III

Otra familia rehén
Rey, tesorero del mismo banco donde trabajaba Saguar, miraba cerca de las 23.30 el programa “Fútbol de Primera” por televisión cuando recibió un llamado telefónico del gerente en el que éste, nervioso, le pidió que fuera su casa, ubicada a pocas cuadras de distancia, pero sin darles mayores explicaciones.
Preocupado, Rey fue hasta la vivienda del gerente y como no vio nada raro estacionó su vehículo en la puerta de la casa y entró.
-¿Qué te pasa que me llamas a esta hora?- preguntó Rey a su jefe mientras el líder de la banda de asaltantes lo abordaba por al espalda.
-No es un a una joda, es en serio- le respondió Saguar cuando vio que el tesorero quería agarrarlo de la mano al delincuente armado.
Sin entender bien qué pasaba, Rey fue reducido por un segundo ladrón que le sacó la campera, al tiempo que le preguntaba si lleva algún arma y/o un teléfono celular.
El cabecilla de la banda le contó luego que su intención era apoderarse del dinero del banco, a lo que el tesorero respondió que los sistemas de seguridad no les permitían acceder a la sucursal fuera de los horarios de trabajo. Entonces el ladrón le preguntó si había alguien en su casa pero Rey no contestó porque sabía que su mujer y sus hijos dormían.
Luego, Rey fue llevado a la pieza donde estaba el resto de los Saguar y dos delincuentes lo hicieron arrodillar y colocar la cabeza sobre la cama. Lo dejaron allí, mientras que obligaron al gerente a que los condujera hasta la vivienda del tesorero.
En ese domicilio, la banda redujo a la mujer de Rey y a los dos hijos de la pareja, de 12 y 7 años, que descansaban en sus respectivas habitaciones.
Minutos después la mujer y los dos chicos se reunieron con Rey en la habitación en la que permanecía reducido junto a los Saguar. En esa pieza estuvieron todos los rehenes hasta las 1.10 del lunes, cuando fueron llevados al comedor porque los delincuentes tenían hambre y querían cenar.
La esposa de los dos bancarios fueron las encargadas de dirigirse a la cocina para preparar la comida. Cuando todo parecía desarrollarse en un clima tenso pero más pacífico, el líder de la banda se puso nervioso y violento, y empezó a buscar los celulares de las últimas víctimas que habían entrado a la casa.
Al darse cuenta que guardar los teléfonos no valía de mucho, la nuera del gerente extrajo los aparatos de entre sus ropas y se los entregó. “Si lo vuelven a hacer, el primero vas a ser vos”, indicó el delincuente al tiempo que señalaba al esposo de la embarazada.
Los delincuentes pasaron la madrugada con comida, café, cigarrillos y tragos preparados con las bebidas que encontraban en la heladera y resto de la vivienda. Es más, en la cena, se quejaron con los dueños de casa porque la calefacción estaba muy alta y los pasamontañas le daban mucho calor.
Mientras los asaltantes parecían disfrutar de la velada, las víctimas permanecieron encerradas y maniatadas, por lo que fueron invadidas por los nervios y la angustia.
Al advertir esta tensión, los delincuentes les permitieron tomar unos mates para que se relajaran un poco. En esos momentos, Rey pidió que lo dejaran fumar un cigarrillo y lo dejaron. Entonces el tesorero les indicó que el atado estaba dentro de su campera a lo que uno de los delincuentes, el más bajito, se la trajo junto a un cenicero.
“¿Hace frío por esta zona?”, preguntó el ladrón, como una forma de dialogar amablemente, mientras el líder de la banda y el otro cómplice se mostraban más violentos e indiferentes. “¿Cómo es cuando están las nevadas? Yo nunca vi nevar, no se como es”, agregó.
A las 3 los bajaron a Rey y Saguar al living comedor para definir cómo iban a ir a buscar el dinero del banco. Luego los llevaron nuevamente hasta la habitación hasta cerca de las 7.

