II

El director técnico argentino, Guillermo Stábile, afrontaba el partido ante Inglaterra con todo un plantel nuevo en relación al partido de 1951. Sólo había sobrevivido el delantero Félix Luostau, de River, pero que por lesión finalmente no pudo ser de la partida frente a los ingleses. A pesar de ello, Stábile y los propios jugadores confiaban en poder realizar una buena actuación.
En el día previo al match el tema de conversación en cada hogar, bar, café y restaurant de Buenos Aires era el partido que se iba a disputar en el estadio Monumental de River Plate. En la sede de la AFA, en la calle Viamonte, se habían vendido todas las localidades disponibles. Era más de 90 mil, todo un récord para la época que arrojó una recaudación histórica de 1,5 millones de pesos.
Era tal la expectativa que el presidente de la República, el Gral. Juan Domingo Perón, había decidido, en caso de que ganara Argentina, donar un automóvil marca Mercedes Benz para que sea sorteado entre los jugadores del plantel.
Para este encuentro ambos países acordaron un reglamento especial que establecía que el arquero podía ser reemplazado en cualquier momento, pero que cada equipo sólo podía hacer una modificación antes de que termine el primer tiempo. Además, se fijó al inglés Arthur Ellis como árbitro del encuentro, mientras que los argentinos tenían el derecho de elegir la pelota con la que se jugaría. Fue todo un pacto de caballeros.
El 9 de mayo, a las 15, comenzó el partido ante una multitud en el estadio Monumental. Ya desde la mañana los hinchas merodearon los alrededores de la cancha y mientras se jugó el partido preliminar, las tribunas ya estaban repletas. Es más, la gente, al haber ido tan temprano se llevó sus almuerzos a cuestas, pero había tan poco espacio libre que ni siquiera se pudieron sentar para comer.
El equipo argentino formó de la siguiente manera: Mussimesi; Dellacha y García Pérez; Lombardo, Mouriño y Gutiérrez; Cecconato, Cruz, Grillo, Lacasia y Micheli. Estos últimos cinco jugadores formaban la delantera del club Independiente. Por su parte, Inglaterra alineó a estos once: Ditchburn; Garret y Eckersley; Barlow, Barrass y Wright; Bentley, Barry, J.Froggat, R.Froggat y Taylor.

El gol de Grillo

En 1951, cuando Inglaterra venció a la Argentina por 2 a 1 en Wembley por la primera edición de este clásico, las asociaciones de fútbol de ambos países acordaron programar la revancha para 1953, en Buenos Aires. Así, luego de 24 años, un equipo inglés pisó suelo argentino, hogar del mejor producto de su escuela: el fóbal criollo.
“Cuando los ingleses vayan a la Argentina, les devolveremos las atenciones”, dijo Valentín Suárez, presidente de la AFA, luego del partido en Wembley del 51´. Y así fue. De la misma calurosa y cordial manera que los británicos recibieron y atendieron a los argentinos en aquella oportunidad, nuestro país acogió a los futbolistas de Inglaterra.
Pero algunas cosas habían cambiado en esos dos años. En ese tiempo Argentina había comenzado a ganar experiencia internacional. En el 51´ le había ganado a Irlanda por 1 a 0 en Dublín, y en 1952 a España por 2 a 0 en Madrid y a Portugal por 3 a 1 en Lisboa.
Sin embargo, un hecho muy importante para la historia entre argentinos e ingleses había ocurrido. El equipo de River Plate conocido como “La Máquina”, quíntuple campeón argentino, se fue de gira por Europa en 1952. En aquella oportunidad, el conjunto millonario derrotó al Manchester City por 4 a 3 en su cancha, constituyendo así, la primera victoria argentina en las islas británicas. De esta manera, había quedado bastante claro que Inglaterra no era invencible.
El equipo nacional inglés, dirigido por Joe Mercer, llegó confiado a la Argentina como parte de una gira que abarcaría otros países del continente americano, tal como lo había hecho el Chelsea, último club británico de tour por Sudamérica. Pero la temporada 53´ no había empezado de la mejor manera para el conjunto de la corona ya que en abril había empatado 2 a 2 con Escocia en Wembley por la tradicional Copa Británica.
Entre sus filas estaban la mayoría de los jugadores que habían estado presentes en el triunfo sobre Argentina de dos años atrás. Estaba el capitán, William Wright, del Wolverhampton Wanderers, que había marcado el récord de presencias en paridos internacionales con 43. También estaba Thomas Finney, el delantero que había vuelto loco a los defensores argentinos, pero este se perdería el primer encuentro porque estaba recuperándose de una lesión.
Apenas los ingleses llegaron a Ezeiza, autoridades del fútbol argentino y de la embajada británica le dieron la bienvenida. Stanley Rous, de la F.A, aseguró que sus jugadores “constituyen una embajada de cordialidad” y que lo demostrarían en la cancha con “la mayor caballerosidad”, ganándose todo el respeto de los argentinos.
Luego de la recepción, la delegación europea se dirigió a las instalaciones del Hindú Club, en Don Torcuato, al norte del Gran Buenos Aires, para concentrar. Allí realizaron sus entrenamientos, que se mezclaron con partidos de golf, visitas por la ciudad, comidas en el Jockey Club de San Isidro, agasajos en la embajada y la concurrencia al partido entre Quilmes y Argentinos Juniors en la cancha de Ferrocarril Oeste, en el barrio porteño de Caballito.
Las prácticas de los futbolistas de Inglaterra despertaron el interés de todo el país. Los criollos se maravillaron con la potencia física y en especial con el denominado “pechazo franco”, lo que hoy se conoce como “hacer cuerpo” y que en el fútbol argentino era considerado infracción, a pesar de que en el reglamento internacional estaba permitido.

