La Masacre de Trelew IX

 A mediados de 2005, casi 33 años después de cometida la “Masacre de Trelew”, se reabrió la causa por los asesinatos en la Justicia Federal de Chubut y luego, al avanzar la investigación, se libraron las órdenes de captura para los imputados. Así, el 9 de febrero de 2008, el capitán de navío Hugo Paccagnini, jefe de la Base Almirante Zar en 1972, fue detenido en un departamento situado en la calle Arce, en la ciudad de Buenos Aires. Y ese mismo día, personal de la policía chubutense apresó al capitán de corbeta Emilio Del Leal en su casa de la localidad bonaerense de Vicente López.

 El 19 de febrero, el ex cabo Carlos Amadeo Marandino llegó al aeropuerto internacional de Ezeiza procedente de los Estados Unidos y quedó detenido. Mientras que cinco días más tarde, el contralmirante Horacio Mayorga, ex responsable de todas las bases patagónicas, fue apresado y al día siguiente fue trasladado a Trelew y quedó alojado en la comisaría 1ra. de esa ciudad.

 En tanto, el 22 de agosto, personal de la Brigada Antinarcóticos de la policía chubutense llegó hasta una inmobiliaria situada en Pueyrredón al 1300 de la ciudad de Buenos Aires ya que contaba con el dato de que dicho comercio había sido intermediario de la venta de un departamento que el capitán retirado Luis Emilio Sosa tenía en la calle Austria. Al llegar, los efectivos policiales constataron que la esposa de Sosa trabajaba allí y a los pocos minutos el ex marino se presentó en la inmobiliaria y quedó detenido.

 Sosa fue alojado en la seccional 4ta. de Trelew, mientras que Del Leal y Paccagnini quedaron presos en la alcaidía de la ciudad, y Marandino en una comisaría de Playa Unión.

 Por su parte, el capitán de navío retirado Jorge Enrique Bautista no fue detenido ya que padecía graves problemas cardíacos y recién pudo estar a disposición de la Justicia cinco meses después.



Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew VIII

Camps contó que en las noches siguientes no les dieron las mantas y colchonetas hasta después de los interrogatorios. “Ya a esta altura, dentro de las mismas celdas nos sometían a un trato muy duro, típicamente militar: cuerpo a tierra, sostener el cuerpo con los dedos apoyados sobre la pared, órdenes militares de echarse a tierra y levantarse, etcétera.

(…) “La noche del 22 de agosto se advirtió, con la natural sorpresa nuestra, un cambio bastante notorio. Por un lado, los cabos –ya a esa altura no se advertía la presencia de simples soldados y todos los que actuaban en nuestra custodia eran oficiales y suboficiales de marina- se mostraron más `blandos` y hasta amables, incluso entablaron diálogos con alguno de nosotros; y, por la otra, nos llamó la atención que nos entregaran las colchonetas y mantas bastante temprano”.

(...) “Nos interrogaron esa noche y alrededor de las 3.30 de esa madrugada nos despertaron dando patadas sobre la puerta de las celdas y haciendo sonar violentamente pitos por el mismo ventanuco.

“Además, por primera vez, abrieron todas las celdas. Antes siempre lo hicieron celda por celda. Nos ordenaron salir y colocarnos de espaldas a las puertas de las celdas. Nos dieron la orden de bajar la vista y poner el mentón sobre el pecho. Yo estaba con Delfino en la mencionada celda N° 10 y ambos acatamos la orden”, recordó Camps y precisó que todo ese procedimiento se llevó a cabo en “uno o dos minutos”.

Y continuó: “Sentí entonces, casi de inmediato, dos ráfagas de ametralladora. Pensé en fracción de segundos que se trataba de un simulacro con balas de fogueo. Vi caer a Polti, que estaba de pie sobre la celda N° 9, a mi lado; y de modo casi instintivo me lancé dentro de mi propia celda. Otro tanto hizo Delfino. De boca ambos en el suelo, Delfino a mi derecha, permanecimos en esa posición, en silencio, entre tres y cuatro minutos. Nuestro único diálogo fue el siguiente: Delfino dijo `qué hacemos` y yo contesté algo así como `no nos movamos`.

“Durante ese breve lapso escuché una o dos ráfagas de ametralladora al comienzo, luego varios tiros aislados de distintas armas, gemidos, ayes de dolor y respiraciones agotadas o sofocadas. Luego se introdujo en la celda, pistola en mano, el oficial de marina Bravo. Nos hizo poner de pie con las manos en la nuca.

