La Masacre de Trelew IV


“La noche del día lunes nos permitieron acostarnos temprano, más o menos a las 23 horas, pero a las 3.30 fuimos despertados violentamente por el capitán Sosa y el oficial Bravo. Nos ordenaron que dobláramos los colchones y las mantas. Un cabo abrió celda por celda. A medida que nos levantábamos nos hacían parar contra la pared mirando el piso. A mi me hizo levantar el capitán Sosa y me ordenó que mirara al suelo. Como lo hice con cierta displicencia, me ordenó que pusiera la barbilla contra el pecho. Seguramente no cumplí esta orden de la forma que él pretendía, pues de inmediato sacó la pistola, la preparó para disparar y me dijo apuntándome: `Si no ponés la barbilla contra el pecho te pego un tiro`. (…) 

“Sosa se retira inmediatamente de mi celda y unos minutos después ordenar formar en el pasillo. Salimos todos los prisioneros y en completo silencio formamos dos filas, mirando hacia la salida, cada uno parado al lado de la puerta de su celda. En el extremo abierto del pasillo había dos o tres suboficiales armados con metralletas PAM. Bravo recorrieron las hileras hasta el final y volvieron. Hicieron ese recorrido profiriendo amenazas e insultos y diciendo cosas tales como `l
o peor que podrían haber hecho era meterse con la Marina` y `ahora van a ver lo que es el terror antiguerrilla`, etcétera. Nosotros permanecimos en silencio. Nadie contestaba. Nadie se movía. Cuando Sosa y Bravo ya terminaba su recorrido, en forma completamente sorpresiva y sin que mediara el menor incidente, el menor movimiento, comenzó el tableteo de una ametralladora. Miré sobresaltado hacia el extremo abierto del pasillo y vi caer a Susana (Lesgart) y Clarisa (Lea Place). 

“Giré rápidamente y me introduje en mi celda. Detrás de mí lo hizo mi compañero. Allí nos quedamos Kohon y yo durante un instante, parados, escuchando las ráfagas y sin atinar a hacer nada. Enfrente mío vi caídos a Bonet y Toschi, alcanzados por disparo cuando intentaban introducirse en su celda. Bonet se apoyaba en su codo derecho y me miraba en silencio. Nadie atinaba a hablar. Sólo se escuchaban los quejidos de dolor de los heridos. Inmediatamente, Kohon y yo nos acostamos debajo de la losa que, empotrada en la pared, hacía las veces de única cama en a celda. (…) Desde allí seguimos escuchando el ruido de las ráfagas, hasta que de pronto éstas se interrumpen.

“Luego oímos el vozarrón de Bravo. Dijo: `Éste todavía está vivo` y a continuación un disparo aislado. Esto ocurrió varias veces. Instantes después, Bravo entró en nuestra celda y nos ordenó que nos pusiéramos de pie. Obedecimos. Bravo nos pregunta entonces: `¿Van a declarar como corresponde ahora o no?`;. Mientras, nos apuntaba con su pistola. Kohon y yo contestamos que sí- Bravo se retira entonces de la celda pero de inmediato apareció el oficial cuyo nombre podría ser Fernández y sin mediar palabra me apunta a la cara. Instintivamente giré mi cuerpo hacia la izquierda en el exacto momento en que me disparaba. Recibí el impacto en el ángulo superior derecho del hemotórax izquierdo, debajo de la clavícula.

“El impacto me levantó en vilo y me hizo caer sobre el camastro de cemento quedando de bruces sobre él, con las rodillas apoyadas en el suelo. Sentí un profundo dolor en la espalda y comencé a sangrar abundantemente por la herida y por la boca. Sin embargo, no omití queja ni sonido alguno y permanecí inmóvil. A continuación escuché los disparos del mismo oficial efectuó sobre Kohon, no recuerdo cuántos. Y luego los quejidos de dolor de mi compañero. Hubo un largo rato de silencio, luego nuevamente la voz de Bravo que en tono muy fuerte decía a alguien: `¡Se quisieron fugar! ¡Pujadas quiso quitarle la pistola al capitán, intentó resistirse!`.