III

El 9 de mayo, a las 12, en el estadio de Wembley, Argentina salió a la cancha con estos once titulares: Rugilo; Colman y Filgueiras; Faina, Pescia y Yácono; Bravo, Boyé, Labruna, Loustau y Méndez.
Por el otro lado, el entrenador británico, Walter Winterbotton, alineó a los siguientes futbolistas: Williams; Ramsey, Eckersley y Cockburn; Taylor y Wright; Finney, Hassall, Metcalfe, Mortensen y Milburn. Estos últimos dos tenían 56 goles convertidos en la temporada de la Liga.
El presidente de la FIFA, Jules Rimet, saludó a ambos equipos y el árbitro galés, Mervyn Griffiths, pitó el inicio de las acciones ante una multitud y un clima frío y gris.
El dominio del juego le perteneció desde el comienzo al equipo local. Ya a los 8 minutos, Rugilo salvó un remate de Hassall anticipando lo que sería el partido de su vida, que pasaría a la historia y sería recordado por siempre.
Sin embargo, a pesar de que el arquero de Vélez Sarsfield se revolcaba una y otra vez, Argentina abrió el marcador. Fue a los 17 minutos cuando Loustau pasó el balón a Labruna, este encaró y eludió al arquero; entonces centró para Boyé, que de cabeza puso el 1 a 0.
A pesar de la desventaja, Inglaterra siguió atacando pero chocó constantemente contra la pared que había levantado Rugilo a base de voladas espectaculares y cruces a los pies de los delanteros rivales, a quiénes los persiguió por toda el área.
El segundo tiempo mostró el mismo desarrollo del juego pero aún más acentuado ya que los jugadores argentinos se quedaron sin piernas. Los visitantes aguantaron hasta donde pudieron, lo que no fue poco. Inglaterra recién consiguió el empate a diez minutos del final cuando Mortensen conectó un centro rasante de Finney.
Pero la fiesta no estaba completa. A los 43 minutos del complemento, el estadio que había estado en silencio ya que temía que su equipo fuera a perder su invicto frente a conjuntos no británicos jugando como local, explotó. Milburn se filtró entre las marcas de Filgueiras y Pescia y, de cabeza, mandó a la red un centro de Finney a la salida de un tiro libre. Así, Inglaterra se impuso 2 a 1.
Ningún miembro de la delegación argentina criticó el resultado. Aceptaron la derrota con hidalguía. Supieron perder. A la distancia, en su país, los medios destacaron la actuación del equipo, en especial la de Miguel Angel Rugilo, quién fue “el héroe” de la jornada.
“El arquero argentino asombró al público londinense. Cumplió una brillante actuación mereciendo frecuentes ovaciones por sus milagrosas atajadas”, señaló la revista deportiva El Gráfico, en la edición de ese mes. Mientras que el relator Manuel Sojit lo calificó como “un león”, de ahí que al guardavalla se le pegó el apodo “El León de Wembey”, para el resto de su vida.
Su labor fue tan impresionante que hasta los medios ingleses, que elogiaron el rendimiento de Argenina en general, alabaron a Rugilo convirtiéndolo en algo inmortal. “El bigotudo y teatral arquero argentino, cuya espectacular acrobacia salvó por lo menos seis goles seguros, es el mejor espectáculo individual que se haya visto jamás en una cancha de fútbol”, publicó The Daily Graphic.
El arquero, que había debutado en Vélez a los 18 años y que se encontraba en el último tramo de su brillante carrera, recordó con suma humildad su actuación un tiempo después. “Yo digo siempre que la mejor manera de referirnos a ese partido es tomar las estadísticas. ¡Inglaterra remató 52 veces al arco! El asedio fue terribe. Llegaban de cualquier manera. Tuvo un par de atajadas y la gente me ovacionó cuando terminó”.
Después del partido, la delegación argentina fue agasajada por los ingleses en el Park Lane Hotel. Allí se elogiaron mutuamente e intercambiaron regalos. Los criollos obsequiaron mates y bombillas mientras que los locales entregaron vasos con la inscripción del festival. Luego se prometieron volver a enfrentarse y los jugadores argentinos volaron de regreso a Buenos Aires para ser recibidos como “cracks” y para entrar en la historia del clásico entre Argentina e Inglaterra al convertirse en los primeros en pisar el campo de batalla británico.