“Dirigiéndose a mi me requirió en tono muy duro –parecía muy agitado- si iba o no a declarar. Respondí negativamente y sin nuevo diálogo me disparó un tiro en el estómago con su pistola calibre .45. Nos apuntó y disparó desde la cintura. Acto continuo le disparó a Delfino. La distancia no alcanzaba al metro o metro y medio. Estábamos en la mitad de la celda y Bravo traspuesto la puerta y se encontraba dentro.

“Yo caí sobre el lado izquierdo mirando hacia la puerta; y Delfino a mi derecha. Sus pies quedaron a la altura de mi abdomen y me oprimían. No sentí que Delfino se moviera. Con mucho esfuerzo corrí unos centímetros sus pies. Quedamos allí entre diez y treinta minutos. No puedo precisar con exactitud el tiempo. No perdí totalmente el conocimiento. Entraron algunas personas. Les oí decir que yo estaba herido. Adopté el temperamento de no moverme ni quejarme.

“Al cabo de ese lapso que no puedo precisar con exactitud, llegaron los enfermeros navales. (…) Nos colocaron sobre camillas y me transportaron esquivando cuerpos caídos en el pasillo, pasando sobre ellos. Me depositaron en una ambulancia. Era aún de noche.

“Me llevaron a una sala médica. No me sometieron a ninguna curación. Apenas me limpiaron la herida y creo que me dieron un calmante. Presumo que así fue porque me dormí. Allí pude ver a María Antonia Berger, Alfredo Kohon, Carlos Astudillo y Haidar.

“Luego, en avión, ya de día –ignoro la hora- me trasladaron a Puerto Belgrano. Allí fue operado. También allí me entrevistó el juez naval ante quien declaré sobre estos hechos y ante quien firmé mi declaración”, concluyó Camps.



Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew VII

Alberto Camps coincidió en que el juez Godoy y el abogado Amaya acompañaron a todo los detenidos que se habían rendido en el aeropuerto hasta “el pasillo interior del cuerpo del edificio donde se encuentran las celdas” en las que fueron alojados en la base Zar y precisó que él compartió “el calabozo N° 10 con Kohon, Delfino y Mena”.

“Entre la noche del martes 15 y la madrugada del miércoles 16 nos revisan individualmente dos personas de civil, que más tarde identificamos como médicos navales. (…) La revisación es prolija. Previamente nos desnudan de manera total. Existe preocupación por constatar si tengo lesiones, especialmente magulladuras, lastimaduras o heridas. No advierten lesión alguna”. (…)

“A las cinco de esa madrugada nos entregan colchonetas y dos mantas por persona, nos encierran en las celdas con cerrojo y candado, y nos dejan dormir hasta aproximadamente el mediodía del miércoles 16.

“Esa noche aparece el oficial de marina Bravo, de treinta años aproximadamente, rubio, bigotes, quien luego está casi permanentemente con nosotros, actúa desde el comienzo con rudeza y nos somete a un rígido trato militar.

“Esa misma noche fui víctima de un castigo que me impuso el capitán Sosa. Yo conversaba con mis compañeros en la celda. Sosa me prohibió hacerlo y me impuso silencio. Me ordenó entonces ponerme de pie y dispuso, impartiendo a un suboficial la orden correspondiente, que pasara toda la noche de plantón. Invocó el honor del Ejército y la Marina y nuestro sometimiento a las autoridades militares. Más tarde, mientras yo cumplía dicho plantón, dejó sin efecto la sanción. Esa noche dormimos sin ser molestados de manera especial.

“La custodia, a la vez que impresionante, era en cierto modo ridícula. (…) En el pasillo, entre dos líneas de celdas estaban apostados soldados y suboficiales con armas sin seguro, en número tal que para caminar era menester abrirse camino entre soldados y oficiales.

“Para sacarnos de las celdas se usó al comienzo un procedimiento muy singular. (…) se desalojaba el pasillo, se abría la celda y se nos hacía caminar en dirección al hall encajonados de frente por varios hombres uniformados con las armas sin seguro y apuntando. Luego, al llegar a la puerta de salida de ese hall, nos daban la voz de alto y desde allí nos conducían al baño encajonados desde atrás a muy corta distancia, (…). Un soldado ingresaba con cada uno de nosotros al baño y permanecía allí, encañonándonos.”

