V

A la caza de los secuestradores
Gabriel ya estaba libre, sano y salvo junto a su familia, por lo que los investigadores tenían el campo libre para avanzar con la pesquisa y poner a sus captores tras las rejas. La hipótesis de trabajo que manejaban era que la banda estaba integrada por la menos seis personas dedicadas al narcotráfico.
Con la venta de drogas habían obtenido los recursos necesarios –armas, autos y casillas- para operar luego como secuestradores.
La idea de la banda, que se creía era de Lanús, era obtener del rescate de “El gallego” una suma de dinero importante para comprar un importante cargamento de droga para comercializar. Y así se cerraba el círculo delincuencial.
Esa hipótesis indicaba que en la banda de secuestradores había dos hermanos que habrían usado el piso superior de una casa de dos plantas para retener a Gabriel. Se trataría de una construcción ubicada en el vecino partido de Lomas de Zamora, en cuya planta baja funcionaría una gomería.
Los funcionarios judiciales y policiales aseguraban por entonces que gran parte de la banda ya estaba identificada por lo que había esperanzas ciertas de atraparla.
Los datos surgían a partir del seguimiento de un delincuente conocido de la zona y que lo apodaban “El Uruguayo” o “El Paisano”, y que estaba relacionado con “El Hígado”, un temible secuestrador que iba reclutando “soldados” en distintos puntos del conurbano para cada caso en particular.
Si planeaba un secuestro en la zona sur, incorporaba a delincuentes de ese lugar y, tras concretar la maniobra, los liberaba de acción.
Al “Hígado” lo vinculaban al secuestro del adolescente de San Isidro y al de otro joven cometido poco antes en San Martín.
Pero las pruebas eran débiles. La idea de los detectives policiales era cargar sobre los hombros de este famoso secuestrador cuanto caso ocurriera en la provincia de Buenos Aires para descomprimir la presión por esclarecer los casos.
Otra hipótesis indicaba que Gabriel cautivo de una organización de la zona conocida como “Los Monitos”, que habría actuado en complicidad con la denominada “Los Santiagueños”.
La sospecha se basaba en que se trataba de personas extrajeras, y que uno de los grupos había sido el encargado de concretar la captura y el otro de custodiar a la víctima hasta que se pagara el rescate.

IV

Desahogarse de una pesadilla
El secuestro de Gabriel había sido tapa de todos los diarios y a pocas horas de haber sido liberado, la víctima tuvo que dar una conferencia de prensa para satisfacer a los medios.
Durante la charla con los periodistas, “El gallego” se desahogó y contó con detalles las terribles sensaciones que lo torturaron durante los dramáticos 10 días de su cautiverio.
El hijo del empresario del cuero fue claro: “Fueron los peores diez días de mi vida. En esos momentos uno se siente una basura”.
Después contó que estuvo atado de pies y manos con cables de electricidad y un gorro de lana que le tapaba los ojos. Describió cómo las ratas le caminaban por al lado y la tortura psicológica que sufrió de por parte de los secuestradores que le gatillaban en la cabeza un arma descargada.
Confesó que lo invadía una constante incertidumbre pensar que su destino estaba en manos de una banda de secuestradores a los que calificó como inexpertos.
Según la víctima, sus captores se mostraban nerviosos y pasaban la mayor parte del tiempo escuchando cumbia villera y fumando marihuana.
Y la amenaza que se repitió una y otra vez: “Si tu familia no cumple, te vamos a matar”.
“Todavía tiemblo... No sabía si me iban a matar mientras dormía, si me iban a tapar la boca para que me ahogue”, recordó Gabriel.
Las horas de su cautiverio fueron eternas. Los secuestradores lo tuvieron escondido en dos lugares distintos separados por una breve caminata en el medio del barro.
Según Gabriel, el primero de los sitios se trató de una casilla de chapa en el medio de un descampado. Allí, siempre atado de pies y manos y acostado, esperaba que su familia pagara el rescate para recobrar su libertad.
Hacía frío pero los captores sólo le dieron una sábana para cubrirse durante las noches y lo obligaron a hacer sus necesidades en un balde.
El hombre contó que pudo dos veces contactarse con sus familiares a través de sendas pruebas de vida. En una ocasión los delincuentes le permitieron realizar una llamada telefónica y la otra fue por una carta en la que escribió, por orden de los secuestradores, que pasaba mucho frío y que lo trataban mal.
La desesperación y la depresión terminó adueñándose de la víctima que, según confesó, en un momento hasta llegó a pedirle un arma de fuego a uno de los secuestradores para suicidarse.
Otra situación de suma intensidad fue cuando evaluó seriamente la posibilidad se escaparse del lugar donde lo mantenían cautivo o de, inclusive, sacarle el arma a alguno de los delincuentes y matarlo.
Finalmente, a Gabriel se le cruzaron por la mente las imágenes del hijo del ingeniero secuestrado y asesinado meses antes tratando de huir y siendo ejecutado por sus captores en un descampado de Moreno.
“El gallego”, fiel a su apodo, tuvo la fuerza necesaria para dominar todas esa ideas extremas y desistió cualquier tipo de acción que resultara mortífera.