AA
Junio 2003

II

El match entre argentinos e ingleses había despertado una gran expectativa en ambos países, no sólo en el ambiente del fútbol, sino a nivel político. Cuando la delegación argentina partió de Ezeiza rumbo a Londres el 2 de mayo, el embajador británico, Richard Allis, dijo que esperaba que el partido “afiance la tradicional amistad entre ambos países”.
Los jugadores argentinos estaban muy entusiasmados ya que se trataba de la primera gira profesional de un a selección argentina por Europa y el rival era de lo más trascendental. “Estoy ansioso por comprobar la velocidad de los delanteros” sostuvo Norberto Yácono, capitán argentino. Era una muestra de confianza y una premonición de lo que luego sería un lamento para el argentino: el superior estado físico de los jugadores británicos.
El tema de las características físicas del equipo de Inglaterra era una preocupación para Argentina y con razón. El jugador inglés de menor estatura era el defensor Henry Cockburn, que medía 1,69 metros de alto. El resto del plantel no bajaba de los 1,80. Sin embargo, para los argentinos la diferencia física podía ser salvada por la habilidad de los jugadores criollos.
Además, Inglaterra se trataba de un equipo que venía jugando hace varios años con prácticamente el mismo plantel. La mayoría había participado del Mundial del 50´. El equipo sumaba 167 partidos internacionales y Tommy Wright y Stanley Matthews, cosechaban 36 cada uno, una cifra que superaba ampliamente la trayectoria de cualquier integrante del plantel argentino.
El equipo argentino llegó a Inglaterra y fue calurosamente recibido por autoridades de diversa índole. La concentración del plantel se llevó a cabo en el Hendon Hall Hotel, de las afueras de Londres y los entrenamientos tuvieron lugar en la cancha del club Arsenal, en Highbury.
Los jugadores argentinos y el cuerpo técnico fueron agasajados por la cancillería argentina, el alcalde de Londres y por los jugadores del Arsenal. Además, con el fin de dejar una buena imagen de su país, el plantel visitó el White Hall y colocó una corona de flores en la estatua de George Canning, ex canciller británico, quién reconoció la independencia argentina. También fueron a presenciar la final de la F.A Cup entre el campeón Tottenham Hotspur y el Liverpool.
En los entrenamientos previos al partido Argentina dejó una imagen sorprendente para la prensa británica y todo el ambiente futbolístico. Tom Whitaker, presidente del Arsenal, dijo estar “impresionado” con los jugadores argentinos a los que calificó como “artistas”.
Por su parte, el periódico News of the World publicaba: “Los argentinos nos van a dar mucho que hacer, tal vez demasiado”. A su vez, The Daily Graphic sostenía que Inglaterra se iba a enfrentar “a uno de los equipos más peligrosos del mundo”.
La expectativa era cada vez mayor. Dos días antes de que se jugara el encuentro las entradas estaban casi todas vendidas. El público inglés estaba ansioso por presenciar un partido que, sin lugar a dudas, era histórico. La emoción era tal que las localidades que costaban 10 chelines eran revendidas a 3 libras esterlinas. “Es el partido del Siglo”, anunció Bernard Joy, ex futbolista inglés y comentarista deportivo en las páginas del matutino The Star.
Mientras tanto, el director técnico de Argentina, Guillermo Stábile, estaba confiado con el rendimiento de su equipo, pero se mostró preocupado por el estado del campo de juego. El pasto alto y la fuerte humedad iban a generar un terreno muy blando que agotaría rápidamente las fuerzas argentinas. “En el terreno podemos hallar nuestro más serio adversario”, advirtió Stábile.