“Minutos más tarde, alguien me tomó el pulso y comentó: `Éste tiene el pulso bastante bueno`. Poco después me colocaron sobre una camilla y me condujeron hasta el hospital de la base. Allí me taparon la herida y me dieron un calmante. Pude ver a los otros heridos: Astudillo Kohon, María Antonia (Berger), Pólit y Camps.

“En el curso de la mañana del martes (22 de agosto) me trasladan junto a Camps al hospital Puerto Belgrano. Allí soy intervenido quirúrgicamente aproximadamente a las 21 horas. Posteriormente me visita en este hospital el juez naval capitán de navío Bautista, a quien le relato los hechos descriptos.

“Cuando leo los diarios me entero de la versión oficial dada por el almirante Hermes Quijada. Es completamente falsa. No hubo ninguna tentativa de fuga; es totalmente falso que Pujadas haya intentado arrebatar el arma a un oficial. Fue una masacre alevosa y premeditada contra diecinueve prisioneros desarmados”, concluyó Haidar.



Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew III

Lo que hubiera declarado Ricardo Haidar en el juicio:

 "Cuando llegamos al aeropuerto de Trelew, luego de la fuga del penal de Rawson, y comprobamos que el avión ya había partido, nos quedaba una alternativa: dispersarnos en la dilatada meseta patagónica. Sin embargo, desechamos de inmediato tal posibilidad porque las características geográficas eran adversas y podíamos ser detectados fácilmente por las fuerzas represivas y muy probablemente eliminados sin darnos posibilidad de rendirnos. En consecuencia optamos por rendirnos en el aeropuerto, exigiendo las máximas seguridades posibles consistentes en hablar con el periodismo para que el pueblo verificara que estábamos vivos y en óptimas condiciones, la presencia de un juez y la de un médico. (…) 

“El oficial de Infantería de Marina que dirigió las fuerzas de la dictadura en el aeropuerto, y ante quien nos rendimos formalmente, era el capitán Sosa”, relató la víctima al comenzar su relato.

Luego, Haidar contó cómo fue el alojamiento en los calabozos de la base y el trato que recibieron. Primero indicó que las distribución de los 19 detenidos en las celdas fue la siguiente: Pujadas, Astudillo y Capello; Ulla, Suárez y Mena; Sabelli, Villarreal y Senger; Bonet y Toschi; Pólit y Del Rey; Camps y Delfino; Kohon y él; y Lea Place y Lesgart.

“El primer día (el martes 15 de agosto) el trato que nos dan es bueno, tanto es así que nos dejan durante todo el día el colchón y las mantas, hecho que no volverá a repetirse en los días siguientes. Sin embargo el buen trato dura poco”, continuó.

Según Haidar, al día siguiente llegó el capitán Sosa. “Se dirige a nosotros con un tono muy agresivo diciéndonos, por ejemplo: << La próxima no habrá negociación, los vamos a cagar a tiros>>. (…)

“La noche del día miércoles (por el 16 de agosto) aparece por primera vez el oficial Bravo (…). Este oficial es el que observa la conducta más agresiva hacia los prisioneros. La noche del jueves nos quita los colchones y nos inflige castigos, como por ejemplo, apoyar la punta de los dedos contra la pared, con el cuerpo inclinado en posición de cacheo y tenernos así durante un largo rato, hacernos acostar en el piso completamente desnudos, también por largo rato, etc. (…) Los interrogatorios se hacen todas las noches a partir de la madrugada del jueves entre las dos y las cinco de la mañana. (…)

“A partir del jueves, Mariano Pujadas es maltratado especialmente. En una oportunidad, el oficial Bravo lo obligó a barrer el pasillo completamente desnudo.

“Nunca nos sacaban a todos juntos de las celdas, salvo en dos oportunidades (…) El día lunes (21 de agosto) a las 10.30 fue la primera vez que nos sacaron a todos juntos de las celdas y nos hicieron formar en tres grupos mezclados con soldados con ropas civiles en el hall de la guardia. Estaba presente el juez (Federal Jorge V.) Quiroga. Allí se realizaron reconocimientos en rueda de presos...


Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew II

Los fusilados que murieron:

- Carlos Heriberto Astudillo (28): Estudió medicina e ingresó a las FAR en 1970. Fue detenido en diciembre de ese mismo año acusado de haber participado del asalto a un banco en Córdoba. 

- Rubén Pedro Bonet (30): Obrero de familia humilde. Ingresó al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) en 1961 y de allí al ERP: Se lo acusó de haber participado de varios asaltos y atentados y lo apresaron en 1971. 

- Eduardo Adolfo Capello (24): Estudiante de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Participó en numerosas operaciones del ERP hasta que en 1971 fue detenido y torturado junto a 15 de sus compañeros. 

- Mario Emilio Delfino (29): Estudió Ingeniería y en 1966 ingresó al PRT. Fue obrero y quedó detenido en 1968 en Rosario. 

- Alberto Carlos Del Rey (26): Integrante del ERP. Había sido detenido en 1971 acusado de haber asaltado un frigorífico en Santa Fe. 

- Alfredo Elías Kohon (27): Estudió Ingeniería en Córdoba y trabajó en una metalúrgica. Ingresó a las FAR en 1969 y lo detuvieron en diciembre de 1970 por el asalto a un banco en Córdoba, al igual que a Astudillo.

- Clarisa Rosa Lea Place (24): Estudió leyes en Tucumán e integró el ERP desde los orígenes de la organización. Fue detenida en enero de 1972. 

- Susana Lesgart (22): Esposa de Fernando Vaca Narvaja. Integraba Montoneros y participó de la toma de La Calera, en Córdoba. La detuvieron en 1971 cuando formaba parte de la Conducción Nacional de la “Orga”. 

- José Ricardo Mena (20): Obrero de la construcción en Tucumán. Ingresó al ERP en 1970 y en diciembre de ese año lo detuvieron por el asalto a un banco. Intentó fugar del penal de Villa Urquiza. 

- Miguel Angel Polti (21): Estudió Medicina y luego Ingeniería en Córdoba. Miembro del ERP al igual que su hermano, que murió en una operación en 1971. a Mediados de ese año lo detuvieron y torturaron en territorio cordobés. 

- Mariano Pujadas (24): Uno de los creadores de la regional Córdoba de Montoneros. Intervino en la toma de La Calera y lo alojaron en el penal de Rawson en 1971. 

- María Angélica Sabelli (23): Estudió Ciencias Exactas en la UBA e ingresó a las FAR en 1968. Participó de la ocupación de Garín y la detuvieron y torturaron en febrero de 1972. 

- Ana María Villarreal de Santucho (36): Esposa de Roberto Mario Santucho, líder del ERP, y madre de tres hijas de 8, 9 y 10 años. Era profesora de artes plásticas. La detuvieron en 1970, se fugó y la volvieron a apresar en 1971. 

- Humberto Segundo Suárez (23): Fue campesino, cañero, obrero de la construcción y panificador en Tucumán. En marzo de 1970 ingresó al ERP y lo detuvieron en 1971. 

- Humberto Adrián Toschi (26): Proveniente de una familia acomodada y participó de la creación de las primeras unidades del ERP en Córdoba. En febrero de 1971 fue detenido en el marco de una investigación policial por el asalto a un blindado. 

- Jorge Alejandro Ulla (28): Miembro de una familia de clase media-alta. Dejó sus estudios universitarios para trabajar en una metalúrgica y en 1967 se sumó al PRT. Participó de varias operaciones y en 1970 fue herido y detenido. Luego sus compañeros lo rescataron pero volvió a ser apresado en 1971.

Los que sobrevivieron:

- María Antonia Berger (30): Licenciada en Sociología e integrante de las FAR. Fue detenida en noviembre de 1971 y tras sobrevivir a la masacre fue liberada en 1973 de la cárcel de Villa Devoto. En 1977 se exilió y dos años después fue secuestrada y desaparecida durante la Contraofensiva de Montoneros. 

