días, luego de que Elizabeth rompiera con su novio, Pedro se había acostado con ella.

 Pero por más que Arturo reveló luego esa información clave a Nacho, éste se mantuvo en su posición de que no iba a dejar que pasara absolutamente nada con Milagros.

 Al año siguiente, Pedro se cambió de carrera, Nacho pasó a estudiar en el turno noche para poder trabajar durante el día en el estudio de su padre y Milagros abandonó la Facultad, por lo que el grupo se desarmó.

 Los que si mantuvieron un contacto fluido fueron Pedro y Arturo, quien se convirtió en el copiloto de sus vuelos nocturnos aprovechando que ambos seguían solteros. En cambio, Nacho se reconcilió con su ex novia con la que estuvo seis años más.

 En la séptima temporada del amor, cuando todo parecía encaminarse a la convivencia, ella lo volvió a dejar y esta vez fue definitivo. A Nacho le costó aceptarlo aunque lo entendió rápidamente y se apoyó en sus viejos amigos para volver a salir de cacería. Pero ahora Pedro y Arturo estaban de novios y, lógicamente, con menos disponibilidad para salir de noche.

 De todos modos, Arturo sumó a su compinche al grupo de amigas de su pareja, algunas de las cuáles estaban solteras, como Victoria, que apenas pasaba los 25 años pero se sentía muy sola sin una pareja estable y formal.

 Rápidamente, Victoria entabló una simpática relación con Nacho, a quien Arturo trató durante meses de convencer para que se animara a romper con el círculo platónico que los rodeaba.

 Mientras tanto, Pedro, quien vivía solo, no quiso que su novia fuera a vivir con él, y la relación encontró un final abrupto, por lo que él, sin perder el tiempo, retomó sus salidas con amigos de los fines de semana. Y apenas lo participó a Arturo, éste también le abrió una vacante en el grupo de las amigas de su novia.

 Para Nacho, Pedro y Arturo fue como volver a la Facultad, pero con casi ocho años encima. Los tres jóvenes no tan jóvenes organizaron reuniones en sus respectivas casas y encuentros en bares, ya lejos de las pistas de baile. Y en esos escenarios fue que Pedro posó sus ojos en Victoria, quien con su rostro bonito los provocó desde la primera vez que los vio.

 En una salida en la que Nacho no participó, Pedro se acostó con Victoria y al día siguiente, en la fiesta de cumpleaños de su ex compañero de Facultad, Pedro se lo confesó a éste para que no se enterara a través de un tercero.

 Fue la única vez que Pedro y Victoria estuvieron juntos y Arturo, quien se había enterado del encuentro antes que cualquiera, nunca escuchó un comentario al respecto de boca de Nacho.

 Hoy Pedro y Nacho siguen solteros, pero no se ven casi nunca. Hablan de vez en cuando a través de las redes sociales ya que el abogado se mudó al Interior, donde maneja su propio estudio.

AA
Febrero 2012

Si querés llorar, no llores.

 Juan está sentado en la cocina, con el ventilador de pie ubicado a escasos dos metros suyo y apuntando hacia su rostro. Todavía se pregunta cuándo van a bajar los precios de los acondicionadores de aire. Mira hacia la pantalla y ve una transmisión en vivo desde Casa de Gobierno donde anuncian que los índices de indigencia, pobreza y desempleo han descendido a los valores más bajos de la historia del país, por lo que la crisis económica mundial no nos va a afectar para nada. “¡Guau!”, suelta Juan por lo bajo y luego apoya su mano en el esternón, cerca de la boca del estómago “¿Por qué siento este malestar?”, se pregunta y luego apaga el televisor.

 El joven abandona su departamento bajo el rayo del sol y sube a su auto modelo 98`, que tampoco tiene aire acondicionado. La autopista está cortada por una manifestación de miembros de un movimiento social presuntamente opositor al Gobierno. Entonces arranca hacia la costanera para evitar el caos de tránsito. Al llegar a la ribera, advierte que el lugar está repleto de vecinos de la zona que buscan apaciguar el calor en el río, a pesar de que está expresamente prohibido bañarse por la suciedad que presenta el agua y que la convierte en un peligroso transmisor de diversas enfermedades infecciosas.