II

Fríamente calculado
Los delincuentes estaban seguros de lo que hacían. Tenían un plan y lo desarrollaron a sangre fría y con violencia. A la esposa del bancario, por ejemplo, le contaron todos los movimientos que había realizado el día del robo y a qué hora.
A la madre de Saguar, en tanto, los delincuentes no la ataron porque tenía la mano hinchada por la fractura, sin embargo, el líder de la banda la amenazaba de muerte para que no lo mirara a los ojos. “Un mal paso que hagas te levanto la tapa de los sesos”, le dijo el delincuente.
Luego, los ladrones comenzaron revolver todas las habitaciones de la vivienda en busca de joyas y dinero en efectivo para hacer tiempo hasta que pudieran capturar a quien realmente querían: al gerente del banco.
Al primero que le exigieron plata fue al hijo de Saguar, que fue a buscar una bolsa plástica donde guardaba el dinero de su negocio y la entregó. Mientras tanto, su madre y su abuela le pedían, por favor, que les diera todo lo que tenía.
Los minutos pasaban y los delincuentes condujeron a sus víctimas a la habitación de la mujer del bancario donde se apoderaron de más dinero en efectivo y joyas. Luego, le preguntaron al joven si tenía una caja fuerte, éste les respondió que no, pero inspeccionar inútilmente detrás de los cuadros que adornaban las paredes.
“Mejor voy a esperar y sacar plata del banco”, sostuvo uno de los asaltantes. Instantes después, Saguar llegó a la casa y fue tomado de rehén junto a su familia.
Mientras el “Hombre Araña” custodiaba a las tres mujeres y al hijo del bancario en la habitación de la planta alta, los otros dos amenazaban al gerente.
-Vengo a robar el banco- le indicó el líder de la banda a Saguar.
-A esta hora no podés. Están puestos los relojes de las claves del banco y tampoco se puede abrir solo ya que la otra llave la tiene el tesorero.
El bancario no era el único que no tenía la menor idea de lo que estaba por pasar. A esa hora de la noche, en el centro de El Maitén –que en mapuche su nombre significa “árbol sagrado”- los vecinos de los Saguar no podían advertir lo que ocurría en el interior de la casa ya que ésta estaba oculta por una hilera de altos álamos y un arroyo seco por los efectos del otoño patagónico.

Un robo de película

La fuerte helada nocturna ya había teñido de blanco los techos de las casas, los matorrales y varios tramos del camino. Faltaban pocos minutos para las 23:30 del último domingo de mayo de 2005 cuando Saguar regresaba a su domicilio de El Maitén, una pequeña localidad cordillerana, de apenas 3.500 habitantes y ubicada unos 750 kilómetros al oeste de la capital chubutense y 150 al sur del centro turístico rionegrino San Carlos de Bariloche.
Saguar, de 52 años y gerente de la sucursal local del Banco del Chubut desde hacía tres meses, volvía a bordo de su auto luego de compartir una cena con sus amigos del pueblo, de donde el era oriundo y a donde había pedido ser transferido desde la casa matriz en Rawson.
El bancario guardó su auto en el garage, cruzó la puerta trasera de su vivienda y apenas dejó las llaves en la mesada de entrada un delincuente encapuchado y con guantes, de más de 1,80 metros de alto, apareció a la carrera por el pasillo que lleva hasta el living comedor y la escaleras que conducían a las habitaciones de la planta alta.
El desconocido le pegó un puñetazo en el labio. Saguar, aturdido, le preguntó qué hacía y el asaltante le respondió: “Quedate tranquilo, que venimos a robar”.
Tras el breve diálogo, el delincuente condujo al dueño de casa hasta el living donde dos de sus cómplices, de menor altura y uno de ellos delgado, mantenían de rehenes a su esposa, su hijo de 27 años, la esposa embarazada de éste, y su madre, de 70.
El asalto había comenzado minutos antes cuando la madre del bancario se encontraba en la cocina y uno de los delincuentes la tomó por detrás y como la mujer gritó, le tapó la boca hasta que la víctima se desmayó.
La anciana recobró la conciencia minutos después cuando yacía en la cama de su nuera y los delincuentes –uno de los cuales llevaba una máscara del héroe de las historietas “Hombre Araña” y otro un revólver plateado- le dijeron que se tapara con las sábanas. Pero la mujer intentó sacarle la capucha al líder de la banda y recibió un fuerte golpe en la mano que le provocó la fractura de un dedo.
La esposa de Saguar estaba en el comedor cuando vio que desde la cocina los asaltantes traían reducida a su suegra y le partían el dedo de un culatazo. Luego, los delincuentes armados fueron a buscar al hijo del bancario y su esposa a la planta.
El muchacho tomaba una ducha en el baño de la habitación de su madre cuando su mujer se disponía al salir del dormitorio y al llegar a la puerta fue interceptada por uno de los ladrones. La joven corrió hacia el baño y saltó dentro de la ducha donde estaba su esposo, mientras el maleante la perseguía.
El delincuente les dijo que se callaran y al muchacho le pegó un culatazo en la boca. Luego hizo salir a la pareja del baño, les ordenó que se vistieran y los llevó hasta el comedor donde estaban las otras dos mujeres ya reducidas.
Allí, a madre e hijo los hicieron tirarse al piso boca abajo, les ataron las manos con unos precintos plásticos y luego les cubrieron las cabezas con las fundas de las computadoras.