- Alberto Miguel Camps (24): Estudiante universitario y miembro de las FAR. Participó de varias operaciones en Córdoba y Buenos Aires hasta que en diciembre de 1971 fue detenido y torturado. En 1977 fue secuestrado de su casa y estuvo desaparecido hasta que en 2000 se identificó su cadáver que había sido enterrado como “NN” en el cementerio de Lomas de Zamora. 

- Ricardo René Haidar (28): Ingeniero químico y miembro de Montoneros. Fue detenido en febrero de 1972 acusado del asalto al entonces intendente de Santa Fe. Luego de 1976 se exilió del país y fue detenido y desaparecido en diciembre de 1982 cuando intentó regresar.


Fuente: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez.

La Masacre de Trelew I

El 7 de mayo de 2012 comenzó en la provincia de Chubut el juicio oral por la denominada “Masacre de Trelew”, cometida el 22 de agosto de 1972 en la Base Almirante Zar, durante el gobierno de facto de Alejandro Agustín Lanusse.

Los 16 integrantes de las agrupaciones Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) asesinados por los militares y otros tres que lograron sobrevivir al fusilamiento habían sido alojados en esa base luego de que escaparan una semana antes del penal de Rawson junto a otros seis compañeros -Mario Roberto Santucho, Domingo Mena, Enrique Gorriarán Merlo, Roberto Quieto Marcos Osatinsky y Fernando Vaca Narvaja- que lograron huir en avión a Chile.

En el banquillo de los acusados se encuentran los capitanes de navío Rubén Paccagnini, Luis Sosa, Emilio Del Real y Jorge Enrique Bautista, y el cabo Carlos Amadeo Marandino. Mientras que no son juzgados en este proceso el almirante Horacio Alberto Mayorga, por problemas de salud, y el teniente Roberto Bravo, prófugo en Estados Unidos donde no concedieron su extradición.

Excepto Bautista, quien está procesado por "encubrimiento", estos ex militares están imputados de los homicidios doblemente agravados de Rubén Pedro Bonet, Jorge Alejandro Ulla, Humberto Segundo Suárez, José Ricardo Mena, Humberto Adrián Toschi, Miguel Angel Polti, Mario Emilio Delfino, Alberto Carlos Del Rey, Eduardo Adolfo Capello, Clarisa Rosa Lea Place, Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Heriberto Astudillo, Alfredo Elías Kohon, María Angélica Sabelli, Mariano Pujadas y Susana Lesgart; y de las tentativas en perjuicio de María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar.

En la primera audiencia del debate, que se realizó ante 500 personas en el Centro Cultural José Hernández de Rawson, el tribunal, presidido por el juez Enrique Guanziroli e integrado por Pedro De Diego y Nora Cabrera de Monella, desestimó el pedido de detención inmediata de los acusados presentado por los fiscales federales Horacio Arranz y Fernando Guelvez y la querella representada por los abogados de familiares de las víctimas, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).

En el siguiente trabajo se abordará brevemente quiénes fueron los 16 fusilados y se publicarán los relatos de los tres sobrevivientes de la masacre que luego fueron desaparecidos y asesinados durante la última dictadura militar, y el descargo de los imputados, en base al material publicado por Tomás Eloy Martínez en su libro "La pasión según Trelew".

La “Masacre de Trelew” podría decirse que fue el principio del fin para Lanusse, el puntapié inicial para la liberación de los presos políticos en 1973, cuando asumió Héctor Cámpora, y un adelanto del modus operandi que los militares utilizarían con los detenidos a partir de 1976. 

Un conflicto de nunca acabar XI

El 21 de mayo a las 8.30, desde San Carlos se envió un mensaje por radio que alertó sobre la batalla final en Malvinas. El gobernador argentino ordenó reconocer el área y se detectaron 12 embarcaciones británicas que ya habían tomado posiciones estratégicas y que estaban dispuestas a cañonear Puerto Darwin.