 “¡Y eso que son grandes lo carteles que puso la Municipalidad!”, piensa Juan mientras observar a un grupo de niños con el torso desnudo y descalzos jugando a la pelota en el asfalto repleto de pozos del playón de estacionamiento de la ribera. Mientras que en el sector parquizado, más cercano a las escalinatas que descienden hasta el agua marrón oscuro y hedionda está completamente ocupado por las carpas de los bañistas, de los cuáles, los mayores, beben cerveza y escuchan música a todo volumen.

 Juan bordea la ribera a paso de hombre y observa que los únicos espacios libres de pasto están cubiertos por los residuos de los visitantes ya que sólo hay un cesto para la basura por cuadra, de las 30 que tiene de extensión el balneario. "¡La puta madre!", exclama el conductor al ver su reloj y calcular que va a llegar muy tarde a su trabajo. Pero no le queda otra. Al cabo de muchos minutos de demora, alcanza la avenida principal por la que recorre los 20 kilómetros que separan su barrio en el sur metropolitano de la Capital.

 Apenas entra a la principal ciudad del país, nuestro automovilista detiene la marcha en el semáforo y se le acerca un bombero voluntario pidiendo una colaboración a cambio de una calcomanía. “La calco vale dos pesos”, le dice el efectivo vestido con su respectivo uniforme. “No tengo dos pesos”, responde Juan. “No importa, dame lo que puedas”, retruca el bombero, a lo que Juan le alcanza una moneda de 50 centavos, la única que le quedaba en los bolsillos.

 La luz se pone en verde y Juan encara hacia la oficina pero antes de llegar debe volver a detener se en otro semáforo en rojo. Esta vez, hay dos hombres parados en la esquina que se ofrecen a limpiar el parabrisas. Están con una botella plástica a medio llenar de agua turbia con detergente y un secador de goma con mango corto cada uno en sus manos. Como hay dos filas de auto se dividen. Uno de ellos llega hasta el auto de Juan, que está bastante roñoso, y le ofrece limpiar el vidrio. “No, gracias”, señala el automovilista. “Dale pa”, insiste el limpiador. “No. No tengo nada para darte”, agrega Juan, pero el limpiavidrios arroja un chorro de agua sobre el parabrisas y empieza su tarea. “Te dije que no”, indica el conductor, pero el otro sigue en lo suyo.

 Al cabo de unos instantes, justo cuando la luz se estaba por poner verde, el limpiador termina y se acerca a la ventanilla baja del conductor: “¿Me das para comer, pa?”, señala, a lo que Juan responde: “Te dije de entrada que no tenía ni una moneda para darte. Disculpá”. El limpiador se acomoda la gorra, escupe hacia el suelo y luego mira al conductor. “¿Me estás cargando? ¡La concha de tu madre!”, grita y luego arroja un chorro de agua sobre el parabrisas que no seca. “Y no vuelvas a pasar por acá porque te rompo todo el auto”, añade el limpiavidrios, mientras Juan permanece callado y apenas avanza el tránsito abandona la esquina.

 Otra vez le vuelve el malestar en la boca del estómago. “¿Será este calor de mierda?”, se pregunta mientras  baja del auto que deja estacionado quince cuadras de su trabajo para no tener que pagar el costoso garaje. Cuando finalmente entra en su oficina, con la ropa empapada en sudor, el televisor está encendido y en la pantalla repiten la conferencia de prensa en Casa de Gobierno sobre las bondades históricas del modelo económico. A Juan se le cierra la garganta con un nudo. “¡¿Me estás jodiendo?!”, exclama al tiempo que se aguanta las ganas de llorar.

AA
Enero 2012