La Masacre de Trelew I

El 7 de mayo de 2012 comenzó en la provincia de Chubut el juicio oral por la denominada “Masacre de Trelew”, cometida el 22 de agosto de 1972 en la Base Almirante Zar, durante el gobierno de facto de Alejandro Agustín Lanusse.

Los 16 integrantes de las agrupaciones Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) asesinados por los militares y otros tres que lograron sobrevivir al fusilamiento habían sido alojados en esa base luego de que escaparan una semana antes del penal de Rawson junto a otros seis compañeros -Mario Roberto Santucho, Domingo Mena, Enrique Gorriarán Merlo, Roberto Quieto Marcos Osatinsky y Fernando Vaca Narvaja- que lograron huir en avión a Chile.

En el banquillo de los acusados se encuentran los capitanes de navío Rubén Paccagnini, Luis Sosa, Emilio Del Real y Jorge Enrique Bautista, y el cabo Carlos Amadeo Marandino. Mientras que no son juzgados en este proceso el almirante Horacio Alberto Mayorga, por problemas de salud, y el teniente Roberto Bravo, prófugo en Estados Unidos donde no concedieron su extradición.

Excepto Bautista, quien está procesado por "encubrimiento", estos ex militares están imputados de los homicidios doblemente agravados de Rubén Pedro Bonet, Jorge Alejandro Ulla, Humberto Segundo Suárez, José Ricardo Mena, Humberto Adrián Toschi, Miguel Angel Polti, Mario Emilio Delfino, Alberto Carlos Del Rey, Eduardo Adolfo Capello, Clarisa Rosa Lea Place, Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Heriberto Astudillo, Alfredo Elías Kohon, María Angélica Sabelli, Mariano Pujadas y Susana Lesgart; y de las tentativas en perjuicio de María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar.

En la primera audiencia del debate, que se realizó ante 500 personas en el Centro Cultural José Hernández de Rawson, el tribunal, presidido por el juez Enrique Guanziroli e integrado por Pedro De Diego y Nora Cabrera de Monella, desestimó el pedido de detención inmediata de los acusados presentado por los fiscales federales Horacio Arranz y Fernando Guelvez y la querella representada por los abogados de familiares de las víctimas, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).

En el siguiente trabajo se abordará brevemente quiénes fueron los 16 fusilados y se publicarán los relatos de los tres sobrevivientes de la masacre que luego fueron desaparecidos y asesinados durante la última dictadura militar, y el descargo de los imputados, en base al material publicado por Tomás Eloy Martínez en su libro "La pasión según Trelew".

La “Masacre de Trelew” podría decirse que fue el principio del fin para Lanusse, el puntapié inicial para la liberación de los presos políticos en 1973, cuando asumió Héctor Cámpora, y un adelanto del modus operandi que los militares utilizarían con los detenidos a partir de 1976. 

Un conflicto de nunca acabar XI

El 21 de mayo a las 8.30, desde San Carlos se envió un mensaje por radio que alertó sobre la batalla final en Malvinas. El gobernador argentino ordenó reconocer el área y se detectaron 12 embarcaciones británicas que ya habían tomado posiciones estratégicas y que estaban dispuestas a cañonear Puerto Darwin.

Por la tarde, en la playa ya había dos mil soldados ingleses y una importante cantidad de material bélico muy sofisticado. De allí, los británicos no iban a tardar mucho para encaminarse hacia Puerto Argentino, el objetivo principal.

Ante una situación que cada vez era más desfavorable, el general García ordenó un ataque sorpresa en San Carlos, a lo que Menéndez envió una nota donde sostuvo que la misión era imposible de realizarse ya que esa zona estaba a 90 kilómetros y llegar con tropas allí demoraría una semana. Además, Puerto Argentino quedaría desguarnecido ya que el grueso de las tropas estaría en San Carlos.

El 30 de mayo, Puerto Darwin fue tomado por los ingleses. La situación era difícil. Gran Bretaña había decidido suspender el buque de aprovisionamiento que rentaba la Falkland Islands Company y en el archipiélago faltaba harina, azúcar, leche en polvo y carne.