III

La liberación
Minutos antes de las 22 del anteúltimo sábado de agosto de 2004, tras 10 días de cautiverio, “El gallego” Gabriel fue liberado sano y salvo en la localidad de Louis Guillén, partido bonaerense de Esteban Echeverría.
Sus captores lo soltaron cerca de una villa algo golpeado, nervioso y aturdido. La víctima entonces se acercó a una casa del barrio –la eligió por ser la más linda de la cuadra- y tocó el timbre parea pedir ayuda.
Patricia, la propietaria de la vivienda, había pedido minutos antes un remís para ir con su hija al cumpleaños de un amigo en Lanús cuando sonó el timbre. Ella se estaba peinando en el baño y la que respondió fue su hija, de 8 años, que le dijo que había un hombre en la puerta que decía que era por un asunto importante.
Patricia se asomó a la puerta y vio a Gabriel, a quien no reconoció. La víctima dijo ser el chico secuestrado y la mujer le prestó el teléfono para que se comunicara con la familia.
La mujer luego lo dejo ingresar a su casa. Gabriel se sentó frente al hogar porque tenía mucho frío y se puso a llorar en los brazos de Patricia mientras unos 16 minutos después, una decena de patrulleros llegó hasta al lugar para asistirlo.
Los investigadores sostuvieron que la víctima había estado cautiva dentro de una precaria casilla de una villa de la zona y liberada aparentemente porque sus secuestradores se vieron cercados por la policía, lo que generó desinteligencias y temores en el seno de la banda de delincuentes.
Sin embargo, el feliz desenlace llegó gracias a que los familiares de Gabriel habían pagado una hora antes de la liberación 150.000 pesos de rescate, aunque lo negaron públicamente.
El pago se había acordado el mismo sábado a la tarde cuando los delincuentes ordenaron que uno de los hermanos de Gabriel pusiera el dinero dentro un bolso y se dirigiera a la estación Sáenz del ex ferrocarril Belgrano Sur.
Allí, el hombre abordó una formación en dirección a la localidad de Aldo Bonzi y los secuestradores le dijeron que estuviera atento a cualquier llamada a su teléfono celular y que lo estaban vigilando para cerciorarse de que no lo estuviera acompañando la policía.
Finalmente llamada al celular llegó. Antes de arribar a la estación Tapiales sonó el teléfono y los secuestradores ordenaron al hermano de Gabriel que prestara atención a una señal, al costado de las vías, y que cuando la viera arrojara el bolso con el dinero por la ventanilla. El hombre lo hizo y su hermano fue libreado aproximadamente 45 minutos después.
Después de ocurrida la liberación de la víctima, los investigadores del caso comenzaron esa misma noche a buscar intensamente a los secuestradores con operativos de rastrillaje en distintas zonas del Gran Buenos Aires.
Los pesquisas aseguraban que la mayoría de los miembros de la banda estaban identificados y que entre sus miembros había delincuentes con antecedentes por varios secuestros.
Eran alrededor de las 23 cuando Gabriel llegó a la casa de sus padres en Lanús. Allí lo esperaban sus familiares y una nutrida guardia periodística.
En la puerta de la vivienda, justo antes de ingresar, Gabriel enfrentó a los medios y dio algunos detalles de su cautiverio: “Me trataron bien y me dieron de comer. Estuve atado de pies y manos en una cama dentro de una casilla”.
El hijo del empresario del cuero de Lanús también contó que los secuestradores lo dejaron mirar televisión y así pudo ver la marcha que el martes anterior a su liberación sus familiares, amigos y vecinos habían realizado.
“Eso me dio la fuerza para seguir adelante”, sostuvo Gabriel y agregó, respecto del momento en que lo soltaron que los secuestradores lo llevaron en el piso de un auto o de una camioneta y finalmente le gritaron: “bajate y corré”.
Luego, visiblemente exhausto y deteriorado físicamente, Gabriel ingresó a la vivienda para reunirse con su familia pero antes envió un claro mensaje: “Voy a estar en la marcha para nadie más viva lo mismo que tuve que vivir yo en estos días que estuve secuestrado”.
La intención estaba clara. Él, como víctima, quería hacer algo para acabar con los secuestros que desde hacía varios años venían castigando a los ciudadanos de la provincia de Buenos Aires.
Tres días después, el ingeniero padre del chico secuestrado y asesinado en Moreno, que se había convertido en un referente de las movilizaciones por mayor seguridad, organizó una nueva marcha, y “El gallego” estuvo presente.