V

Los sospechosos
Recién afines de 2006, luego de que el Ministerio de Seguridad bonaerense ofreciera una recompensa por datos sobre el doble crimen de Máximo Paz, se empezó a romper esa especie de pacto de silencio entre los testigos del caso, en su mayoría vecinos de toda la vida de las chicas asesinadas.
Sin embargo, los pesquisas primero debieron descartar una pista falsa surgida declaración de un vecino de las chicas –que luego resultó ser familiar de uno de los principales sospechosos- que sostenía que Soledad le había robado tres kilos de cocaína a un conocido delincuente de Máximo Paz y que por esa razón la habían asesinado junto a su cuñada.
Pero resultó claro para los detectives que este testimonio buscaba desviar la investigación y luego comenzaron a seguir la pista más firme que surgió de un nuevo testigo que habló sobre una fiesta de cumpleaños en Spegazzini donde Flavia y Soledad habrían estado la noche del doble crimen junto a sus asesinos, cuatro hombres de la zona.
Este joven, que habló bajo identidad reservada, describió a uno de los sospechosos que estuvieron en esa fiesta y así los peritos pudieron confeccionar el primer y único identikit de la causa. Mientras que otro testigo, vecino del barrio de las chicas, confirmó el dato del auto rojo, un Fiat Duna, y, además, agregó que junto a ese vehículo había un auto blanco y una motocicleta negra de alta cilindrada.
Con estos datos, los efectivos de la comisaría de Cañuelas, de la Policía Comunal de ese partido y de la Delegación Departamental de Investigaciones (DDI) de la Plata, realizaron en abril de 2007 una serie de procedimientos en los que apresaron a Carlos, quien se movilizaba por Máximo Paz, donde residía, a bordo de un Fiat 147 color blanco.
Por orden judicial, este sospechosos quedó preso e imputado como unos de los partícipes del doble crimen y quien, precisamente, conducía el auto blanco señalado por uno de los testigos.
“Nuestras casas quedaban fondo con fondo. Yo trabajé en un almacén que tiene su ex esposa. No lo puedo creer ¡Cómo no me di cuenta! Es terrible, verdaderamente terrible”, se lamentó la madre de Flavia al conocer la noticia de la detención.
Este detenido se quebró ante los investigadores y rápidamente aportó más datos que derivaron en las detenciones de otros dos hombres: Fermín y Roberto.
Estos dos fueron detenidos en las localidades de Monte Grande y Ezeiza donde los policías secuestraron una moto negra, que se cree es el rodado visto por los testigos junto al Duna rojo.
Para los investigadores las chicas ni bien comenzaron a caminar para su casa se encontraron con Fermín y Roberto, quienes iban en el Duna rojo y las invitaron a la fiesta de cumpleaños en la casa de Luciano, en Spegazzini.
Allí, las víctimas estuvieron un rato y se cree que una de ellas se negó a mantener relaciones sexuales con uno de los cuatro sospechosos, lo que disparó la furia asesina de estos hombres.
Así, las cuñadas fueron obligadas o engañadas a subir al Duna en el que abandonaron la fiesta, mientras que en el auto blanco los siguieron Roberto y Luciano.
Siempre de acuerdo a la hipótesis que manejaban los pesquisas policiales y judiciales, entre todos cometieron las violaciones seguidas de muerte de las cuñadas y arrojaron los cuerpos cerca de la casa de las víctimas para que los detectives sospecharan de los familiares y allegados; y funcionó durante muchos meses.