Según Camps, de esa manera transcurrió desde el miércoles hasta la noche del jueves 18 de agosto. “Desde entonces, regularmente, nos entregaban las colchonetas y mantas a las diez de la noche y las retiraban alrededor de las cuatro, hora en que nos conducían individualmente para someternos a interrogatorios en el ala contigua del mismo edificio, en una habitación donde éramos interrogados por oficiales de la Marina y del Ejército y por personas de civil, funcionarios policiales de organismos nacionales de seguridad”, indicó.

“Todos sin excepción –yo desde luego- nos negamos a responder a las diversas preguntas que nos formulaban, negativa que provocaba las consiguientes amenazas, agravios e insultos cada vez más agresivos y apremiantes”.


Fuentes: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew VI

Sobre la noche de la masacre, Berger relató: “A las 3.30 nos despiertan los gritos que profieren el teniente de corbeta Bravo, el cabo Marchan y otro cabo del cual ignoro su nombre (¿Marandino?). (…) Todos ellos profieren insultos a nuestros abogados, al tiempo que aseguran `ya les van a enseñar a meterse con la Marina` a gritos, nos dicen que esa noche vamos a declarar, querramos o no.

“Escucho otras voces de otras personas diciendo cosas semejantes pero no alcanzo a distinguirlas puesto que inmediatamente nos ordenan salir de nuestras celdas., caminando sin levantar los ojos del piso; noto que es la primera vez que nos dan tal orden pero no logro adivinar el motivo de la misma. Una vez en el pasillo que separa las dos hileras de celdas que son ocupadas por nosotros, nos ordenan formar en fila de a uno, dando cara al extremo del pasillo y en la puerta misma de nuestras celdas. También observo que es la primera vez que nos ordenan tal dispositivo para sacarnos de nuestras celdas.

“De pronto, imprevistamente, sin una sola voz que ordenara, como si ya estuvieran todos de acuerdo, el cabo obeso (¿por Marandino?) comienza a disparara su ametralladora sobre nosotros y al instante el aire se cubrió de gritos y balas, puesto que todos los oficiales y suboficiales comenzaron a accionar sus armas. Yo recibo cuatro impactos, dos superficiales en el brazo izquierdo, otro en los glúteos, con orificio de entrada y de salida, y el cuarto en el estómago; alcanzo a introducirme en mi celda, arrojándome al piso; María Angélica Sabelli hace lo mismo, al tiempo que dice sentirse herida en un brazo, pero momentos después escucho que su respiración se hace dificultosa y ya no se mueve. En la puerta de la celda, en el mismo lugar donde le ordenaron integrar la fila, ya Santucho, inmóvil totalmente.

“Reconozco las voces de Mena y Suárez por su acento provinciano, dando gritos de dolor. Escucho también la vos del teniente Bravo dirigiéndose a Albert Camps y a Cacho delfino, gritándoles que declaren; ambos se niegan, lo cual motiva disparos de arma corta; después no vuelvo a escuchar a Alberto ni a Cacho. Escucho, sí, más voces de dolor que son silenciadas a medida que se suceden nuevos disparos de arma corta; ahora solo escucho las voces de nuestro carceleros que con gran excitación comienzan a inventar la historia que justifique el cruel asesinato, aunque solo sea válida entre ellos mismos.

“Escucho que se aproximan los disparos de arma corta. Es evidente que quien se haya abocado a la tarea de rematar a los heridos está cerca de mi celda; trato de fingir que estoy muerta y entrecerrando los ojos lo veo parado en la puerta de mi celda; es alto de cómo 1,80 metros, de cabello castaño aunque escaso, delgado; lleva insignia de oficial de la Marina. Apunta a la cabeza de María Angélica y dispara, aunque ésta ya está muerta. Luego dirige el arma hacia mí también dispara; el proyectil penetra mi barbilla y me destroza el maxilar derecho alojándose tras la oreja del mismo lado. Luego se aleja sin verificar el resultado de sus disparos, dando por sentado que estoy muerta.

“Continúan los disparos de arma corta hasta que se hace silencio, sólo quebrado por las idas y venidas de mucha gente; ellos llegan, nos miran, tal vez para cerciorarse de si ya estamos muertos; (…) yo continúo tratando de no dar señales de vida.

“A la hora llega un enfermero que constata el número de muertos y heridos; también llega una persona importante, tal vez un juez o un alto oficial, a quien le cuentan una historia inventada. Cuatro horas después llegan ambulancias, con lo cual comienzan a trasladar, de a uno, los heridos y los muertos. Cuando llego a la enfermaría de la base observo la hora, son las 8.30 (…). Me llevan a una sala en la enfermería, en la cual veo seis camillas en el suelo con seis heridos; yo soy la séptima.