II

Horas desesperadas
Paras los familiares y amigos de Gabriel el tiempo parecía estar congelado, inmóvil. Las horas pasaban y no había novedades sobre su secuestro. La desesperación llevó a que la gente se movilizara en las calles para reclamar por su liberación.
El martes de la semana siguiente a su captura, a partir de las 18.30, los vecinos de Lanús se movilizaron bajo una intensa llovizna en la plaza principal, frente a la iglesia, con carteles y banderas con las inscripciones: “Liberen a Gaby”, “Fuerza Gaby”.
En la plaza se juntaron alrededor de unas mil personas, entre los que, además de vecinos, amigos del joven secuestrado, empleados de la curtiembre de su padre y también el ingeniero padre del joven que había secuestrado y asesinado en Moreno, a fines de marzo de 2004.
El secuestro de “El gallego” generó una conmoción en el seno de la comunidad de todo el partido de Lanús. Es que la familia de la víctima era muy querida en la zona gracias a que su fábrica empleaba a más de 500 personas.
La gran mayoría de las 1.000 personas que marcharon era mujeres y chicos que sostenían velas con sus manos. Reclamaron justicia, cantaron el Himno Nacional y rezaron el Padre Nuestro.
Simultáneamente a la marcha, hubo una segunda comunicación telefónica en la que los secuestradores habían pedido al padre de Gabriel que en el caso no debía intervenir la policía.
Casi un día después de la marcha, los captores volvieron a comunicarse con la familia de la víctima. Otra vez “Romerito” fue el encargado de hacer llegar esa información a los medios aunque no dio precisiones sobre el contenido de la charla.
Si lo hizo en las posteriores 24 horas, cuando los secuestradores volvieron a llamar para decirle que el Gabriel se encontraba bien, aunque no dieron una prueba de vida, y comenzaron a negociar el pago del rescate.
“Romerito” también pidió mesura a los periodistas que hora tras hora hacían guardia frente a la curtiembre de la familia. Es que había circulado la versión de que los secuestradores habían entregado un llavero de Gabriel para demostrar que quienes negociaban eran los verdaderos captores.
El vocero se encargó de desmentir esa información y pidió que se evitara decir públicamente informaciones que no fueran veraces porque eso podía llegar a complicar la situación.
Ya habían pasado ocho días desde que Gabriel había sido secuestrado cuando sus captores realizaron un nuevo llamado telefónico a la familia para exigir un monto concreto de dinero y dieron las indicaciones de cómo debía entregarse el rescate.
“Romerito” confirmó la información e indicó que en esa charla se habló de una suma precisa de dinero, aunque, una vez más, no dio más detalles. Daba la impresión que el desenlace del caso estaba por ocurrir en cualquier momento, más cuando el vocero señaló que tanto él como la familia eran optimistas y esperaba una pronta resolución.