Un verdadero clásico

A continuación, para inaugurar esta sección deportiva, una serie de crónicas sobre todos los partidos entre los seleccionados mayores de fútbol de Inglaterra y Argentina.


El León de Wembley
En 1951, por primera vez en la historia, se enfrentaron los seleccionados nacionales de fútbol de Argentina e Inglaterra. Así, en un partido de características muy amistosas, casi diplomáticas, comenzó la serie de choques entre los “maestros” del fútbol y uno de sus mejores “alumnos”. Una serie de matches que, con el correr de los años, adornaría de emociones, gran juego y épicos acontecimientos al fútbol mundial, ya que no hubo ni habrá clásico intercontinental como éste.
La Selección Argentina era por entonces, por debajo de la de Uruguay, el mejor equipo de Sudamérica. Había logrado el subcampeonato del mundo en 1930 y había sido eliminada en el 38´ en los octavos de final. Pero los hechos más recientes lo habían encontrado como el gran ganador de los torneos sudamericanos, lo que hoy se conoce como la Copa América.
En el torneo sudamericano de Guayaquil de 1947, Argentina arrasó y eso elevó el prestigio del conjunto nacional de ese país. Los argentinos se jactaban de tener el mejor fútbol del mundo, pero todavía le faltaba rendir el examen intercontinental.
Pero Argentina se negó a participar del Mundial de Brasil de 1950 por lo que la prueba de fuego tuvo que esperar. Entonces, el presidente Gral. Juan Domingo Perón, de poca paciencia, le propuso a Valentín Suárez, presidente de la Asociación de Fútbol Argentino, organizar una gira de partidos amistoso por Europa, que abarcara especialmente las islas británicas.
“Armen un equipo y gánenle a esos ingleses que nos va a venir muy bien”, le habría dicho Perón a Suárez, según el relato del goleador argentino Mario Boyé. El partido finalmente se programó para el 9 de mayo de 1951, fecha en la que se inauguró el Festival de Gran Bretaña de Fútbol, organizado por Sir Stanley Rous, titular de la Football Association (F.A) y que incluyó más de cien encuentros entre clubes británicos y varios cotejos internacionales.
De esta manera, la selección argentina partió a Gran Bretaña con la misión de hacer valer el prestigio del fútbol argentino ante los ojos del mundo, aunque este mundo le era totalmente desconocido. Allá la esperaban los inventores del fútbol, sus maestros de principio de siglo. “Nuestro fútbol será exhibido ante el resto del mundo. Es la cosa más importante que hayamos inventado jamás”, sostuvo Rous en un comunicado a los participantes del festival.
En ese momento, si bien Inglaterra mantenía la reputación de ser los creadores de este deporte, tenía poco logros a nivel internacional. El equipo británico no había participado de los mundiales del 30´, 34´ y 38´ porque en esos años no era miembro de la Federación Internacional de Fútbol y Asociados (FIFA) que organizaba, y lo hace aún, las Copas del Mundo.
Recién jugó una Copa del Mundo en 1950, en Brasil, donde cosechó un discreto octavo lugar, luego de quedar eliminada en primera ronda tras vencer a Chile, perder sorpresivamente ante el débil Estados Unidos y caer ante los españoles.
Para colmo de males, la selección inglesa había perdido su invicto jugando como local en el mítico estadio de Wembley, “La Catedral del fútbol”. Por la British Cup disputada el 14 de abril de 1951 había sido derrotada por su archirrival Escocia, por 3 a 2. Es decir a poco menos de un mes de enfrentar a Argentina, los ingleses habían recibido un duro golpe, del cuál tenían que recuperarse a la fuerza.