Por la tarde, en la playa ya había dos mil soldados ingleses y una importante cantidad de material bélico muy sofisticado. De allí, los británicos no iban a tardar mucho para encaminarse hacia Puerto Argentino, el objetivo principal.

Ante una situación que cada vez era más desfavorable, el general García ordenó un ataque sorpresa en San Carlos, a lo que Menéndez envió una nota donde sostuvo que la misión era imposible de realizarse ya que esa zona estaba a 90 kilómetros y llegar con tropas allí demoraría una semana. Además, Puerto Argentino quedaría desguarnecido ya que el grueso de las tropas estaría en San Carlos.

El 30 de mayo, Puerto Darwin fue tomado por los ingleses. La situación era difícil. Gran Bretaña había decidido suspender el buque de aprovisionamiento que rentaba la Falkland Islands Company y en el archipiélago faltaba harina, azúcar, leche en polvo y carne.

El cuadro recién mejoró algo cuando arribó el ARA Almirante Irízar con provisiones. Pero las tropas que estaban estacionadas lejos de Puerto Argentino casi no recibieron ningún alimento hasta terminado el conflicto.

El 8 de junio las tropas argentinas rechazaron un intento de desembarco británico en Fitz Roy y Bahía Agradable. Este rotundo triunfo argentino fue un oasis en medio del desierto. En las acciones se hundieron la fragata Plymoth y los transportes de tropas Sir Gallad y Sir Tristán.

Pero pocos días después, los ingleses volvieron a tomar el control de la situación. Mientras el Papa Juan Pablo II oraba en Buenos Aires, los británicos derribaron las defensas cercanas a Puerto Argentino ubicadas en los montes Dos Hermanas, Challenger y Kent, en la península de Fressinet.

La mañana del 14 de junio, los soldados ingleses ya habían pasado las defensas del cerro Williams y Tumbledown. A las 9.30, Menéndez habló con el general García y le dijo que la situación era irreversible y que los enemigos habían ofrecido la rendición.

En el Town Hall se terminaron reuniendo el gobernador argentino con el capitán Melbourne Husey, el comodoro Bloomer Reeve y el intérprete Roderick Bell.

Durante tres horas debatieron sobre la capitulación argentina en base a la Convención de Ginebra y los puntos esenciales de la rendición fueron:

- Las unidades conservarán sus banderas.
- Los oficiales conservaran sus armas mientras estén en las islas.
- La administración y gobierno de las tropas será ejercida por sus mandos naturales.
- Se formarán grupos de trabajo mixtos para resolver problemas de personal y logística.
- El regreso de las tropas argentinas al continente se podrá hacer en buques de bandera argentina.
- Las tropas argentinas deberían estar agrupadas en la zona del aeropuerto, pero evacuarán Puerto Argentino sólo al día siguiente.

La decisión de Menéndez de rendirse había terminado con el gobierno de Galtieri, o por lo menos así lo entendió este último. Sin embargo, Galtieri intentó salvar su imagen echando culpas a los generales en las islas por la apresurada decisión y a la Marina, por su rápida deserción en el conflicto.

El 15 de junio la gente fue poblando desde temprano la Plaza de Mayo. Ya habían leído los titulares de los diarios que catalogaban el hecho como de “Catástrofe” ya que cuatro generales y 11 mil hombres estaban bajo el poder de los ingleses y la bandera argentina había sido arriada. La gente gritó “¡Cobardes!, “No se rindan”. Pero desde el balcón no hubo ninguna respuesta.

Finalmente Galtieri ante la presión interna no habló públicamente y sí lo hizo por TV. En su discurso habló que desestimar la actuación militar era “traición”.

Luego, los más altos jefes de las fuerzas armadas enviaron duras críticas hacia el presidente. La crítica fundamental era que nunca los habían consultado a nadie sobre cuestiones referentes a los planes a seguir.