“Dos médicos y algunos enfermeros nos miran pero se abstienen de intervenir. Sólo uno de ellos, un enfermero, animado por algo de compasión, quita sangre de mi boca; nadie atiende a los heridos (…).

“A pesar de la cercanía con la ciudad de Trelew no requieren asistencia médica de allí, sino que esperan a que arriben los médicos desde la base Puerto Belgrano, quienes lo hacen al mediodía, o sea cuatro horas después de nuestra llegada a la enfermería. Los médicos recién llegados nos atienden muy bien; nos operan allí mismo, surgiendo dadores de sangre entre los soldados. Recupero el conocimiento veinticuatro horas después de la operación, ya en un avión que me transporta a la base Puerto Belgrano, donde la atención médica continúa siendo muy buena”.


Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew V

María Antonia Berger también comenzó su relato desde el momento en que se rindieron en el aeropuerto de Trelew. “El juez que intervino en la negociación de nuestra rendición (por Alejandro Godoy) prometió acceder a nuestro requerimiento de que nos retornara al penal de Rawson en forma inmediata. (…) Al llegar las tropas de Infantería de Marina, las tratativas se celebran con el oficial al mando de las mismas, capitán de corbeta Sosa, ante quien, Mariano Pujadas, Rubén Pedro Bonet y yo insistimos en lograr que se nos reintegre a la unidad carcelaria, como condición previa a la rendición. Ante la oposición del capitán Sosa, se hace saber a él y al juez federal que a nuestro la base naval no reúne las mínimas garantías de seguridad en cuenta a nuestras vidas; para el supuesto caso de que el penal de Rawson aún se encontrara ocupado militarmente por los compañeros alojados en éste, los tres nos ofrecíamos a gestionar y obtener la rendición incondicional de ellos.

“E estos términos se planteaba la discusión, aunque el capitán Sosa accede a los requerimientos y afirma que nos llevará hasta el penal. De esta forma se hace efectiva la rendición y todos entregamos nuestras armas; momentos antes de ascender al micro que nos llevaría de regreso a la cárcel de Rawson nos enteramos que se nos lleva a la base naval Almirante Zar, bajo el pretexto de que la zona se había declarado en estado de emergencia, por lo cuál, las órdenes recibidas por Sosa eran el traslado de los prisioneros a la base para su alojamiento en ésta”.

Berger señaló que el juez Godoy y el abogado Mario Abel Amaya – quien el 19 de agosto sería detenido, excarcelado a fines de 1972 y vuelto a detener en el 76`, año en que murió tras ser torturado- los acompañaron en el micro que los llevó hasta la base y hasta el pasillo que conducía a las celdas. “Al despedirse de nosotros, el juez reitera que hará todo cuanto fuera necesaria para garantizar nuestra seguridad física”, recordó la víctima.

Respecto del trato que recibieron durante su detención en la base, Berger indicó: “Para ir al baño y a comer nos llevan de a uno, con ambas manos apoyadas en la nuca, mientras nuestros carceleros nos apuntan con sus armas montadas y sin seguro; en forma continua se procede a maltratarnos; a los muchachos se les ordena hacer repetidas veces cuerpo a tierra totalmente desnudos, a pesar del intenso frío característicos de la zona. También se nos obliga a hacer numerosos movimientos parándonos y sentándonos en el suelo, o sostener el peso del cuerpo con los dedos estirados y apoyados de punta en la pared durante mucho tiempo, hasta que el dolor es insoportable. (…)

“Recuerdo una ocasión, (…) el teniente de corbeta Bravo colocó su pistola calibre 45 en la cabeza de Clarisa Lea Place, al tiempo que amenazaba con matarla, porque ésta se negaba a colocarse boca arriba en el suelo. Clarisa, atemorizada, contesta con un débil <>; el oficial vacila; luego baja su arma”.

“(…) Es notorio cómo la situación es progresivamente más tensa; lo sienten aun nuestros carceleros; tres disparos aislados y hasta una ráfaga entera de ametralladora cuyas marcas quedaron en las paredes son muestras de un nerviosismo manifiesto que hacía que sus armas se les dispararan sin ellos darse cuenta.