El cuadro recién mejoró algo cuando arribó el ARA Almirante Irízar con provisiones. Pero las tropas que estaban estacionadas lejos de Puerto Argentino casi no recibieron ningún alimento hasta terminado el conflicto.

El 8 de junio las tropas argentinas rechazaron un intento de desembarco británico en Fitz Roy y Bahía Agradable. Este rotundo triunfo argentino fue un oasis en medio del desierto. En las acciones se hundieron la fragata Plymoth y los transportes de tropas Sir Gallad y Sir Tristán.

Pero pocos días después, los ingleses volvieron a tomar el control de la situación. Mientras el Papa Juan Pablo II oraba en Buenos Aires, los británicos derribaron las defensas cercanas a Puerto Argentino ubicadas en los montes Dos Hermanas, Challenger y Kent, en la península de Fressinet.

La mañana del 14 de junio, los soldados ingleses ya habían pasado las defensas del cerro Williams y Tumbledown. A las 9.30, Menéndez habló con el general García y le dijo que la situación era irreversible y que los enemigos habían ofrecido la rendición.

En el Town Hall se terminaron reuniendo el gobernador argentino con el capitán Melbourne Husey, el comodoro Bloomer Reeve y el intérprete Roderick Bell.

Durante tres horas debatieron sobre la capitulación argentina en base a la Convención de Ginebra y los puntos esenciales de la rendición fueron:

- Las unidades conservarán sus banderas.
- Los oficiales conservaran sus armas mientras estén en las islas.
- La administración y gobierno de las tropas será ejercida por sus mandos naturales.
- Se formarán grupos de trabajo mixtos para resolver problemas de personal y logística.
- El regreso de las tropas argentinas al continente se podrá hacer en buques de bandera argentina.
- Las tropas argentinas deberían estar agrupadas en la zona del aeropuerto, pero evacuarán Puerto Argentino sólo al día siguiente.

La decisión de Menéndez de rendirse había terminado con el gobierno de Galtieri, o por lo menos así lo entendió este último. Sin embargo, Galtieri intentó salvar su imagen echando culpas a los generales en las islas por la apresurada decisión y a la Marina, por su rápida deserción en el conflicto.

El 15 de junio la gente fue poblando desde temprano la Plaza de Mayo. Ya habían leído los titulares de los diarios que catalogaban el hecho como de “Catástrofe” ya que cuatro generales y 11 mil hombres estaban bajo el poder de los ingleses y la bandera argentina había sido arriada. La gente gritó “¡Cobardes!, “No se rindan”. Pero desde el balcón no hubo ninguna respuesta.

Finalmente Galtieri ante la presión interna no habló públicamente y sí lo hizo por TV. En su discurso habló que desestimar la actuación militar era “traición”.

Luego, los más altos jefes de las fuerzas armadas enviaron duras críticas hacia el presidente. La crítica fundamental era que nunca los habían consultado a nadie sobre cuestiones referentes a los planes a seguir.

El 18 de junio los militares decidieron echar a Galtieri y así, uno de los máximos promotores de esta guerra absurda, pero no el único, dejó su cargo. Pero las heridas de sus decisiones se mantuvieron abiertas por mucho tiempo más. Inclusive, muchas de ellas aún siguen sangrando.

AA
Junio 2003

Un conflicto de nunca acabar X

El 4 de mayo fue un momento muy importante para el desarrollo del conflicto armado. La desarrollada tecnología británica dijo presente esa noche cuando los radares argentinos mostraban un importante desembarco. Se disparó la alerta roja pero en realidad era todo un simulacro efectuado por un programa de computadora inglés.

Los cañoneos se desplegaron sobre Puerto Darwin y Argentino. Menéndez reclamaba más apoyo naval y criticaba el accionar intermitente de la Fuerza Aérea. Sus pedidos nunca se retribuyeron y las órdenes siguieron siendo las de disparar a blancos rentables únicamente.

Mientras los Sea Harrier bombardeaban Puerto Darwin y la Royal Navy se concentraba en ese mismo punto, tres cazabombarderos supersónicos Mirage y un avión Super Etendart se lanzaron sobre dos buques que se encontraban 40 millas al oeste de la isla Soledad.