El 18 de junio los militares decidieron echar a Galtieri y así, uno de los máximos promotores de esta guerra absurda, pero no el único, dejó su cargo. Pero las heridas de sus decisiones se mantuvieron abiertas por mucho tiempo más. Inclusive, muchas de ellas aún siguen sangrando.

AA
Junio 2003

Un conflicto de nunca acabar X

El 4 de mayo fue un momento muy importante para el desarrollo del conflicto armado. La desarrollada tecnología británica dijo presente esa noche cuando los radares argentinos mostraban un importante desembarco. Se disparó la alerta roja pero en realidad era todo un simulacro efectuado por un programa de computadora inglés.

Los cañoneos se desplegaron sobre Puerto Darwin y Argentino. Menéndez reclamaba más apoyo naval y criticaba el accionar intermitente de la Fuerza Aérea. Sus pedidos nunca se retribuyeron y las órdenes siguieron siendo las de disparar a blancos rentables únicamente.

Mientras los Sea Harrier bombardeaban Puerto Darwin y la Royal Navy se concentraba en ese mismo punto, tres cazabombarderos supersónicos Mirage y un avión Super Etendart se lanzaron sobre dos buques que se encontraban 40 millas al oeste de la isla Soledad.

El Super Etendart disparó un misil Exocet que recorrió 35 kilómetros hasta que dio en el Sheffield, el buque más moderno de la flota británica, con 268 tripulantes a bordo, de los cuáles 30 murieron. Éste fue el único y gran logro militar para Argentina y lo que generó más odio entre las filas británicas.

The Observer publicó al día siguiente que el hundimiento del Sheffield fue “la primera seria pérdida” del conflicto y que los altos jefes de la Royal Navy estaban “estupefactos” ya que no podían creer lo que había sucedido.

La guerra continuó y el 15 de mayo los ingleses destruyeron una dotación de aviones Pucará en isla Borbón y volaron el depósito de municiones. Un paso importante en la guerra, que obligó a Menéndez a elevar un documento a la Junta Militar donde subrayó enfáticamente las serias dificultades que debían soportar por la falta de alimentos, de combustible y ropa para las bajas temperaturas. También sugirió reanudar el puente aéreo con el continente.

Por esto, la Junta disolvió al Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS) y formó el Centro de Operaciones Conjuntas en Comodoro Rivadavia, al mando del general García, en una clara demostración de la escasez de recursos y la consecuente falta de respuestas.

Por su parte, Javier Pérez de Cuellar, presidente de la Asamblea General de la ONU, gestionó un texto que se lo había presentado a los diplomáticos argentinos e ingleses el 2 de mayo. Era prácticamente el mismo texto que se había emitido el 17 de abril pero incluía la intervención directa del Consejo de Seguridad.

Francis Pym se opuso ya que Londres estaba dispuesto a una negociación oficiosa pero no aceptaría otra resolución de la ONU que no fuera la 502. Además, el canciller no quería que se ordenara un cese al fuego porque sería considerado un fracaso.

De todas formas, Argentina aceptó los buenos oficios del peruano Cuellar. El subsecretario de Relaciones Exteriores, Enrique Ros, experto en Malvinas, fue designado para encarar las negociaciones, mientras que Gran Bretaña seguiría siendo representada por Parsons.

En las negociaciones Parsons se inclinó más por la idea de un fideicomiso de la ONU y dejó de lado la intención de sondear los deseos de los kelpers. Esta negociación fue desgastante ya que no había reuniones tripartitas y se cuestionaba punto por punto.

Las diferencias persistían. Gran Bretaña quería que la solución definitiva estuviera enmarcada en el artículo 73 de la Carta de la ONU, que incluía el desarrollo de gobiernos propios y de tener en cuenta las aspiraciones de los pueblos de los territorios no autónomos.

En cambio, Buenos Aires no aceptaba esta idea porque era dar cabida a la autodeterminación de los pueblos. Quería una autoridad interina de la ONU asistida por británicos, argentinos e isleños. Además, Gran Bretaña tomaba los casos de las Georgias y Sandwich como casos enteramente diferentes, cosa que Argentina no creía así.