“Una noche asistimos a un simulacro de fusilamiento y como tal lo asumimos posteriormente. Aproximadamente a la medianoche nos despiertan con gritos; a oscuras nos obligan a tirarnos cuerpo a tierra repetidas veces, sentarnos y pararnos en el suelo, etcétera, al tiempo que simulan ir a buscarnos para llevarnos, abren los candados, los cierran nuevamente; encienden y apagan las luces al tiempo que montan y desmontan repetidas veces sus armas. Escuchamos cuchicheos de nuestros carceleros con otros oficiales que han llegado. Por señas le preguntaba a un cabo que estaba pasando y me contesta moviendo el dedo índice como si apretara el gatillo de un arma. Como cierre de una noche agitada, comienza un nuevo interrogatorio por los oficiales, ante quienes reiteramos nuestra negativa a declarar; amenazan a Alfredo Kohon con ser torturado si insiste en su negativa a declarar”.


Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew IV


“La noche del día lunes nos permitieron acostarnos temprano, más o menos a las 23 horas, pero a las 3.30 fuimos despertados violentamente por el capitán Sosa y el oficial Bravo. Nos ordenaron que dobláramos los colchones y las mantas. Un cabo abrió celda por celda. A medida que nos levantábamos nos hacían parar contra la pared mirando el piso. A mi me hizo levantar el capitán Sosa y me ordenó que mirara al suelo. Como lo hice con cierta displicencia, me ordenó que pusiera la barbilla contra el pecho. Seguramente no cumplí esta orden de la forma que él pretendía, pues de inmediato sacó la pistola, la preparó para disparar y me dijo apuntándome: `Si no ponés la barbilla contra el pecho te pego un tiro`. (…) 

“Sosa se retira inmediatamente de mi celda y unos minutos después ordenar formar en el pasillo. Salimos todos los prisioneros y en completo silencio formamos dos filas, mirando hacia la salida, cada uno parado al lado de la puerta de su celda. En el extremo abierto del pasillo había dos o tres suboficiales armados con metralletas PAM. Bravo recorrieron las hileras hasta el final y volvieron. Hicieron ese recorrido profiriendo amenazas e insultos y diciendo cosas tales como `l
o peor que podrían haber hecho era meterse con la Marina` y `ahora van a ver lo que es el terror antiguerrilla`, etcétera. Nosotros permanecimos en silencio. Nadie contestaba. Nadie se movía. Cuando Sosa y Bravo ya terminaba su recorrido, en forma completamente sorpresiva y sin que mediara el menor incidente, el menor movimiento, comenzó el tableteo de una ametralladora. Miré sobresaltado hacia el extremo abierto del pasillo y vi caer a Susana (Lesgart) y Clarisa (Lea Place). 

“Giré rápidamente y me introduje en mi celda. Detrás de mí lo hizo mi compañero. Allí nos quedamos Kohon y yo durante un instante, parados, escuchando las ráfagas y sin atinar a hacer nada. Enfrente mío vi caídos a Bonet y Toschi, alcanzados por disparo cuando intentaban introducirse en su celda. Bonet se apoyaba en su codo derecho y me miraba en silencio. Nadie atinaba a hablar. Sólo se escuchaban los quejidos de dolor de los heridos. Inmediatamente, Kohon y yo nos acostamos debajo de la losa que, empotrada en la pared, hacía las veces de única cama en a celda. (…) Desde allí seguimos escuchando el ruido de las ráfagas, hasta que de pronto éstas se interrumpen.

“Luego oímos el vozarrón de Bravo. Dijo: `Éste todavía está vivo` y a continuación un disparo aislado. Esto ocurrió varias veces. Instantes después, Bravo entró en nuestra celda y nos ordenó que nos pusiéramos de pie. Obedecimos. Bravo nos pregunta entonces: `¿Van a declarar como corresponde ahora o no?`;. Mientras, nos apuntaba con su pistola. Kohon y yo contestamos que sí- Bravo se retira entonces de la celda pero de inmediato apareció el oficial cuyo nombre podría ser Fernández y sin mediar palabra me apunta a la cara. Instintivamente giré mi cuerpo hacia la izquierda en el exacto momento en que me disparaba. Recibí el impacto en el ángulo superior derecho del hemotórax izquierdo, debajo de la clavícula.

“El impacto me levantó en vilo y me hizo caer sobre el camastro de cemento quedando de bruces sobre él, con las rodillas apoyadas en el suelo. Sentí un profundo dolor en la espalda y comencé a sangrar abundantemente por la herida y por la boca. Sin embargo, no omití queja ni sonido alguno y permanecí inmóvil. A continuación escuché los disparos del mismo oficial efectuó sobre Kohon, no recuerdo cuántos. Y luego los quejidos de dolor de mi compañero. Hubo un largo rato de silencio, luego nuevamente la voz de Bravo que en tono muy fuerte decía a alguien: `¡Se quisieron fugar! ¡Pujadas quiso quitarle la pistola al capitán, intentó resistirse!`.