AA
Mayo 2007

IV

La pista del auto
Los investigadores policiales y judiciales de los homicidios de Flavia y Soledad siguieron durante los meses posteriores al doble crimen la pista de que los asesinos se movilizaban en un automóvil desde el que acecharon a las chicas para luego violarlas y ejecutarlas de un certero balazo en la cabeza cada una.
Así los indicaban las pruebas que constaban en el expediente y que habían surgido de distintas testimóniales, aunque ninguna muy precisa. Esto último alimentaba en los pesquisas la idea de que estos testigos no decían todo lo que realmente sabían porque conocían a los sospechosos que, a su vez, no eran ajenos a la zona donde residían y fueron asesinadas las cuñadas.
“Flavia y Soledad eran dos chicas muy tranquilas, nunca tuvieron problemas con nadie en el barrio, todos las conocían, si prácticamente nacieron aquí. No eran de tener enemigos ni ninguna de las dos familias los tenemos. Pero resulta que aparecieron muertas a cincuenta metros de casa y nadie vio ni escuchó nada. Yo les pido a los que sepan algo que no tengan miedo y digan lo que saben, porque así como les pasó a nuestras hijas le puede pasar a cualquiera”, sostenía la madre de “Fla”.
“Hay testigos de que unos hombres las estuvieron esperando dentro de un auto, gente que las venía molestando desde hacía tiempo. Yo notaba que Flavia estaba un poco nerviosa, como asustada, y no le presté atención, pensé que eran cosas de chicas. Pero de ninguna manera voy a creer que todo esto ocurrió por un ajuste de cuentas o la venganza de un ex preso, porque ellas no andaban en nada extraño”, agregaba la mujer, al mismo tiempo que decía no confiar en nadie y temer que el caso iba a quedar impune.
El reiterado pedido de colaboración a testigos reticentes y la pista del auto fueron palabras que se fueron perdiendo en el eco de un oscuro y largo túnel que parecía que nunca iba a arribar a buen puerto y durante casi siete meses no hubo más noticias del doble crimen de Máximo Paz.
Hasta que a principios de noviembre de 2006, el Ministerio de Seguridad bonaerense, a través de un decreto del Poder Ejecutivo, ofreció públicamente una recompensa de entre 10 mil y 50 mil pesos a las personas que aportaran información fehaciente que permitiera lograr la individualización y detención de los autores de los homicidios.
En el ofrecimiento de la recompensa, las autoridades hicieron hincapié en el aporte de datos concretos sobre la pista del auto, “un vehículo probablemente de marca Fiat, modelo Duna, color rojo ó bordo, con sus vidrios polarizados con dos personas de sexo masculino en su interior”.
A pesar del esfuerzo, no hubo muchas personas que se acercaron las oficinas de la Unidad Funcional de Instrucción 1 del Departamento Judicial de La Plata o ante la Subsecretaría de Investigaciones en Función Judicial del Ministerio de Seguridad provincial para aportar elementos que permitieran que la pesquisa avanzara.

III

Sospechas y movilización
La postura de la madre de Flavia hizo pensar a los investigadores que las familias de las dos chicas violadas y ejecutadas sabían más de los que decían. En el expediente ya había datos sobre la existencia de un hombre que conocía a las víctimas desde hacía tiempo y que, de hecho, acosaba a una de ellas, pero los parientes dijeron desconocer la identidad de esa persona que aparecía como principal sospechoso.
“Flavia era muy simpática y ese día (cuando ocurrió el doble crimen) la notamos rara, como asustada, como si alguien la estuviera amenazando”, indicó la mujer.
La pista del acechador encajaba, en parte, con los dichos de testigos que contaron los investigadores que vieron a Flavia y Soledad charlando con un hombre que manejaba un automóvil, al parecer, un Ford Falcon rojo, momentos ante de que desaparecieran.
De acuerdo a esa hipótesis, ese encuentro fue cerca del lugar donde luego hallaron los cuerpos y no cerca de del videoclub de Spegazzini donde las chicas habían estado poco antes. “Aquí estaban solas y en ningún momento se las vio preocupadas”, aseguró la dueña del local.
Los investigadores creían que este hombre era el mismo acosador del que hablaban otros testigos por lo que todo apuntaba a que las chicas no habían sido elegidas al azar por el agresor y un probable cómplice que las esperaron durante horas para emboscarlas.
Lo que llamaba la atención de los pesquisas es que ese vehículo fue visto por varias personas del barrio y no les resultó lo suficientemente sospechoso como para alertar a la policía.
Pero los datos concretos escaseaban y todo eran conjeturas abstractas, por lo que unas 500 personas, vecinos, amigos y familiares de las víctimas, coparon la tarde del último martes de abril las calles de Máximo Paz para reclamar el esclarecimiento del brutal doble crimen.
Los manifestantes se reunieron en la plaza principal de esa localidad del partido de Cañuelas bajo el lema “Justicia y que a este pueblo vuelva la paz” y cerca de las 18.15 partieron hasta la seccional local donde se entrevistaron con el capitán.
-Son todas hipótesis. No hay nada, ningún dato, nada- dijo la madre de Flavia.
-Es muy reciente, recién se empieza a investigar- le respondió el jefe policial.
La mujer abandonó la seccional acompañada por familiares de otras víctimas de la inseguridad y luego la marcha continuó hasta la iglesia local donde los manifestantes colocaron velas y rezaron. Seguidamente, hubo un cerrado aplauso que rompió el silencio que había caracterizado toda la movilización y, por último, se desarrolló la desconcentración, nuevamente, sin hacer ruido.