El valor del cuero

Gabriel, o “El Gallego”, como le decía en el barrio, estaba casado y era padre de dos pequeños, cuando una noche de miércoles de 2004 salió de la fábrica de productor de cuero de su padre en la que trabajaba, y que estaba ubicada en Lanús, en el sur del conurbano bonaerense.
La curtiembre funcionaba allí desde hacía muchos años, por lo que Gabriel y su padre eran muy reconocidos por los habitantes de la zona, que tenían un excelente concepto de ellos dos, a los que consideraban buena gente y trabajadora.
La fábrica estaba ubicada dentro de un predio de grandes dimensiones y contaba con cámaras de circuito cerrado en las entradas y varios guardias de seguridad.
Alrededor de las 21.30, “El Gallego” salió del predio a bordo de su camioneta rumbo a su casa y en el camino se detuvo a cargar combustible en una estación de servicio cercana.
Cuando retomó el viaje, y al llegar a la esquina de Manuel Ocampo y Boquerón, un automóvil le cortó el paso y al menos tres delincuentes armados se lo llevaron secuestrado.
Allegados a la víctima prefirieron no hacer público el caso ni admitir que se trataba de un secuestro. De hecho, ni siquiera realizaron la denuncia policial por los que los investigadores comenzaron a trabajar de oficio.
“Sabemos que está pasando algo, les solicitamos reserva, para no entorpecer y poder resolverlo pronto y prudentemente”, dijo “Romerito”, vocero de la fábrica de la víctima.
La única información del seno familiar que trascendió públicamente al día siguiente de la captura indicaba que dos hermanos de la víctima procuraban localizar a su padre, que se hallaba en Italia en un viaje de de negocios junto a su mujer.
Al mismo tiempo que la familia de “El Gallego” se encontraba presa de la desesperación, desde la gobernación bonaerense sostenían en los últimos dos meses había bajado el número de casos de secuestros extorsivos y exprés.
Según un informe oficial, entre enero y agosto de 2004 se habían denunciado 137 secuestros, incluido el de Gabriel. En 15 casos la modalidad fue la extorsiva mientras que 113 hechos fueron secuestros exprés y los restantes 9 autosecuestros.
En 68 de los casos se concretó el pago del rescate de 20 mil pesos por cada uno de ellos en promedio. En tanto, en otros 51 secuestros se produjo la liberación sin pago alguno.
Esas estadísticas se conocieron no sólo un día después de la captura de Gabriel, sino también cuando un adolescente de 17 años de San Isidro llevaba 18 días secuestrado.
De hecho, desde el Ministerio de Seguridad aseguraban que el único secuestro en curso era del chico y que no había ningún otro caso en Lanús.
A las 24 horas, “Romerito” decidió acudir a los medios ya que las horas pasaban y no había noticias de Gabriel. “Hasta el momento los secuestradores no se han comunicado con la familia por lo que pidió públicamente a los delincuentes que lo hagan lo antes posible para comenzar las negociaciones por la liberación de Gabriel”, indicó.
En tanto, la familia de Gabriel, con sus padres ya regresados de Italia, estaba reunida en un country de la zona oeste del Gran Buenos Aires a la espera de novedades.
El sábado siguiente al secuestro, los captores finalmente se comunicaron con la familia de la víctima e exigieron una alta suma de dinero como rescate.
Los parientes se comenzaban a mostrarse más esperanzados ya que al mismo tiempo, el adolescente secuestrado en zona norte, había sido liberado, y eso era una excelente noticia ya que los llevaba a pensar en que su caso iba a tener el mismo desenlace.