VI

Cuatro homicidios, una pena
Las dos primeras audiencias del debate fueron claramente desfavorables para Juan. En la tercera la mano no cambió y, a la hora de los alegatos, la fiscalía pidió que el imputado fuera condenado a prisión perpetua como autor de la masacre de Rolo y su familia. Le atribuyeron al hombre los delitos de “cuádruple homicidio agravado por alevosía”.
La fiscalía se basó en que el imputado reconoció que estuvo en la escena de los crímenes la noche que fueron cometidos y que el asesino tardó en consumar la masacre y huir sin ser visto por nadie sólo cinco minutos, el tiempo que el acusado dijo tardar en regresar a la casa de las víctimas desde la parada de colectivos.
Para la fiscalía, esos cinco minutos eran insuficientes para que una sola persona llevara a cabo semejante matanza por lo que desacreditaban la versión del imputado.
También consideró los dichos de Juan cuando este contó que tras encontrar los cadáveres de las víctimas y abrazar el de su hermana, se deshizo del pantalón manchado con sangre y del cuchillo que sacó del cuerpo de una de sus sobrinas, por consejo de Don Eduardo.
Sin embargo, en un careo entre el imputado y el testigo, el vecino había negado haberse encontrado con Juan cuando salió a buscar al asesino en su auto y proporcionado un pantalón para que reemplazara al que tenía manchado con sangre y retener el cuchillo que llevaba el sospechoso.
Además, se citaron los dichos del psiquiatra oficial que durante el debate declaró que “Juan no gritó ni pidió auxilio, ni se quedó paralizado ante el cuadro que le tocó presenciar”, cuando, en realidad, esas son las reacciones lógicas de aquella persona que se encuentra en una situación tan dramática.
La fiscalía recordó que el perito señaló en el juicio que el imputado presentaba “una personalidad psicopática e histérica con componentes histriónicos”, que en el momento que dijo haber vivido tuvo en todo momento “un control racional sobre los hechos” y que lo único que le preocupó “fue que no lo culparan a él del crimen”.
Siempre según los dichos de la psiquiatra, en los tres exámenes que se le practicaron al imputado surgió que este era una persona “irritable, proclive al impulso e hipersensible cuando ve afectado su honor o su autovalor”.
En tanto, la defensa trató de desbaratar cada unas de las evidencias de la fiscalía basándose en el principio de in dubio pro reo, la duda que debe favorecer al acusado.
Era determinante de la inocencia del acusado la declaración de la hermana de Elsa, quien fue la primera persona en ingresar a la vivienda de las víctimas y forcejear con el asesino que finalmente huyó con la cara tapada con una remera.
Durante el juicio, la mujer declaró que ese hombre no era su hermano, sino un desconocido a quien no podía identificar.
En ese sentido, la defensa también recordó que la policía hizo dos identikits del asesino, uno dictado por la hermana de Elsa y otro por uno de los vecinos y que mientras uno coincidía con el rostro de Juan, el otro era completamente distinto.
Por último, la defensa alegó que el acusado era inocente porque una sola persona era incapaz de cometer una masacre así en sólo cinco minutos.
Finalmente, la Sala III de la Cámara en lo Criminal y Correccional de San Martín condenó a Juan a 25 años de prisión, más accesorias legales y costas, al ser hallado autor penalmente responsable de los homicidios simples en concurso real de su hermana, su cuñado y sus dos sobrinas.
“Es injusto, es injusto”, sólo alcanzó a Juan cuando escuchó la condena del tribunal.
En tanto, al finalizar la lectura del fallo, la hermana de Elsa y del entonces condenado se quedó a los gritos. “Mi hermano es inocente. Acá la policía no investigó a una persona de apellido Sánchez, también conocida como Piturro, que están relacionados con los narcotraficantes”, señaló.
Lo cierto es que ese tal “Piturro” nunca fue hallado y que, si bien la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional de San Martín aceptó meses después revisar el fallo, éste no se modifico y Juan debió cumplir la pena.