El Super Etendart disparó un misil Exocet que recorrió 35 kilómetros hasta que dio en el Sheffield, el buque más moderno de la flota británica, con 268 tripulantes a bordo, de los cuáles 30 murieron. Éste fue el único y gran logro militar para Argentina y lo que generó más odio entre las filas británicas.

The Observer publicó al día siguiente que el hundimiento del Sheffield fue “la primera seria pérdida” del conflicto y que los altos jefes de la Royal Navy estaban “estupefactos” ya que no podían creer lo que había sucedido.

La guerra continuó y el 15 de mayo los ingleses destruyeron una dotación de aviones Pucará en isla Borbón y volaron el depósito de municiones. Un paso importante en la guerra, que obligó a Menéndez a elevar un documento a la Junta Militar donde subrayó enfáticamente las serias dificultades que debían soportar por la falta de alimentos, de combustible y ropa para las bajas temperaturas. También sugirió reanudar el puente aéreo con el continente.

Por esto, la Junta disolvió al Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS) y formó el Centro de Operaciones Conjuntas en Comodoro Rivadavia, al mando del general García, en una clara demostración de la escasez de recursos y la consecuente falta de respuestas.

Por su parte, Javier Pérez de Cuellar, presidente de la Asamblea General de la ONU, gestionó un texto que se lo había presentado a los diplomáticos argentinos e ingleses el 2 de mayo. Era prácticamente el mismo texto que se había emitido el 17 de abril pero incluía la intervención directa del Consejo de Seguridad.

Francis Pym se opuso ya que Londres estaba dispuesto a una negociación oficiosa pero no aceptaría otra resolución de la ONU que no fuera la 502. Además, el canciller no quería que se ordenara un cese al fuego porque sería considerado un fracaso.

De todas formas, Argentina aceptó los buenos oficios del peruano Cuellar. El subsecretario de Relaciones Exteriores, Enrique Ros, experto en Malvinas, fue designado para encarar las negociaciones, mientras que Gran Bretaña seguiría siendo representada por Parsons.

En las negociaciones Parsons se inclinó más por la idea de un fideicomiso de la ONU y dejó de lado la intención de sondear los deseos de los kelpers. Esta negociación fue desgastante ya que no había reuniones tripartitas y se cuestionaba punto por punto.

Las diferencias persistían. Gran Bretaña quería que la solución definitiva estuviera enmarcada en el artículo 73 de la Carta de la ONU, que incluía el desarrollo de gobiernos propios y de tener en cuenta las aspiraciones de los pueblos de los territorios no autónomos.

En cambio, Buenos Aires no aceptaba esta idea porque era dar cabida a la autodeterminación de los pueblos. Quería una autoridad interina de la ONU asistida por británicos, argentinos e isleños. Además, Gran Bretaña tomaba los casos de las Georgias y Sandwich como casos enteramente diferentes, cosa que Argentina no creía así.

Entonces, el 20 de mayo Cuellar llamó al Consejo de Seguridad y le informó sobre su fracaso. Así, éste comenzó a trabajar en un cese de hostilidades, pero Gran Bretaña obstaculizaba todo con su poder de veto y seis días después, el Consejo sancionó la resolución 505 para darle siete días más al peruano para que negociara. Pero este nuevo intento fue otro fiasco.


Un conflicto de nunca acabar IX

La mañana del 1 de mayo, alrededor de las 4.40, los aviones Vulcan y Sea Harrier atacaron Puerto Argentino. El Estado Mayor Conjunto hizo una profunda evaluación de ese primer día de real batalla y concluyó en que había sido un triunfo argentino debido a las “serias falencias de orden profesional” que había descubierto en las fuerzas inglesas.

Por su parte, los EE.UU. siguieron alentando las negociaciones, pero como ahora ya no eran neutrales, eligieron al presidente peruano Fernando Belaunde Terry, muy relacionado con empresarios norteamericanos, para que sea el nuevo mediador.