Volá Gil, Volá

Roberto “Tito” Gil había vivido toda su vida en un pequeño pueblo del valle de Río negro, junto a la cordillera patagónica , cuando por el incontrolable efecto de la patada de una par de bonitas piernas, se fue tierra arriba, más precisamente, a la provincia de Buenos Aires. Allí, en una localidad a orillas del Río de la Plata, inició un próspero negocio de cotillón.
El boom de su negocio ocurrió en 2003, cuando las ventas aumentaron radicalmente. Es que los pingüinos había llegado al gobierno y así se acabó la recesión económica, bajó el desempleo y aumentaron lo salarios. Claro, la gente tenía tantos motivos para festejar que adornaba sus casas con globos, guirnaldas, pitos y matracas.
“Tito” Gil estaba contentísimo con su negocio, hasta que a principios de 2008 los pingüinos comenzaron a pelearse con las vacas por el control de un yuyo mágico. El pobre montañés no entendía por qué tanto alboroto, si era un simple yuyito. No sabía mucho de flora, salvo de frutas finas, y menos de fauna, pero empezó a ver que la gente tenía menos motivos para festejar.
Las vacas cortaban las rutas, y así los proveedores no le podían acercar el cotillón para vender. Por qué la gente, más allá de la brutal pelea entre pingüinos y vacas seguía cumpliendo años y alguna que otra vez se despachaba con alguna fiestita, con menos alegría, pero con los adornos de siempre.
Así que Gil primero se vio obligado a decirles a sus clientes de siempre que por culpa de un yuyo mágico que crecía hasta en las macetas no tenía suficientes globos, guirnaldas, pitos y matracas para venderles.
Hasta que un día, las vacas se fueron de las rutas y se apoderaron del yuyito, mientras que los pingüinos se quedaron con mucha bronca y un poco más empobrecidos.
En ese momento, “Tito” Gil utilizó los ahorros que había acumulado durante los cinco años de buena racha de su negocio y compró mucho cotillón, en caso de que se reavivara la pelea por el yuyo.
Pero el tiro le salió por la culata ya que a fines de año, al señor del norte se le cayó la bolsa y la economía mundial entró en una crisis furibunda. No sólo escaseaban los motivos de la gente para festejar, sino que sus clientes se quedaron sin trabajo y, por ende, sin dinero para comprarle cotillón.
Desde su tierra natal le llegaban noticias de que la situación era también crítica, aunque no llegaba al punto de lo que ocurría en su localidad bonaerense.
Desesperado, y ya paralítico de sus piernas bonitas, “Tito” Gil decidió regresar a su pueblo rionegrino, pero para eso primero tenía que vender toda la mercadería que tenía acumulada. Ya no le quedaban ahorros y necesitaba el dinero para poder viajar.
Para deshacerse de las guirnaldas, pitos y matracas, el brasuca no tuvo tantos inconvenientes porque las primeras eran usadas para reemplazar a las plantas que se secaban por la falta de agua, los segundos quedaban en manos de los partidarios de los pingüinos para cobrarles las faltas a las vacas, cuyos fans, a su vez, empleaban las matracas para hacer escuchar su reclamo de que el yuyo ya había perdido sus poderes mágicos por culpa de la bolsa de mierda del señor del norte.
Pero los seguidores de la fauna estaban tan pobres que “Tito” casi regaló el cotillón. A lo que se le sumó el problema de los globos, nadie los quería globos porque a casi quedaba ni aire para inflarlos. Entre el calor y la crisis, todos estaban ahogados.
Con lo poco que había ganado con la venta de sus guirnaldas, pitos y matracas a “Tito” no le alcanzaba para pagar el costo del viaje a su pueblo natal. De hecho, los pingüinos para salir de pobres aumentaron los precios de todo tipo de transportes para que las rutas estuvieran vacías y así las vacas no tuvieran ningún motivo para volverlas a cortar.
Claro está, que con lo que se gana vendiendo cotillón es prácticamente comprar un boleto de avión, así que “Tito” Gil se quedó varado. Desesperado, fue a rezar a misa para pedirle a Dios que lo ayudara a regresar a su casa. En la capilla se encontró con el cura brasileño Adelir de Carli. Este religioso nacido en Paranagua se jactaba de haber regresado de la muerte. Bah, en realidad, todos sabían que se había perdido durante un viaje y que terminó en el conurbano bonaerense de casualidad. Pero la leyenda era más divertida.
Este cura aventurero le dio la idea de que utilizara sus ahorros para comprar un inflador de aire comprimido y así poder inflar los miles de globos que le quedaban en stock e irse volando a su pueblo.
El religioso le juró que con mil globos le iba a alcanzar. Y “Tito”, un tipo muy creyente, confió en él, por lo que se compró el inflador de aire comprimido.
Durante días se pasó inflando los mil globos que los ató a una silla donde él se iba a sentar a esperar un una buena ráfaga de viento caliente proveniente del norte para que lo devuelve tierra abajo.
Cuando finalmente terminó se armar su aeronave, la gente se reunió en multitud en el muelle desde donde “Tito” Gil iba a regresar a su pueblo. No faltó el cura, que lo bendijo.
La ráfaga de viento norte llegó con fuerza y el montañés salió volando rápidamente. “Volá Gil, volá”, le gritaba el público enfervorizado.
Y Gil voló, tan alto, que rápidamente se perdió de vista. A su pueblo patagónico nunca llegó; algunos creen que se cayó en el viento cambió y murió ahogado en el mar, o cayó en medio del desierto patagónico, pero otros aseguran que se perdió en un pequeño rincón del conurbano donde se convirtió en cura.