Entonces, el 20 de mayo Cuellar llamó al Consejo de Seguridad y le informó sobre su fracaso. Así, éste comenzó a trabajar en un cese de hostilidades, pero Gran Bretaña obstaculizaba todo con su poder de veto y seis días después, el Consejo sancionó la resolución 505 para darle siete días más al peruano para que negociara. Pero este nuevo intento fue otro fiasco.


Un conflicto de nunca acabar IX

La mañana del 1 de mayo, alrededor de las 4.40, los aviones Vulcan y Sea Harrier atacaron Puerto Argentino. El Estado Mayor Conjunto hizo una profunda evaluación de ese primer día de real batalla y concluyó en que había sido un triunfo argentino debido a las “serias falencias de orden profesional” que había descubierto en las fuerzas inglesas.

Por su parte, los EE.UU. siguieron alentando las negociaciones, pero como ahora ya no eran neutrales, eligieron al presidente peruano Fernando Belaunde Terry, muy relacionado con empresarios norteamericanos, para que sea el nuevo mediador.

Galtieri estaba embriagado por el triunfo (¿?) pero finalmente accedió a dialogar con Terry, quién expresó su Plan de Paz a través de un télex que contenía siete puntos:
1) Cesación inmediata de las hostilidades.
2) Retiro simultáneo y mutuo de las fuerzas,
3) Presencia de representantes lejanos a las dos partes involucradas en el conflicto para gobernar las islas temporalmente.
4) Los dos gobiernos reconocen la existencia de posiciones discrepantes sobre la situación de las islas.
5) Los dos gobiernos reconocen que los puntos de vista y los intereses de los habitantes locales tienen que ser tomados en cuenta en la solución definitiva del problema.
6) Un grupo de contacto que intervendría de inmediato en las negociaciones para implementar este acuerdo estaría compuesto por Brasil, República Federal de Alemania y EE.UU.
7) Antes del 30 de abril de 1983 se habrá llegado a un acuerdo definitivo bajo la responsabilidad del grupo de países antes anunciado.

Esta fue la propuesta que más se acercó a brindar una solución pacífica al conflicto. Había caído bien entre los argentinos pero los británicos ya estaban decididos a obtener su victoria y Tatcher no iba a hacer regresar a la Royal Navy sin un rotundo triunfo.

Cuando el 2 de mayo hundieron el Belgrano, la propuesta de Beláunde fue inútil. El submarino inglés Conqueror había perseguido al buque argentino por más de treinta horas para hundirlo. Inclusive lo atacó fuera de la zona de exclusión.

El Belgrano se encontraba en el Grupo de Tareas 3, cuidando el Canal de Beagle. Era un buque viejo que había sido re equipado con cañones de seis pulgadas para tiro naval y bombardeo terrestre, cañones de cinco pulgadas para tiro naval y antiaéreo, ametralladoras 40 milímetros y baterías de misiles SeaCat de corto alcance.

El vicealmirante Walter Allara estaba navegando su flota hacia la zona de exclusión sin pensar que habría un ataque cuando llegaran a dicha área. El Belgrano iba a baja velocidad y a 10 kilómetros de distancia lo seguían el Piedrabuena y el Bouchard, con los que había cortado comunicación porque se necesitaba de un silencio sepulcral para captar las ondas hidrofónicas de los submarinos.

En ese momento, el Conqueror disparó tres torpedos MK8, de los cuáles dos dieron en el buque. El Piedrabuena y el Bouchard lanzaron bombas de profundidad y se replegaron, mientras que el Belgrano se hundió y con él la última esperanza de acuerdo entre Argentina y Gran Bretaña.

El hundimiento del Belgrano hirió profundamente a la Junta Militar y despertó su sed de venganza, al tiempo que apagó cualquier interés por la gestión mediadora de Perú.

El 3 de mayo Terry habló con Galtieri, quién le dijo que todo había cambiado y que el gobierno argentino no estaba dispuesto a aceptar ninguna negociación.