Galtieri estaba embriagado por el triunfo (¿?) pero finalmente accedió a dialogar con Terry, quién expresó su Plan de Paz a través de un télex que contenía siete puntos:
1) Cesación inmediata de las hostilidades.
2) Retiro simultáneo y mutuo de las fuerzas,
3) Presencia de representantes lejanos a las dos partes involucradas en el conflicto para gobernar las islas temporalmente.
4) Los dos gobiernos reconocen la existencia de posiciones discrepantes sobre la situación de las islas.
5) Los dos gobiernos reconocen que los puntos de vista y los intereses de los habitantes locales tienen que ser tomados en cuenta en la solución definitiva del problema.
6) Un grupo de contacto que intervendría de inmediato en las negociaciones para implementar este acuerdo estaría compuesto por Brasil, República Federal de Alemania y EE.UU.
7) Antes del 30 de abril de 1983 se habrá llegado a un acuerdo definitivo bajo la responsabilidad del grupo de países antes anunciado.

Esta fue la propuesta que más se acercó a brindar una solución pacífica al conflicto. Había caído bien entre los argentinos pero los británicos ya estaban decididos a obtener su victoria y Tatcher no iba a hacer regresar a la Royal Navy sin un rotundo triunfo.

Cuando el 2 de mayo hundieron el Belgrano, la propuesta de Beláunde fue inútil. El submarino inglés Conqueror había perseguido al buque argentino por más de treinta horas para hundirlo. Inclusive lo atacó fuera de la zona de exclusión.

El Belgrano se encontraba en el Grupo de Tareas 3, cuidando el Canal de Beagle. Era un buque viejo que había sido re equipado con cañones de seis pulgadas para tiro naval y bombardeo terrestre, cañones de cinco pulgadas para tiro naval y antiaéreo, ametralladoras 40 milímetros y baterías de misiles SeaCat de corto alcance.

El vicealmirante Walter Allara estaba navegando su flota hacia la zona de exclusión sin pensar que habría un ataque cuando llegaran a dicha área. El Belgrano iba a baja velocidad y a 10 kilómetros de distancia lo seguían el Piedrabuena y el Bouchard, con los que había cortado comunicación porque se necesitaba de un silencio sepulcral para captar las ondas hidrofónicas de los submarinos.

En ese momento, el Conqueror disparó tres torpedos MK8, de los cuáles dos dieron en el buque. El Piedrabuena y el Bouchard lanzaron bombas de profundidad y se replegaron, mientras que el Belgrano se hundió y con él la última esperanza de acuerdo entre Argentina y Gran Bretaña.

El hundimiento del Belgrano hirió profundamente a la Junta Militar y despertó su sed de venganza, al tiempo que apagó cualquier interés por la gestión mediadora de Perú.

El 3 de mayo Terry habló con Galtieri, quién le dijo que todo había cambiado y que el gobierno argentino no estaba dispuesto a aceptar ninguna negociación.


Un conflicto de nunca acabar VIII

La flota británica se encontraba el 24 de abril a tan sólo 54 millas náuticas de las islas Georgias del Sur. Por entonces, el gobierno argentino daba sus últimos manotazos de ahogado para encontrar una solución pacífica al conflicto.

Al día siguiente, los cañones británicos abrieron fuego contra el submarino argentino Santa Fe, anclado en el puerto de la estación ballenera de Grytviken, en las Georgias, y la nave fue severamente dañada. De acuerdo con los comunicados del 27 al 32 de la Junta Militar, el otrora capitán de fragata Alfredo Astíz – actualmente condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos durante la Dictadura- se vio obligado a ordenar un repliegue a Puerto Leigh para seguir combatiendo. Dos horas después de iniciado el ataque británico, ordenó plantar la bandera blanca y procedió a rendir la plaza casi sin oponer resistencia.

El 26 de abril se llevó a cabo le sesión por el TIAR. La estrategia de Costa Méndez era que los países signatarios apoyaran a Argentina inmediatamente para presionar a EE.UU. pero sin que estorbara su gestión. Pero América Latina fue más cautelosa a la hora de brindar su apoyo. Tal fue el caso de Brasil, Colombia y Chile. Todos sucumbieron ante las presiones de Washington, en especial los chilenos, que tenían el conflicto del canal de Beagle fresco en la mente.

El borrador de la resolución indicaba cumplir con tres requisitos:
- Reconocimiento de la soberanía argentina sobre las islas Malvinas. La OEA no lo había hecho nunca antes.
- Condena a la actitud británica.
- Exhortación a que la solución al diferendo fuese alcanzada por la vía de la negociación.