AA
Enero 2009.

VI

Por último, cierta calma

El miércoles de octubre que se iba a conocer el veredicto del juicio por el crimen de Lucas se presentó como un cálido día de primavera, muy distinto de aquella tormentosa y fría noche en la que el joven fue asesinado de un balazo.
Desde muy temprano Marta esperó el fallo para poder desahogarse y obtener un poco de paz entre tanto sufrimiento. Pero la mujer estaba muy tensa ya que había recibido en horas de la mañana una nueva amenaza escrita en un papel que decía: “Después de la sentencia, vamos a boletear a otro de tus hijos”.
La luz del sol era implacable y la humedad no hacía más que aumentar la densidad del ya espso aire. Y como si esa espera no fuera suficiente, el Tribunal no dio a conocer sólo el veredicto sino que leyó todos los fundamentos de la sentencia durante dos horas, lo que dilató la situación.
Minutos después de las 16, Marta escuchó lo que había estado esperando hacía más de dos años: los cuatro imputados fueron condenados a prisión perpetua por el crimen de su hijo.
En un fallo unánime, los acusados fueron considerados coautores del "homicidio calificado criminis causa" en perjuicio de Lucas, tal como lo habían solicitado la querella y la fiscalía.
Así el Tribunal entendió que los imputados decidieron matar a Lucas luego de haber visto frustrada su intención primeraza de robarle el auto y para encubrir el asalto.
“Todos tenían conocimiento de lo que se iba a hacer y no desconocían las consecuencias. El desenlace final era posible”, sostuvo el Tribunal en su fallo.
De acuerdo a la sentencia, fue el "Cepillo" quien se puso de frente a la víctima y le disparó, mientras que lo otros tres tuvieron una participación activa en el hecho.
A último momento, la defensa de “Chiru” había intentado atenuar la condena al buscar que el Tribunal tuviera en cuenta que la mujer vivían en la “marginalidad”.
“Mucha gente se encuentra en la pobreza y no por eso sale a delinquir”, quedó expresado en la sentencia.
Respecto del rol de esta mujer, el Tribunal remarcó el testimonio de una vecina de Lucas que declaró que al momento del asalto escuchó una voz femenina que decía: “dale, dale, tirale”.
A ese elemento de prueba le sumó los dichos de otro testigo que aseguró que después del cirmen, “Chiru” hacía “gala de que había dicho que lo maten al pibe”.
Al conocerse el fallo los familiares y amigos de Lucas, que estuvieron presentes en todas las audiencias del debate oral, estallaron de la emoción y, entre llantos, se fundieron en un abrazo eterno.
Mientras que en los pasillos, se produjeron algunos incidentes ya que los parientes de los condenados estallaron de rabia y comenzaron a insultar y empujar a los policías.
“Los verdaderos asesinos siguen sueltos”, gritó la hermana de “Cepillo”.
Mientras que un hombre pariente de “Tato” agredió a un efectivo y fue reducido. Cuando el apresado era trasladado por los agentes otro grupo de familiares intentó liberarlo, por lo que se produjeron nuevos forcejeos en las escaleras del edificio.
Pero en pocos minutos la situación fue controlada, y la familia de Lucas pudo sentirse un poco más aliviada. “Ahora mi hijo va a descansar en paz. Creo en la Justicia. Por eso ahora voy a llegar a mi casa y les diré a mis chicos quién fue su hermano”, sostuvo Marta, con la voz entrecortada.
Martín, uno de los hermanos de la víctima, también se mostró conforme con la sentencia: “Una vez sí se hizo Justicia. Lucas va a poder descansar en paz y nosotros vamos a dormir un poco mejor”.
Para la querella se trató de un fallo “ejemplar” y se mostraron expectantes a que un Tribunal Superior confirme las condenas que iban a ser apeladas por la defensa.
Aquella tarde primaveral de octubre finalizó en paz. Con esa calma que nunca iba a llegar si no se hacía justicia en el crimen de Lucas, que tal como dijo su madre al comienzo del juicio oral, su único delito fue haber sido una buena persona.

AA
Noviembre 2005