“Minutos más tarde, alguien me tomó el pulso y comentó: `Éste tiene el pulso bastante bueno`. Poco después me colocaron sobre una camilla y me condujeron hasta el hospital de la base. Allí me taparon la herida y me dieron un calmante. Pude ver a los otros heridos: Astudillo Kohon, María Antonia (Berger), Pólit y Camps.

“En el curso de la mañana del martes (22 de agosto) me trasladan junto a Camps al hospital Puerto Belgrano. Allí soy intervenido quirúrgicamente aproximadamente a las 21 horas. Posteriormente me visita en este hospital el juez naval capitán de navío Bautista, a quien le relato los hechos descriptos.

“Cuando leo los diarios me entero de la versión oficial dada por el almirante Hermes Quijada. Es completamente falsa. No hubo ninguna tentativa de fuga; es totalmente falso que Pujadas haya intentado arrebatar el arma a un oficial. Fue una masacre alevosa y premeditada contra diecinueve prisioneros desarmados”, concluyó Haidar.



Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew III

Lo que hubiera declarado Ricardo Haidar en el juicio:

 "Cuando llegamos al aeropuerto de Trelew, luego de la fuga del penal de Rawson, y comprobamos que el avión ya había partido, nos quedaba una alternativa: dispersarnos en la dilatada meseta patagónica. Sin embargo, desechamos de inmediato tal posibilidad porque las características geográficas eran adversas y podíamos ser detectados fácilmente por las fuerzas represivas y muy probablemente eliminados sin darnos posibilidad de rendirnos. En consecuencia optamos por rendirnos en el aeropuerto, exigiendo las máximas seguridades posibles consistentes en hablar con el periodismo para que el pueblo verificara que estábamos vivos y en óptimas condiciones, la presencia de un juez y la de un médico. (…) 

“El oficial de Infantería de Marina que dirigió las fuerzas de la dictadura en el aeropuerto, y ante quien nos rendimos formalmente, era el capitán Sosa”, relató la víctima al comenzar su relato.

Luego, Haidar contó cómo fue el alojamiento en los calabozos de la base y el trato que recibieron. Primero indicó que las distribución de los 19 detenidos en las celdas fue la siguiente: Pujadas, Astudillo y Capello; Ulla, Suárez y Mena; Sabelli, Villarreal y Senger; Bonet y Toschi; Pólit y Del Rey; Camps y Delfino; Kohon y él; y Lea Place y Lesgart.

“El primer día (el martes 15 de agosto) el trato que nos dan es bueno, tanto es así que nos dejan durante todo el día el colchón y las mantas, hecho que no volverá a repetirse en los días siguientes. Sin embargo el buen trato dura poco”, continuó.

Según Haidar, al día siguiente llegó el capitán Sosa. “Se dirige a nosotros con un tono muy agresivo diciéndonos, por ejemplo: << La próxima no habrá negociación, los vamos a cagar a tiros>>. (…)

“La noche del día miércoles (por el 16 de agosto) aparece por primera vez el oficial Bravo (…). Este oficial es el que observa la conducta más agresiva hacia los prisioneros. La noche del jueves nos quita los colchones y nos inflige castigos, como por ejemplo, apoyar la punta de los dedos contra la pared, con el cuerpo inclinado en posición de cacheo y tenernos así durante un largo rato, hacernos acostar en el piso completamente desnudos, también por largo rato, etc. (…) Los interrogatorios se hacen todas las noches a partir de la madrugada del jueves entre las dos y las cinco de la mañana. (…)

“A partir del jueves, Mariano Pujadas es maltratado especialmente. En una oportunidad, el oficial Bravo lo obligó a barrer el pasillo completamente desnudo.

“Nunca nos sacaban a todos juntos de las celdas, salvo en dos oportunidades (…) El día lunes (21 de agosto) a las 10.30 fue la primera vez que nos sacaron a todos juntos de las celdas y nos hicieron formar en tres grupos mezclados con soldados con ropas civiles en el hall de la guardia. Estaba presente el juez (Federal Jorge V.) Quiroga. Allí se realizaron reconocimientos en rueda de presos...


Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.