AA
2007

V

Juan vs. Los testigos
Juan quedó alojado en la cárcel de Olmos hasta fines de junio de 1998 cuando fue trasladado a la comisaría 1ra. de San Martín, donde permaneció durante todo el desarrollo del juicio oral y público al se fue sometido acusado de la masacre de Rolo y su familia. La defensa estaba convencida de la inocencia del único imputado e iba a pedir la absolución del hombre.
El imputado fue el primero en declarar ante el tribunal ante el que aseguró: “En ningún momento hice semejante atrocidad de la que me culpan”.
Valdez recordó que el día de los homicidios llegó a la casa de su hermana alrededor de las 21.45 y luego de estar allí unos 15 minutos se marchó a su lugar de trabajo. “Pero cuando iba a llegar a la parada del colectivo me di cuenta de que me había olvidado la agenda y volví. Tardé unos cinco minutos en llegar y encontré la puerta abierta y en ese momento vi un cuadro horroroso”, explicó.
El acusado contó que luego de constatar que toda la familia estaba muerta, se fue del lugar por el miedo que le había causado ver los cuerpos de las cuatro víctimas. “Todos me preguntan por qué me fui. Pero yo no le deseo a nadie lo que vi esa noche, no sé si otro habrá presenciado algo tan horroroso”, indicó.
“De lo único que soy culpable es de haber tenido miedo y de haberme ido de la casa de mi hermana sin llamar a la policía, finalizó.
Cuando le preguntaron por qué había ido a la casa de su cuñado a las 21.45 si su horario de entrada al trabajo, como guardia de seguridad en un club ubicado a 11 kilómetros de allí, era a las 22, se limitó a contestar: “Yo siempre llegaba tarde”.
Luego, le preguntaron por qué le había pedido a dos compañeros de trabajo que mintieran a los investigadores sobre la hora a la que había llegado esa noche al club. El imputado se tomó unos segundos para responder e indicó: “Tenía miedo que me consideraran sospechoso”.
Respecto de su relación con su hermana, el acusado dijo que era buena, aunque hacía como dos años que no la visitaba. “El único problema que tuve es que a ella no le gustaba mi mujer porque era divorciada”, dijo al tribunal.
Uno de los testigos más importantes de los 65 previstos para el debate fue Don Eduardo, quien recordó que la noche del crimen estaba en su casa cuando salió a un baño exterior y escuchó tres disparos y a una nena que gritaba: “a papá no, a papá no” .
El hombre relató que luego observó que el portón de la vivienda de sus vecinos estaba abierto por lo que decidió ir a buscar a la hermana de Elsa, que vivía a una cuadra de allí.
“Ella entró y forcejeó con una persona que estaba dentro de la casa. Esta persona se cubría la cara con la remera y se escapó, era de mediana envergadura. Ella le gritó `hijo de puta, los mataste a todos´”, precisó el testigo.
El yerno de Don Eduardo, por su parte, declaró haber visto que el hombre que escapaba de la escena del crimen rengueaba de igual manera que Juan, a quien vio por televisión durante el velorio de sus familiares asesinados.
En tanto, un jefe policial declaró que en la masacre se usaron dos cuchillos y un revólver y no descartó que haya actuado una sola persona quien primero disparó el arma y luego acuchilló a las víctimas.
Según este detective, primero fue asesinado Rolo de un tiro en la cabeza mientras estaba en el baño, luego fue golpeada su esposa en la boca y llevada al dormitorio, donde la colocaron entre sus dos hijas. “Entonces el asesino efectuó cinco disparos que anestesiaron a las víctimas y las remató a puñaladas utilizando dos armas blancas”, indicó.