Haig estuvo presente en la OEA y, empecinado en lograr algún avance en su misión negociadora, le presentó a Costa Méndez una nueva propuesta. La idea del norteamericano había mejorado las expectativas de los argentinos pero no eran suficientes.

Para la Cancillería, el segundo texto de Haig implicaba que no iba a retornar el gobierno británico sobre las islas, que se aceptaba la negociación en términos de la ONU y el concepto de descolonización. Además de los deseos de los isleños, se hablaba de la “integridad territorial” y se obtenía el firme compromiso de EE.UU. en apoyar la negociación y garantizar los intereses de las partes.

Sin embargo, la derrota en las Georgias había calado hondo en el espíritu de los militares argentinos que querían seguir con la guerra para realzar la imagen de las FF.AA. con una victoria en ese campo. Por lo tanto, la propuesta de Haig fue rechazada.

Mientras tanto, en la madrugada del 28 de abril, el Órgano de Consulta aprobó el proyecto de resolución por 17 votos y cuatro abstenciones -las de Colombia, Trinidad y Tobago, Chile y Estados Unidos-. En dicha resolución, los cancilleres americanos establecieron “que se deben tener en cuenta los derechos de soberanía de la República Argentina sobre las islas Malvinas, tal como están expresadas en importantes resoluciones emanadas de distintos foros internacionales, entre ellas la declaración del Comité Jurídico Interamericano expresada el 16 de enero de 1976”.(8)

Además, el Órgano de Consulta indicó que la resolución 502 del Consejo de Seguridad de la ONU debía ser cumplida en todos sus aspectos.

Mientras tanto, la guerra ya estaba dando sus primeros pasos firmes y ya no había marcha atrás. Ese mismo 28, Tatcher anunció en Londres la ampliación de la zona de exclusión a 321 kilómetros alrededor de las islas hasta convertirla en absoluta y sumándole un bloqueo aéreo al naval previamente establecido.

Por otro lado, en los EE.UU. crecía la presión política hacia Reagan para que adoptara la posición de Inglaterra. El 29 de abril por la mañana, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano se reunió y por una aprobación abrumadora, de 79 votos contra uno, instó a Argentina a que retirara sus tropas de las islas. 


(8) Malvinas: La trama secreta, por O. Cardoso, R. Kirschbaun y E. Van Der Kooy, Junio de 1983.

Un conflicto de nunca acabar VII

El 12 de abril, Haig llegó al aeropuerto de Heathrow y fue a reunirse con Pym. La discusión entre ambos se centró en la alternativa de establecer un condominio angloargentino sobre las islas que no disgustó al inglés que prefirió que estuvieran los EE.UU en esa administración también.

La postura de Pym era inflexible en la cuestión de que Argentina acatara la resolución 502 del Consejo y el de respetar los deseos de los isleños. Pero antes de viajar a Norteamérica, Haig volvió a reunirse con Tatcher, pero no consiguió más que la promesa de que consideraría nuevas ideas.

Tres días después, Galtieri dialogó nuevamente con Reagan ya que estaba con muchas dudas con respecto al papel de Haig. Sin embargo, el norteamericano ratificó su confianza en el mediador y aseguró que los EE.UU seguirían siendo neutrales y objetivos. Así creció la confianza de los militares argentinos.

Mientras tanto, en Gran Bretaña, Tatcher luchaba contra el Parlamento y al final de la sesión del 15 de abril obtuvo un mayoritario apoyo y los cuatro partidos principales -Conservador, Laborista, Socialdemócratas y Liberal- aceptaron su propuesta de recuperar las islas “por vía diplomática pero con un fuerte respaldo militar”.

Por su parte, Haig volvió el viernes siguiente a Argentina para seguir negociando con Galtieri. Pero la oposición a sus propuestas, que se basaban en los mismos argumentos que la primera vez, fue más grande aún y, viendo el tono en el que se llevaba la conversación y a donde estaba llegando, decidió tirar todas las cartas sobre la mesa. Sostuvo que si las negociaciones se seguían demorando, la guerra era inevitable, y que si eso sucedía, los Estados Unidos respaldarían a Londres de acuerdo a los términos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La noche del 19, Galtieri recibió a Haig en la Casa Rosada, en lo que sería el último encuentro entre ambos. Allí, el presidente argentino le entregó el borrador de un nuevo principio de acuerdo en el que la Junta Militar había hecho otras concesiones. Galtieri le explicó que ése era el piso, que el hilo no se estiraría más porque sino se cortaría. No habría más retrocesos.