II

Violadas y ejecutadas
Los resultados de las autopsias practicadas a los cuerpos de Soledad y Flavia no se conocieron de inmediato. Los forenses extrajeron muestras de los cadáveres para posteriores análisis y los restos de las cuñadas asesinadas fueron inhumados dos días después del doble crimen en un cementerio privado de Spegazzini.
Durante el entierro, algunos de los familiares y vecinos comenzaron a hacer públicas sus sospechas que indicaban que los homicidios estaban vinculados al asalto a un supermercado en el que estaba involucrado el ex novio de Soledad y todo se había tratado de una venganza por la chica lo había delatado.
La tía de Soledad dijo creer que a su sobrina y a Flavia las violaron y las mataron porque los asesinos las conocían, lo que acentuaba la hipótesis del ataque sexual como móvil y, a la vez, también orientaba a la pesquisa hacia personas del entorno de las víctimas.
“No hay ningún detenido, ningún prófugo ni se sabe nada. Lo único que pido es ayuda para que esto no quede así nomás. Mis nenas tienen que descansar en paz”, señaló la mujer entre lágrimas durante la inhumación.
Al ver que los familiares de las víctimas insistían públicamente en la versión del ajuste de cuentas o de venganza, el capitán de la Policía Comunal de Cañuelas les reiteró que ya había abalizado el expediente por el robo al supermercado en busca de pistas.
“Revisé esa causa. El que está preso no fue novio de Soledad. Es el hermano de un ex novio de la víctima. Además, en la causa no figura que la joven hubiera declarado ni reconocido a nadie. Tampoco hay denuncias por amenazas”, señaló el jefe policial.
En tanto, un día después del entierro, los resultados del los forenses confirmaron que a Flavia y Soledad las habían violado analmente y luego asesinado de un disparo en la cabeza efectuado con una pistola calibre 22 y desde una muy corta distancia.
Estos datos indicaban que se el o los asesinos actuaron con saña -incluso a una de las víctimas prácticamente le apoyaron el arma en el cráneo antes de dispararle- y con la intención de humillar a los dos mujeres.
De acuerdo al informe forense, los disparos de arma de fuego no habían sido advertidos por los peritos en un principio por la cantidad de cabello de las jóvenes asesinadas, mientras que la violación había sido disimulada por familiares de las víctimas que al encontrar los cuerpos les acomodaron las ropas por una cuestión de pudor.
A partir de que se confirmó el acceso carnal, los investigadores comenzaron a analizar los fluidos hallados en los cadáveres para tratar de establecer, a través de pruebas de ADN, si hubo uno o más agresores.
Los primeros indicios apuntaban a uno o dos conocidos de las víctimas porque los peritos no encontraron signos de defensa en los cadáveres. Era como si las chicas no hubiesen esperado que las atacaran.
Si bien la saña empleada contra las víctimas afirmaba la hipótesis de la venganza o el ajuste de cuentas, la madre de Flavia restó veracidad a esas líneas investigativas que seguían la fiscal de la causa y la policía.
“No puede ser una venganza, menos de un ex preso, como se dijo. Las chicas no tenían enemigos”, sostuvo la mujer, al tiempo que anunciaba una marcha de familiares, amigos y vecinos de Máximo Paz en reclamo de Justicia.