El borrador indicaba que Argentina aceptaba:
- La Autoridad Especial Interina en los términos originales. Que había reclamado Londres.
- La restauración en las islas de una administración muy parecida a la tradicional, ampliada para incluir argentinos, pero con esa participación reducida de su aspiración inicial.
- Al hacer mención a las negociaciones para hallar una solución definitiva, según el capítulo XI de la Carta de las Naciones Unidas, se especificaba que la misma debería hacerse contemplando debidamente los intereses de derechos de los habitantes. Para balancear esta concesión, se mencionó el compromiso de respetar el principio de integridad territorial.
- Esta vez no hubo una cláusula compulsiva para que se realizara el traspaso de la soberanía.

Pero Haig dijo que este borrador no era suficiente y su misión naufragó.

En Gran Bretaña el clima era similar. Pym, era el único que seguía promoviendo la intervención norteamericana pero lo único que logró fue despertar la furia de los mandos militares y las sospechas de Tatcher. El Gabinete de Guerra, formado para la ocasión, se oponía a su idea porque esta sólo servía para retrasar los objetivos trazados. El primero de ellos, recuperar las islas Georgias del Sur.

La orden ya estaba dada y parte de la flota debía separarse y encaminarse hacia allí. El clima en toda Gran Bretaña era evidentemente belicista. Los diarios londinenses ya disparaban su munición de grueso calibre para poner fin a las negociaciones diplomáticas. El Express tituló “No a la rendición”, mientras que The Daily Star proclamó: “Concluyamos con la guerra diplomática". (6) 

Por su lado, Argentina ya pensaba en solicitar la aplicación del Tratado Interamericano de Ayuda Recíproca (TIAR) que en su artículo 3ro. señalaba: “Las Altas Partes Contratantes convienen en que un ataque armado de cualquier Estado contra un Estado Parte será considerado como un ataque contra todos los Estados Partes y, en consecuencia, cada una de ellas se compromete a ayudar a hacer frente al ataque, en ejercicio del derecho inmanente a la legítima defensa individual o colectiva que reconoce el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas”. (7)

El TIAR definía la agresión como “el uso de la fuerza armada contra la soberanía, la integridad territorial o la independencia política de otro Estado o cualquier otra forma compatible”, con las cartas de las Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos (OEA).


(6) Malvinas: La trama secreta, por O.Cardoso, R.Kirschbaum y E. Van Der Kooy, Julio de 1983.
(7) Ibid 6.

Un conflicto de nunca acabar VI

El 6 de abril el Foreign Office anunció la renuncia de Lord Carrington quien asumió la plena responsabilidad de no haber previsto la acción militar argentina y porque alguien debía cargar con la culpa, la haya tenido o no. “Carrington y Nott enfrentan humillación y furia”, fue uno de los títulos de la prensa británica que describió la situación como una “espectacular humillación militar y diplomática”.(5)

La remoción de Lord Carrington había comenzado a gestarse el 3 de abril, durante una sesión especial del Parlamento, que no reunía bajo esa modalidad desde la crisis por el Canal de Suez en 1956. En esta nueva oportunidad, se ensañaron con los conservadores y en especial con el Foreign Office y el reemplazante de Carrington fue Francis Pym.

En tanto, Haig y Costa Méndez se reunieron en Washington y ambos se entendieron a la perfección. El norteamericano habló del interés de llegar a una solución pacífica y de la situación de los dos aliados de EE.UU enfrentados entre sí. También opinó que había que adecuar las aspiraciones argentinas a los principios defendidos por Londres y citó el destino de los habitantes de las islas, a lo que el canciller sudamericano le respondió que no habría obstáculo para satisfacer las demandas de los 1.800 kelpers.

Entonces, Haig propuso el retiro de tropas, el regreso de las fuerzas de tareas y una administración compartida. Las ideas que salieron de esta charla les gustaron a los dos pero Costa Méndez, a pesar de haber recibido el visto bueno de Galtieri para emprender la negociación, frenó el entusiasmo del norteamericano alegando que primero debía consultar con su gobierno.

El 7 de abril, el jefe del Estado Mayor General del Ejército, general José Antonio Vaquero, mandó a llamar a los generales José Villarreal y Reynaldo Bignone, y les pidió que trabajaran en un documento base para las negociaciones que aceptaban a EE.UU como mediador. El documento debía reflejar la posición del Ejército, la Armada y la Aeronáutica.

La propuesta de ambos generales fue sencilla:
- Una administración conjunta de las islas en disputa.
- Mecanismos de cooperación para la explotación compartida de sus recursos.
- Un mecanismo de negociación eficaz para resolver el problema de la soberanía en el menor plazo que fuera posible.

Ese mismo día, Tatcher había determinado un radio de 3.221 kilómetros alrededor de las islas como “zona de exclusión”. Es decir, que si un barco argentino se encontraba dentro de ese radio sería considerado hostil. Era claro que los británicos estaban sorprendidos y enfadados por la neutralidad de los norteamericanos.

El Foreign Office no encarnaba las ideas de Tatcher y menos de un Parlamento que estaba dispuesto a convertirlo en chivo expiatorio del desembarco argentino. Por eso, las conversaciones con la Primer Ministro fueron las que verdaderamente marcaron el rumbo de la negociación.

Tatcher no pensaba negociar desde una posición de debilidad. Si bien elogió modestamente la actitud norteamericana de negociar, dejó en claro que la mediación no podría suplir el esperado “respaldo norteamericano a la causa de la libertad”. Para ella la única solución posible era que el agresor acatara la resolución del Consejo.

Para Tatcher el conflicto era de principios. Ella quería dar una lección de que no podía utilizarse la fuerza en las relaciones internacionales. “No se puede dejar que la agresión de dividendo”, fue su frase de cabecera.

El 10 de abril, a las 11, Haig y Costa Méndez se dirigieron a la Casa Rosada donde los recibió Galtieri, al tiempo que Walters hizo de traductor. Lo primero que hizo el presidente fue elogiar a los Estados Unidos. Mientras tanto, afuera, una multitud gritaba “patria sí, colonia no”.

Galtieri dejó en claro cuáles consideraba que eran los derechos argentinos sobre el archipiélago y que las fuerzas estaban preparadas para responder a cualquier agresión británica. Por su parte, Haig habló con los mismos argumentos con los que había hablado con Costa Méndez, pero esa propuesta chocó contra el espíritu triunfalista del presidente.

Para Costa Méndez, la postura de Haig era inadecuada para alguien que quiere ser neutral. Siempre estuvo haciendo alusiones condenatorias al operativo argentino y todo el tiempo recalcó la importancia de Gran Bretaña como aliado norteamericano y la inflexibilidad de Tatcher. Por todo esto, la misión del norteamericano fue un rotundo fracaso.

Haig abandonó aquella primera reunión irritado con la postura de Galtieri, a quién acusó de vivir en una “irrealidad política”. Sin embargo, al final del día, el enviado norteamericano se volvió a encontrar con el presidente argentino.

En esta segunda reunión, Haig no pudo dialogar sobre los temas en conflicto porque Galtieri de dedicó al mismo juego de presiones que estaba ejerciendo y exigió que EE.UU tuviese un trato equitativo para ambas partes.

La posterior discusión de la Junta Militar no fue menos ardua. En ella, Anaya sostuvo que el desembarco no iba a terminar en una mesa de negociación. Mientras que Basilio Lami Dozo, jefe aeronáutico, afirmó que era necesario mantener abierta la opción de negociar. Galtieri compartía ambas argumentaciones: no le gustaba la idea de retroceder pero menos la idea de perder el apoyo de los norteamericanos.

A las 9 de la mañana siguiente, Haig partió a Londres., donde los británicos, según una encuesta publicada en The Economist, consideraban adecuado en un 83 por ciento el envió de una flota al Atlántico Sur y resistían la intervención norteamericana.


(5) The Observer, abril 3 de 1982.